La guerra de los Grandes Lagos

Alianzas cambiantes y conflictos extraterritoriales

en Africa central

Sección 5. La Implicación de los Estados Unidos


 Filip Reyntjens
"La guerre des Grands Lacs", pp.75-90
Ed. L'Harmattan
Paris, 1999
Traducción de Ramón Arozarena

 

1. Apoyo logístico y político

El carácter notablemente coordinado y eficaz de una rebelión, sin embargo joven y reciente, casi desprovista de capacidad militar propia y surgida de una alianza coyuntural, suscita la pregunta sobre el apoyo aportado por fuerzas externas a la región. Incluso frente a un ejército gubernamental poco eficaz, la progresión rápida de la alianza rebelde sobre varios y extensos frentes, cubriendo distancias considerables, no pudo ser realizada más que gracias a una excelente logística en términos de reconocimiento, comunicaciones, transporte e intendencia. Todo ello parece tanto más evidente cuando se piensa hasta qué punto la rebelión fue llevada a cabo por una alianza muy heterogénea, compuesta por diversas fuerzas zaireña y extranjeras.

Los Estados Unidos han mantenido siempre relaciones muy cordiales con el régimen ruandés y han mostrado una gran simpatía por sus preocupaciones de seguridad, por otra parte reales, como hemos dicho anteriormente. Según Human Rigths Watch, los americanos, al igual que el gobierno ruandés, consideran los campos de refugiados como una amenaza para la estabilidad de Rwanda y de la región. Aunque no estén dispuestos a ocuparse elllos mismos de este problema (veremos por otra parte que estiman que una operación de desarme no debe formar parte del mandato de la fantasmal fuerza internacional), el Pentágono habría decidido en agosto de 1995 no oponerse a una acción ruandesa, con tal de que esta fuera "limpia", esto es, con mínimas pérdidas civiles. En agosto de 1996, Kagame habría informado al Departamento de Estado que iba a "vaciar" los campos, si nadie lo hacía; algo a lo que los Estados Unidos no se habrían opuesto. Como lo hemos visto, el APR llevó a cabo efectivamente la operación, que fue todo menos "limpia" (cf.infra). En realidad existen numerosos indicios de que los Estados Unidos fueron mucho más allá que "dejar hacer a Kagame".

El 15 de julio de 1997, AfIS News Service publica un informe sugiriendo, de manera prudente, que los Estados Unidos habrían instalado un centro C3I (comnad, control, communications and intelligence) en Kigali, desde donde las operaciones de la rebelión habrían sido coordinadas. Basándose en gran parte en una fuente finlandesa no identificada, NCN se expresa en condicional y advierte contra las grandes teorías de la conspiración. No obstante, el documento aporta un cierto número de elementos que merecen ser examinados atentamente y ser contrastados con otros datos disponibles: por ejemplo, los contactos directos entre el Pentágono y Kabila durante la rebelión, la presencia en Rwanda de fuerzas americanas de despistaje de minas que habrían contribuido a transportar tropas a través de la frontera zaireña, la presencia en Kigali de antiguos de la CIA; la presencia de vehículos blindados de transporte americanos en la región de Kisangani. NCN se hace igualmente eco de una información aportada por la agencia de prensa china Xinhua según la cual los Estados Unidos habrían instalado estaciones de comunicación en Fort Royal (Uganda), Brazaville y Kigali. Este hecho es corroborado por una de nuestras propias fuentes que en noviembre de 1996 vió un alto mástil y dos grandes antenas parabólicas entre Gisenyi y Goma. El DC8 francés Saringue de escuchas electrónicas basado en Centroáfrica habría constatado, por otra parte, que los Estados Unidos aseguraban en efecto las transmisiones entre Rwanda y las unidades de combate. Un avión de la compañía Mountain Air, pilotado por un americano de nombre Tim, transporta armas hacia el frente y evacúa heridos de las fuerzas rebeldes hacia Entebbe. Mountain Air sería una operación de la CIA.

Hay otras constataciones que interpelan. La "ONG" International Rescue Committee (IRC), activa en el Kivu, habría instalado piezas de artillería antiaérea en Bukavu y Goma; en Bukavu, se habría encargado del pago, en forma de alimentos, del primer salario a los funcionarios de la nueva administración. Está ampliamente admitido que el IRC es una agencia que trabaja para el ejército y los servicios de información americanos; sus lazos con la CIA especialmente parecen estrechos. No se puede excluir que el U.S. Committee for Refugees (USCR), cuyo director Roger Winter es muy próximo a los regímenes ruandés y ugandés y de la rebelión del sur de Sudán, haya jugado un papel análogo.

