Prosper Kamwenubusa
Yaoundé, Cameroun
31.12.00
Por definición, el refugiado es alguien que lo ha perdido todo: familia, propiedades, nacionalidad, amigos, cultura, etc. Desde la nada, se va construyendo y adquiriendo una nueva familia, nuevos amigos, nueva nacionalidad, nueva cultura, etc. Total, puede hablarse de una nueva vida que se constituye en el refugiado. ¿Qué será entonces el tesoro del refugiado? ¿De lo que adquiere en la nueva vida o de lo que logra conservar desde su vida anterior? Una correcta respuesta pasa por aclarar por lo que entendemos por tesoro. De todas las definiciones, habrá unas que convenzan más y otras menos pero para entendernos creo que por tesoro todos admitimos que se trata de bienes materiales y espirituales que todos anhelamos disponer. Un tesoro siempre se caracteriza por la belleza: es atractivo. También es raro y el que lo posee procura no perderlo. Cuesta caro en todos los sentidos y de allí que perderlo equivale a una desgracia. Por eso, todo lo que nos es cariñoso, solemos llamarlo tesoro: nuestros hijos, padres, conocimientos, joyas, etc.
Ahora bien, ¿qué puede ser un tesoro del refugiado? Cuando lo encontramos a miles y miles de kilómetros de su lugar de origen, de su cultura, de sus familiares y de lo que conoce realmente como la fuente donde siempre ha recogido el agua de beber, de los senderos que le conducían de un lugar a otro y de los mercados que ha visitado bajo el sol de siempre, ¿qué tesoro realmente le queda? No dudo que puede encontrarse mejor económicamente en la tierra de acogida. No dudo que puede llevarse consigo una cantidad de bienes que forma parte de su tesoro actual. Solo reconozco que su tesoro de alguna manera está por consolidar porque si de algo puede afirmarse es que el refugiado necesariamente añora bastante de su tesoro perdido.
Para entender bien eso, voy a compartir con ustedes la experiencia que viví ayer el día 30. La comunidad de los refugiados burundeses y rwandeses de Cameroun que vive en la capital, Yaoundé, vivió de estos días que se califican de inolvidables gracias a sus hijos que se han constituidos en tres grupos de animación cultural para inmortalizar su cultura. Se trata, por una parte, del grupo ABAHEBERA que desarrolla el espectáculo de tocar los tambores. Cuando decimos tocar los tambores, somos conscientes que poco puede percibirse. Normalmente no hay referencia porque el modo de tocar los tambores en Burundi es único en el mundo. Se requiere mucha energía y la armonía que ello produce sólo puede ser contado por alguien que lo ha presenciado. Al que le gustan las curiosidades, un día reconocerá que de verdad hay algo que no puede desaparecer. Por otra parte, había un grupo de mujeres burundesas, INYAMBO, que ejecutaba el baile tradicional. Si quisiera exagerar diría que no, que no hay palabras para describir lo que se puede presenciar. Pero, cualquiera que ha visto las burundesas bailando admite que es algo que merece la pena conocer. El tercer grupo, URUYANGE, estaba formado por los rwandeses que recorren el repertorio de los bailes tradicionales del país: la inclinación de los artistas con sus brazos que se extienden como para volar es algo también único en el mundo.
Estos tres grupos durante dos horas recordaron a sus compatriotas, a los cameruneses, africanos y occidentales que acudieron a la cita que hay algo que los burundeses y rwandeses pueden ofrecer más allá de las imágenes de los conflictos: la sonrisa. En efecto, ¿quién puede negar que la sonrisa es uno de los grandes tesoros de que la humanidad dispone? Todos los tesoros de que podamos disponer siempre estarán precedidos y acompañados por una sonrisa. Si uno llevara una joya con enfado, unánimemente le reprocharíamos que esto no tiene gracia. Ahora bien, por la vida muy dura de un refugiado sabemos que no puede sonreír por sonreír. Si puede sacrificarse para preparar un espectáculo para desear a sus compatriotas la bienvenida de un nuevo milenio es porque lleva dentro algo inolvidable, algo que le vuelve sus entrañas: el tesoro de su cultura, de su tierra, de sus padres y madres que le enseñaron a expresarse de distintas maneras. Hay hijos de la diáspora que solo conocen la cultura de sus padres por los libros. Ver a sus padres en acciones, bailando y sonriendo juntos es algo de auténtico milagro. Es además una educación para la paz porque si hay algo que también necesita protección es la cultura. El enemigo de la cultura es también enemigo de la paz. Potenciar la cultura significa potenciar la paz y viceversa. En esto, no hay misterio porque los muertos no pueden sonreír. En una oración, un judío creyente dijo que los muertos no pueden alabar al Señor. Lo mismo podemos comprobar: en las guerras, se acaban con la cultura, con la esperanza, con la sonrisa, con la paz.
Lo que presenciamos ayer es algo que todos deseamos que pueda seguir adelante. Curiosamente, un programa así no suele tener apoyo de los oficiales. Solo los amantes de la cultura, al margen de las ganancias, se implican y se sacrifican. Potenciar una iniciativa de esta índole es algo que todos sin excepción pueden alabar. Dado las condiciones en que viven muchos refugiados, la movilidad, la preparación misma de un espectáculo así es algo muy complejo. Se requieren materiales y tiempo pero la finalidad es algo que nadie puede poner en cuestión. Ese tesoro que pudimos contemplar, ¿podrá conservarse o es que hemos sido los últimos testigos? La voluntad de seguir adelante es común a todos. Pero el temor de carecer de medios es algo evidente. La cuestión, de momento, es contar con una infraestructura sólida. El mantenimiento vendría de los mismos espectáculos porque realmente prometen. En esta aventura de potenciar la cultura y con ello la paz, todos estamos invitados.