Saliendo de Kisangani para avituallar a los refugiados ruandeses, un comboi de ayuda humanitaria del ACNUR se para en el kilometro 82, impedido por los rebeldes de llegar a Ubundu. En el trayecto, se han contado100.000 rwandeses, exhaustos, hambrientos, entre los cadáveres.
Kilómetro 82, enviado especial
Es la historia de un comboi al que se llamó "El tren de la esperanza" en el momento de salir de Kisangani. Al regreso ya no tenia nombre.
Sábado, 22 de marzo
Se avisa de la llegada de unos 10.000 refugiados rwandeses a Lula, 7 Km al sur de Kisangani, capital del Alto Zaire. Son la cabeza de la inmensa columna que, superando dificultades, ya ha recorrido más de 1500 Km por el interior de la selva, huyendo desde hace cinco meses del avance de las tropas rebeldes. Unas barreras militares impiden entrar en la zona. Des del presidente americano, Bill Clinton, hasta el embajador especial de la OUA i la ONU, las presiones se multiplican sobre Laurent-Désire Kabila, líder de la Alianza , que ahora controla cerca de una tercera parte del Zaire. Solemnemente todos le piden que permita la asistencia humanitaria.
Sólo el tren puede pasar. Domingo, 23 de marzo
No hay avión, por "razones de seguridad". Basta de camiones, la pista solo es practicable en moto. Un acuerdo para un envío de víveres en tren, se concluye entre el ACNUR (Alto Comisionado para los Refugiados) i la Alianza. El Programa Alimentario Mundial (PAM) propone 120 toneladas de harina i peces pequeños, almacenados en sus hangares en Kisangani. Pero el cargamento no empieza . ¡Es domingo, sabeis!.
Lunes, 24 de marzo
Una cuarta parte de la carga se ha podido subir al tren. "Razones técnicas". En privado, el estado mayor de la Alianza enfurece : " ¿pero que os pasa con estos rwandeses? Se querían ir, que vuelvan a casa a pié. Los congoleños también sufren una guerra y nadie habla de ellos."
Martes, 25 de marzo
A las 4 de la tarde, el comboi por fin está a punto. Pero el faro de la locomotora está estropeado, imposible viajar de noche. La salida se vuelve a aplazar.
Miércoles, 26 de marzo
A las 7 de la mañana, el tren silba en la estación hasta que un mensaje de la radio lo hace callar. Una escolta militar se convierte en obligatoria. Se deberá esperar todo el día. En la ciudad el PAM organiza una distribución de 35 toneladas de víveres entre cerca de 20.000 zairenses.
Jueves, 27 de marzo
Milagrosamente, todo se desbloquea. Son la una de la noche, los cinco vagones se balancean al grito de "traednos ratas ahumadas". Es la especialidad culinaria de Ubundu, destino del comboi a 150 Kms.
Los supervivientes se parecen todos. Primera parada. En el kilometro 25, donde más de 10.000 refugiados ya han invadido el pueblo. "Es como en la televisión", exclama Fidel, uno de los seis representantes de la Cruz Roja zairesa que está a bordo. "Me pensaba que ya estaban muertos o que habían vuelto a Rwanda". En la columna de los que caminan no se ve a nadie o casi a nadie por debajo de los 10 años y por encima de los 45. Ya están muertos. Los supervivientes han acabado por parecerse todos. Viejos de 20 años con la cara momificada por el hambre, hombres y mujeres a veces completamente desnudos, a fuerza de venderlo todo a cambio de algunas raíces, cuerpos fosilizados por la tierra, el fango, las hojas. Solamente son una peste que ahoga. "Sentimos la muerte", dice un joven.
"La consigna es de no irse más", decide Kilian Kleinschmidt, representante del ACNUR en el comboi. "todos estos que llegan se deben poner en los lugares accesibles para el tren, donde distribuiremos la comida . Allí, comunicaremos las modalidades de repatriamiento". Los que pueden chillan: "¡Rwanda, Rwanda! ¡Estamos salvados, podremos morir en casa!". Después de haber lanzado 35 toneladas de víveres, el tren vuelve a arrancar.