Un cierto número de acciones y tomas de posición de la embajada de los Estados Unidos en Kigali han sido cuando menos ambiguas. Desde el inicio mismo de la rebelión, el segundo de la embajada Peter Whaley hace frecuentes idas y venidas a Goma y Bukavu, donde mantiene numerosos encuentros con Laurent Kabila. El 16 de noviembre de 1996, al día siguiente del ataque al campo de refugiados de Mugunga (ver infra), Winter organiza en la embajada de Kigali un encuentro entre Kabila y el enviado especial Richard Bogosian, el embajador Gribben, Peter Whaley y un coronel del Estado mayor del general Smith. Evocaremos más tarde las declaraciones del 21 de noviembre de 1996 del embajador Robert Gribben y del general Smith acerca del número de refugiados ruandeses que quedaron en Zaire, en el momento en que causa estragos la macabra y cínica "batalla de las cifras", alrededor del tema del envío de una fuerza internacional. La embajada reincide todavía más cínicamente en un telegrama del 21 de enero de 1997: estima que las agencias humanitarias deberían abandonar el campo de refugiados de Tingi-Tingi y "dejar de alimentar a los asesinos (...). Si no lo hacemos, cambiaremos los niños de Tingi-Tingi por los niños que serán matados o se quedarán huérfanos en el interior de Rwanda". También en la embajada de los Estados Unidos en Kigali, pongamos de relieve el papel jugado por el agregado militar, el mayor Richard Orth, un antiguo de la DIA (Defense Intelligence Agency), cuyas simpatías por el FPR son muy conocidas y constituyen una fuente de incomodidad para el Departamento de Estado. En una carta enviada el 28 de agosto de 1997 al presidente Clinton, Christopher Smith, presidente del House Subcommittee on International Operations and Human Rights, escribe que "algunos diplomáticos americanos en Rwanda han sido evidentes defensores apasionados del régimen ruandés y de sus aliados congoleños", lo que explicaría según él que la política de Washington habría sido dictada por "informes de gentes que tenían tendencia a ignorar los informes negativos sobre sus amigos del APR y de las fuerzas de Kabila". En su carta del 15 de diciembre de 1997, Barbara Larkin garantiza a Smith "la confianza que otorgamos al embajador Gribben y a su equipo en Kigali. Durante el conflicto en el Zaire, la embajada de Kigali ha informado de manera consistente y profesional sobre los acontecimientos que se desarrollaban"...

2. Suministro de material y de personal

Varias fuentes dan fe de suministros de armas, municiones y equipamiento, e incluso de la presencia de elementos militares americanos sobre el terreno. Un piloto surafricano afirma haber transportado en septiembre de 1996 un cargamento de fusiles desde Pretoria a Bujumbura, donde habría sido recibido por un oficial burundés y un hombre, al que el piloto reconoce como miembro de la embajada de los Estados Unidos; según esta fuente, el destino de las armas era Uvira, y y ello en el momento en que la "rebelión de los Banyamulenge" se inicia en este mismo lugar. Según otra fuente, aparatos militares y "civiles" (pertenecientes a la CIA; se cita en concreto la compañìa "Mountain Aire"; cf.supra) americanos habrían llevado toneladas de material, desde julio-agosto de 1996, a Uganda y - para mantener cierta discreción - en menor medida a Rwanda. Más tarde, Hercules y Galaxy de la USAF, provenientes de Uganda, habrían desembarcado armas, municiones y equipamiento en Goma. Blindados de transporte APC americanos, estacionados en Uganda y que deberían haber servido para la operación humanitaria avortada (cf. infra), habrían sido "robados" y utilizados en la toma de Kisangani, e incluso más al Oeste. En la misma línea, un oficial superior zaireño afirma el 5 de febrero de 1997 que el ejército ugandés estaría utilizando contra las fuerzas zaireñas material entregado a finales de abril en Kampala y destinado a la fuerza multinacional de intervención. Se trataría de material de transmisiones, de escucha y de armas de apoyo. El periódico Le Monde del 5 de diciembre de 1996 informa que según los servicios franceses de información, entre 60 y 100 "consejeros americanos" respaldarían al FPR y habrían realizado incursiones en el Zaire. La revista Valeurs Actuelles publica en su entrega del 30 de agosto de 1997 extractos de una nota redactada en febrero de 1997 por un servicio francés, sin otra identificación. El texto evoca el suministro de armas y municiones dirigidas hacia Goma en octubre y noviembre de 1996 por medio de rotaciones aseguradas a partir de Uganda, de las que acabamos de hablar. Se señala también la presencia en suelo zaireño de una veintena de oficiales de las Fuerzas especiales de Fort Bragg, uno de los cuales habría encontrado la muerte en la batalla alrededor del puente del Oso. La nota confirma además la presencia de un sistema sofisticado de transmisión y comunicación. La acusación más grave afirma sin embargo que militares americanos habrían estado implicados en el ametrallamiento de campos de refugiados, concretamente con la ayuda de un C-130 Gunship de las Fuerzas especiales. Además, fuentes humanitarias sospechan que los americanos transmitieron a los militares ruandeses informaciones sobre los movimientos y concentración de refugiados obtenidas concretamente gracias a los reconocimientos aéreos efectuados con vistas al desplliegue o no de una fuerza internacional de protección (cf.infra); estas informaciones habrían servido en consecuencia a localizar a estos refugiados, no para socorrerlos, sino para exterminarlos. Evocando estas concentraciones, un general americano habla de ellas como de "targets of (military) opportunity". Kagame mismo habría reconocido que "en un momento dado, hemos compartido informaciones (...) sobre los movimientos de los refugiados".