Kilómetro 42, segunda parada. Aquí, nadie aguanta de pié. Entre los cuerpos caídos, estirados, abandonados en mitad de la vía, es casi imposible circular. En el momento de pasar una banderola humanitaria, solamente una mueca, con los ojos o con el mentón, es para enseñar su cuerpo o más bien su esqueleto, sus llagas, un pié partido en dos, un ojo reventado. Una mujer se balancea con su fardo sobre la cabeza. Un cordel aguanta sobre el paquete un niño inanimado, piernas y brazos abiertos.
Marcel, enviado por MSF- Holanda, corre de una urgencia a otra., sin material ni carnet. No se ha embarcado ningún medicamento.
Entre los últimos valientes, Mélusine empieza un relato más de entre los que van llegando. Su marido, un tutsi, fue masacrado durante el genocidio de 1994 en Rwanda. Hutu, Mélusine se escondió en casa de los suyos. Cuando el ejercito del Frente Patriótico Rwandes (FPR) lanzó su contraofensiva, huyó con más de un millón de personas hacia el este del Zaire. "No podía hacer nada más, dice. A los que se quedaban les mataban por complicidad". En los campos, durante tres años, dice que tenía miedo cada noche. "Se me trataba como una infiltrada del FPR. No me atrevía a volver a mi país por miedo a que me mataran antes de llegar a la frontera". Cuando el pasado noviembre, las tropas rebeldes penetran en el interior del Zaire, apoyados por Rwanda, Mélusine vuelve a huir, por miedo a ser apedreada por los otros refugiados. "Ayer, caminé al lado de un antiguo colega de mi marido, que también era uno de sus asesinos. Está completamente solo, toda su familia está muerta. Para él, este viaje es el castigo del cielo. En su bondad , Dios me ha permitido verlo".
Entre el caos...En el kilómetro 52, tercera parada. En un grupo, una mujer camina llevando un pequeño cuerpo envuelto con una manta. Se aparta hacia un lado. Un zaireño le chilla: "¡Dime, ¿Que no sabes que aquí enterramos a la gente?! No se los tira por todas partes, como unos salvajes, Coge una pala y diles a tus hermanos que caven. La mujer dice que "todos están muertos". "Entonces, vete con tu paquete". La mujer se deja caer al suelo.
La noche se acerca, se debe proseguir sin parar para llegar al kilómetro 82 y su pequeño centro comercial llamado Ubilo, de 1000 habitantes. Unos niños, con el vientre hinchado se empujan alrededor del tren. Son los hijos de los aldeanos. Aquí, no hay nada para comer, los campos han sido saqueados por los refugiados. En la negra noche camina solitario un joven rwandes de 15 años, vestido con una blusa de mujer. Me pide que le haga una foto. "Moriré pronto. Querría que el mundo supiera que he existido".
Viernes, 28 de marzo
A las seis de la mañana, una decena de personas del pueblo en fila india se dirigen hacia aquello a lo que ellos llaman aún "el campo" a un kilómetro de Ubilo. Des del 18 de marzo, todos los refugiados se paraban aquí, construían barracas, cabañas, refugios, hasta juntar a cerca de 70.000 personas."La noche del 26 de marzo, vinieron soldados rebeldes. Decretaron un toque de queda. Hacia las cinco de la mañana, nos despertaron por un tiroteo en el campo". La explicación se convierte en una discusión. "Son los antiguos soldados ruandeses, mezclados con los refugiados civiles, que han abierto fuego", dice un aldeano. "No son los militares de Kabila", protesta otro.
El campo desierto, parece hoy un bosque de cabañas devastadas, atravesadas por un riachuelo. Las cazuelas regiradas, las mantas apilotadas, la comida esparcida; un libro aún abierto explicando huidas precipitadas en la noche. Más lejos, en este caos, las letras pequeñas de un juego de Scrabble aún estan cuidadosamente puestas en su sitio.