De manera un tanto enigmática, el presidente burundés Buyoya declara el 20 de abril de 1997 que "La influencia de potencias (exteriores a Africa) es evidente" y que "ninguna potencia africana ayuda a Kabila más que algunas potencias exteriores", que , sin embargo, se niega a citar. No obstante, el hecho que evoca, "una lucha entre potencias occidentales en Africa", da a entender que se refiere a Francia y a los Estados Unidos; lógicamente, colocaría a éstos últimos del lado de la rebelión. Más tarde, en el transcurso de una declaración ante la comisión de relaciones internacionales de la Cámara de Representantes en Washington el 16 de julio de 1997, la organización Physicians for Human Rights acusa al ejército americano de haber entrenado a las tropas ruandesas, culpables de atrocidades en el Congo/Zaire et incluso en el interior de Rwanda. Días antes, la comisaria europea de asuntos humanitarios Emma Bobino - refiriéndose a la famosa entrevista en el Washington Post (cf.supra) - se extraña de que Kagame diga en ella que los Estados Unidos "han tomado las decisiones correctas para que la rebelión pueda avanzar" y pone de relieve que "alguien en Washington podría quizás dar algunas explicaciones" sobre el papel jugado por los Estados Unidos. Con su estilo directo habitual, dirá más tarde que "los Estados Unidos han mentido desde el principio" sobre su conocimiento de los proyectos de Rwanda de ataque a los campos de refugiados.

Estas explicaciones no llegaron, ni siquiera después de que otras numerosas fuentes hubieran aportado precisiones cada vez más concretas sobre la implicación americana. Un artículo aparecido en Le Monde el 28 de agosto de 1997 concluye que se hizo un esfuerzo muy importante, algo que va mucho más allá de lo que deja entrever el documento sobre el que se basa el periódico. Un memorandum sometido al Congreso el 19 de agosto de 1997 por el subsecretario de Defensa Walter Slocombe da fe, para el período que va del 15 de julio al 30 de agosto de 1996, de la formación por nueve instructores americanos de treinta elementos del APR en el terreno del "small unit training, tactical skills, land navigation, first aid, and basic rifle markmanship". Se observará que estos entrenamientos tienen lugar justo antes del inicio de la "rebelión de los Banyamulenge" y de la entrada de elementos del APR en el Kivu. Durante el período que va del 2 de noviembre al 10 de diciembre de 1996, esto es, en pleno episodio de la repatriación voluntario-forzosa de los refugiados (cf.infra), cinco instructores forman a unos cuarenta miembros del APR y de la gendarmería en prácticas llamadas "civiles" (operaciones humanitarias, gestión de campos de refugiados y desplazados, relaciones con las ONG...) El hecho de que esta formación se inicie unos diez días antes de la operación del APR contra el campo de Mugunga, podría hacer suponer que los americanos estaban al corriente de las intenciones de Kagame y que se esperaba un importante flujo de refugiados. Sin embargo, nada en el memorandum va más allá a primera vista de los límites de una cooperación militar "normal".

Por el contrario, informes de Amnesty International y Human Rights Watch son más precisos. En septiembre de 1997, Amnesty señala que la asistencia militar de los Estados Unidos a Rwanda se intensificó durante los meses previos a los ataques por parte del APR de los campos de refugiados en Zaire. El informe da fe del apoyo americano a "un pelotón ruandés de información militar (que) jugó un papel importante para convencer a gobiernos y organizaciones humanitarias de que los refugiados podían regresar a Rwanda con plena seguridad, mientras muchos de ellos posteriormente fueron objeto de violaciones de los derechos de la persona, incluidas ejecuciones extrajudiciales y 'desapariciones'". Amnesty estima que "el apoyo político aparentemente incondicional de los Estados Unidos al gobierno ruandés no pudo sino reforzar la convicción de las autoridades ruandesas de que podían continuar violando los derechos de la persona, sin riesgo de ser criticadas por sus más importantes aliados". Human Rights Watch cita varios testimonios entre noviembre de 1996 y agosto de 1997. Un testigo vió a elementos de las Fuerzas especiales de Fort Bragg en uniforme en el Kivu-norte los días 23 y 24 de julio de 1997. Otros testigos dan fe de la presencia de militares americanos en Goma en noviembre de 1996 y en la región del Ruwenzori en agosto de 1997 en compañía de elementos del ejército ugandés. El relato de un sacerdote ruandés incluye este pasaje que suena a verdadero en el conjunto de este texto:

El 19 de diciembre de 1996, nos encontramos con un grupo que había capturado a un militar blanco, que también él se había extraviado en el bosque. Hablaba mal francés con acento inglés. Respondiendo al interrogatorio, decía que era francés, venido a salvar a los refugiados y que por error se separó de los otros. Pero a pesar de sus explicaciones, su lenguaje le traicionaba. Se juzgó que era un americano que se había separado de los militares tutsi cuando se produjo el ataque del 15 de diciembre de 1996 a Musenge. La cólera de los traumatizados cayó sobre él y desapareció.

N'Gbanda informa que, bajo la cobertura de la puesta en pié de la fuerza internacional (cf.infra) - que sin embargo combaten - los Estados Unidos desenbarcan grandes cantidades de material militar en Entebbe; según él, estos medios son "ampliamente desproporcionados respecto de la finalidad oficial de su misión". Gracias a una indiscreción, se habría enterado de que maniobras americano-ugandesas se llevarían a cabo en el norte de Uganda, no lejos de la frontera zaireña, en el momento en que la ofensiva sobre Bunia se precisa.

Estas numerosas zonas de sombra en cuanto a la implicación americana son puestas de relieve por Christopher Smith, el cual, en su carta ya citada del 28 de agosto de 1997 al presidente Clinton, se muestra no satisfecho de las explicaciones aportadas por Slocombe una semana antes. Poniendo de relieve las matanzas cometidas por el APR en Congo-Zaire y en Rwanda ("a deliberate and systematic policy of targeted ethnic killing") y la ausencia de reacción americana al respecto, exige respuestas claras a un cierto número de preguntas, que conciernen concretamente al tipo de entrenamiento dado al APR, a las actividades militares de elementos del APR en Congo-Zaire, a la violación de los derechos de los refugiados, a la actitud tolerante de los Estados Unidos para con el régimen de Kigali. Las preguntas de Smith no reciben respuesta satisfactoria de la Casa Blanca; en una nueva carta del 24 de abril de 1998 a Clinton, constata que "I have not received much information that is responsive to the obvious point of my request".