Levántate...Solo parpadea. Solo quedan aquellos que no podían correr. Dos cuerpos, reposan de costado. Los aldeanos empujan uno. Exclamación: "pero si aun está vivo". Es un joven que debe pesar unos 35 kilos. "¡Venga, levántate!" Solo parpadea. El zaireño se inclina sobre el segundo cuerpo: "Peor para él, me ocuparé del muerto". Kilian Kleinschmidt se enfada. "No, primero los vivos". Los pueblerinos se paran, desconcertados. "Los cadáveres, esto es más grave, ya que traen enfermedades". "Pero los otros morirán mañana si los dejamos aquí", vuelve a decir el representante del ACNUR. "Pues, ya los enterraremos mañana".
Más lejos, se oye un largo gemido. En un charco de fango, los brazos abiertos, cabeza dentro del fango, una forma. "Aún un cadáver que se mueve, suspira un zaireño. Realmente hay por todas partes". Bajo una manta , un hombre acostado no pide nada, con los ojos cerrados por unas insolentes moscas que no pueden ser cazadas.
Aun ahora, y siempre por "razones de seguridad", el comboi no obtiene finalmente la autorización para ir hasta Ubundu. El tren da media vuelta, parando en los mismos lugares para poder hacer un primer balance.
En el kilometro 52, un hombre que es muy activo, ayuda, transporta, limpia algunos miles de moribundos que ahora forman la cola del séquito. Se presenta como un nativo de Kisangani. Pero en voz baja, nos dice: "En fin, soy refugiado pero me hago pasar por zaireño". Con la caída de Kisangani en manos de los rebeldes, su padre se colgó. "Muchos se suicidaron como él. Para nosotros ahora es el fin de la esperanza. El Zaire está a punto de ser controlado por la Alianza., que es amiga de Rwanda. Aquí o más allá seré masacrado". Su madre le ha suplicado que se fuera de la columna. "Era la única manera de salvarse. Entonces, he dado tres pasos hacia el margen del camino y he visto pasar a mis hermanos hutu, hiendo hacia la muerte. Mi espíritu ha ido con ellos, pero físicamente he pasado al otro lado". Por la noche, es acogido por unas familias zaireñas, espera huir a Centroáfrica. "Con otros como yo,, probaremos de hacer algo para volver al país, aunque sea de rodillas".
¿Cuando saldrá el próximo tren? En el kilómetro 42, un socorrista zaireño ha de visitar el hospital que se había encargado de montar. En un viejo edificio colonial, dos sofás hundidos están encarados, rodeando una mesa baja. "Aquí está la sala de espera. A la sala del lado , una enorme mesa y al lado un barreño de sangre. Las dos salas están desiertas. "Esperando el material", unos centenares de enfermos están tumbados en el jardín. "Todos tienen diarrea", dice una candidata a la plaza de enfermera. Pasa diciendo: ¿Va bien? Cuando alguno no contesta le mira los ojos. Los muertos son llevados, a medida que mueren, detrás de un zarzal.
En el kilómetro 52, aquellos que el día antes aplaudían, ahora abroncaban el comboi. Blanden un puñado de peces pequeños: "La única cosa que hemos recibido". En total, des del kilómetro 82 hasta Kisangani, se ha contado cerca de 100.000 personas. Otros, aún se esconden dentro de la selva.
Domingo, 30 de marzo
Entre la Alianza y el ACNUR, las negociaciones vuelven a estar bloqueadas. Los insurgentes exigen que los refugiados se vuelvan sobre sus pasos y se reúnan en Ubundu, para ser repatriados. El ACNUR dice que no tienen fuerzas y pide la puesta en marcha de un repatriamiento en camiones que atravesarían la ciudad de Kisangani. "Ni verlos en la ciudad", dice un militar de la Alianza.