3. Incoherencias

Dicho esto, uno parece estar confrontado a un fenómeno de desconexión entre la política públicamente formulada por los Estados Unidos, concretamente por el Departamento de Estado, y la evidencia de un profundo compromiso al lado de la rebelión y de sus patrocinadores. En efecto, muy pronto después del comienzo de la guerra, el Departamento de Estado constata - primero prudentemente y luego más claramente - que el Zaire es objeto de una agresión exterior; apoya la integridad territorial del país y pide a los vecinos que permanezcan fuera del conflicto. Ya en una carta del 22 de noviembre de 1996 al viceprimer ministro y ministro zaireño de Relaciones exteriores, el secretario de Estado Warren Christopher confirma que "las tropas ruandesas han penetrado en Goma y Bukavu en octubre y las tropas ugandesas en el Kivu-norte en noviembre". Los Estados Unidos han "recomendado con insistencia su retirada inmediata para evitar la escalada del conflicto". El 9 de noviembre, el embajador en Kinshasa Daniel Simpson declara en la televisión zaireña: "Sabemos perfectamente que el Zaire ha sido atacado por Rwanda y Uganda. Esto plantea un problema tanto político como humanitario". Con ocasión de una conferencia organizada en Washington el 16 de enero por el U.S. Institute of Peace y el Departamento de Estado, todos los participantes - incluidos los oficiales americanos - concertan en estimar que "Rwanda, Uganda, Burundi y más recientemente Angola están profundamente conprometidos en la guerra civil". El 24 de enero, el Departamento de Estado reclama "la retirada de todas las fuerzas extranjeras, entre ellas las de los de los mercenarios", subrayando que los Estados Unidos han "pedido desde el principio a los gobiernos vecinos que no se unan al conflicto". El 7 de febrero, la secretaria de Estado Madeline Albrigth insiste ante Rwanda, Uganda y Burundi "que permanezcan fuera del conflicto que se intensifica"; de este modo los Estados Unidos apuntan con el dedo a dos de sus aliados en la región. Con ocasión de una sesión del Consejo de Seguridad, dos semanas más tarde, el embajador de los Estados Unidos en la ONU lanza una advertencia a otro aliado, Angola, contra cualquier implicación en Zaire. El 25 de abril George Moose, secretario adjunto para asuntos africanos, expresa su "profunda preocupación" ante la implicación militar angoleña en el conflicto zaireño, estimando que podría constituir un "factor de complicación" tanto para Angola como para Zaire. Sería muy pesado continuar esta enumeración de declaraciones y tomas de postura, que todas ellas indican que el Departamento de Estado está preocupado por el apoyo directo aportado a la rebelión zaireña por los Estados de la región. Al haber estado en contacto bastante frecuente con los responsables de este ministerio durante este periodo, creemos que estas preocupaciones eran sinceras. Por otra parte, las advertencias americanas irritan al campo rebelde. El 6 de febrero de 1997, Kabila critica la "ingerencia" de los Estados Unidos en el conflicto zaireño. El portavoz del AFDL, Raphaël Ghenda, estima que las advertencias de los Estados Unidos, Francia y Bélgica "no son más que lágrimas de cocodrilo (...). Si la situación es como es, en parte es a causa de la ayuda que han otorgado a Mobutu durante más de treinta años".

De ahí que la política americana aparezca, cuando menos, incoherente. Es probable que otros actores, como el Pentágono, la CIA o incluso el Consejo nacional de seguridad de la Casa Blanca, hayan llevado a cabo una política discreta y autónoma contraria a la enunciada por el Departamento de Estado. Así, por ejemplo, ciertos medios militares americanos mantienen excelentes relaciones con los regímenes ruandés y ugandés, cuyos oficiales han gozado de una formación americana, concretamente en el marco del programa IMET. Paul Kagame mismo seguía una formación en el Staff Command College de Fort Leavenworth cuando comenzó la guerra en Rwanda en octubre de 1990, y oficiales americanos no ocultan su admiración por este "estratega genial". Por lo tanto, no debería excluirse que existe una especie de camaradería entre oficiales americanos por un lado y ruandeses y ugandeses por otro.

Otros actores sobre el terreno están ligados a (antiguos) militares y antiguos de la CIA y de la DIA. Hemos citado ya el caso del IRC. Ronco Consulting, una sociedad privada de antiguos militares americanos, trabaja en Rwanda a cuenta del National Demining Office en el marco de una operación que evidentemente es perfectamente legítima, pero que permite tener a gente sobre el terreno. Según Kathi Austin (Human Rights Watch Arms Project), Ronco importó equipamiento militar, como entre otros explosivos y vehículos blindados. Este material habría sido cedido al ejército ruandés con acuerdo del Pentágono. Otra sociedad activa en la región es MPRI (Military Professional Resources Inc.) fundada por antiguos oficiales superiores americanos, con base en el Estado de Virginia. Uno de estos consejeros es el antiguo secretario adjunto para asuntos africanos bajo George Bush, Herman Cohen; el vicepresidente de la sociedad, Harry Soyster, es el antiguo número dos de la DIA, igualmente bajo la presidencia de Bush. Esta privatización de operaciones militares y de entrenamiento de ejércitos extranjeros permite al gobierno americano negar ("deniability") cualquier implicación en operaciones que escapan a los habituales controles públicos, aunque - según un antiguo de la DIA - "the programs are designed to further our foreing policy objectives. If the (US) government doest't sanction it, yhe companies can't do it". Esta política es oficial hasta tal punto que, el 24 de junio de 1997, la DIA organiza en Washington un simposium sobre "The Privatization of National Security Functions in Sub-Saharan Africa". Están presentes, además del MPRI (Ed Soyster) y algunos "operadores" privados americanos, Executive Outcomes (Eben Varlow) y Sandline (Tim Spicer), sociedades privadas como Exxon y Texaco, diplomáticos ugandeses y angoleños, e incluso organizaciones humanitarias (World Vision, Unicef, el ACNUR).

4. Grado de compromiso

En su testimonio del 5 de mayo de 1998 ante el Subcommittee on International Operations and Humans Rights, Kathi Austin es muy severa. Afirma que el asesimato de decenas de miles de refugiados ruandeses, considerado como "collateral damage", fue "facilitado por la asistencia americana a Rwanda y a otros gobiernos de la región". De manera continuada, oficiales americanos dieron un apoyo político, logístico y de consejo al nuevo régimen de Kagame: "la política americana se equivocó al convertirse en partidaria". No obstante, con los datos disponibles es aleatorio concluir acerca de la naturaleza y amplitud del papel jugado por los Estados Unidos en cuanto tales o por ciertos civiles o militares americanos. Podría muy bien suceder que no se tratara de una gran conspiración sino de una gran confusión y que no exista una verdadera política americana en Africa central, región que los americanos conocen mal y que, de cualquier modo, no está en el centro de sus preocupaciones políticas internacionales. Es el mismo análisis que hacen algunos especialistas americanos que señalan la incoherencia de Washington. El antiguo secretario de Estado adjunto para asuntos africanos Herman Cohen afirma: "I wist I could give credit to the US government for the broad vision and policy of doing something like this, but I can't. It's day-today policy. One problem at a time builds up, and the French, with their paranoia, see a grand design". Cester Crocker, otro antiguo secretario de Estado adjunto, dice no ver "una política coherente por parte del gobierno americano" y estima que "los americanos no son lo suficiente competentes para orquestar nada en la región". Una encuesta del periódico Le Monde a responsables americanos concluye con constataciones análogas. Temiendo las derivas de Kabila, una "alta fuente americana" afirma que "Kabila no es nuestra criatura o marioneta, a pesar de lo que nuestros aliados europeos tienden a creer. No le damos nada, y en consecuencia nada debemos retirarle; si no nos quiere escuchar, se hace ampliamente incontrolable". Dicho esto, a pesar de las numerosas zonas de sombra (que compete clarificar a las instituciones americanas), ciertas hipótesis convergen.

(i) La política llevada a cabo oficialmente, de la que el Departamento de Estado se hace el portavoz, habría sido contrarrestada por el Pentágono y por los servicios de información y de acción, incluso por el consejo nacional de seguridad, que habrían privatizado en parte su implicación en la región de los grandes lagos; la representación americana en Kigali, tanto diplomática (sin embargo dependiente del Departamento de Estado) como militar, habría apoyado activamente y coordinado estas operaciones clandestinas.

(ii) Los Estados Unidos conocían las intenciones de Kagame de atacar los campos de refugiados y probablemente le ayudaron a ello; además, mintieron deliberadamente acerca del número y suerte de los refugiados que permanecieron en Zaire, a fin de torpedear el despliegue de una fuerza humanitaria multinacional, que habría salvado a decenas de miles de vidas humanas, pero que era detestada por Kigali y el AFDL (ver infra).

(iii) Los Estados Unidos aportaron un apoyo logístico y material, y probablemente un (ligero) encuadramiento a las fuerzas del AFDL y a los elementos del APR que operaban en Zaire; por este hecho, debían estar al corriente de las matanzas perpetradas contra los refugiados ruandeses (ver infra).

(iv) Por medio de su apoyo diplomático y militar, los Estados Unidos dieron al gobierno ruandés y al AFDL la señal - o al menos la impresión - de que todo les estaba permitido y de que se les garantizaba la impunidad. Por acción y por omisión, recae sobre ellos una parte de la responsabilidad de los crímenes cometidos por sus aliados. En este sentido, su posición en relación con el nuevo régimen ruandés es comparable a la de Francia respecto del antiguo poder.

(v) En un plano más general, la implicación en la incoherencia de la única gran potencia ha generado dinámicas cuyas consecuencias no han sido medidas suficientemente por sus autores. En este sentido, en Africa central como a veces en otros lugares, los Estados Unidos han demostrado ser unos aprendices de brujo, incapaces de acompañar un proceso, cuyo control se les ha escapado, con las consecuencias desastrosas que todos conocemos.