Desde que la diplomacia norteamericana boicoteó la operación internacional, tan difícilmente acordada, que pretendía auxiliar a los cientos de miles de refugiados hutus en Zaire, muchos de los que no volvieron a Ruanda (quizá la mayoría de ellos) ya han desaparecido. Muchos de los que se lamentaron diciendo "el mundo nos ha abandonado" han dejado ya de sufrir. Muchos otros lo harán en los próximos días. Pero su grito, el grito de cientos de miles de hermanos nuestros inocentes (en su mayoría niños, mujeres y ancianos) nadie lo podrá ya silenciar. La historia, una vez más, sacará a la luz todas las mentiras y silencios con que se han enmascarado tantas ambiciones, tantas complicidades, tanta indiferencia. Su sangre derramada acusa a nuestro mundo, especialmente a todos aquellos que, tras juicio sumario, los han sentenciado colectivamente como genocidas. Pero más infame que el juicio ha sido la ejecución. En Norteamérica se acostumbra a ejecutar a los condenados a muerte (también personas de color en un elevado porcentaje) de manera rápida. Pero el final de los refugiados ha sido lento y cruel. Su suplicio ha durado meses : hambre, enfermedades, grandes heridas en los pies, terror permanente.
Museveni, Kagame, Buyoya, Kabila y la diplomacia norteamericana dicen que quieren construir una gran región social y políticamente estable. Pero ¿qué estabilidad se puede construir sobre tanta sangre inocente? ¿Cómo pretenden cimentar tan ambicioso edificio en el desprecio y violación sistemáticas de la Convención internacional sobre el Genocidio, la Convención de Ginebra sobre el Derecho a la asistencia humanitaria, la Convención sobre el Status de los refugiados y otros muchos principios del derecho internacional? Se ha tolerado, intentado negar, disculpado y hasta justificado, que las armadas de estos "hombre fuertes" hayan violado fronteras con una guerra de agresión, bombardeado con armas pesadas los campos de refugiados protegidos por la bandera de la O.N.U., repatriado violenta y forzosamente a cientos de miles de refugiados, masacrado sistemáticamente con ocultamiento y alevosía a decenas de miles de civiles hutus, impedido la asistencia humanitaria a civiles en inmediato peligro de muerte. Ha sido y está siendo un holocausto innecesario y absurdo, en sí mismo y más aún en el modo inhumano y brutal de llevarlo a término. Viendo el cariz increíble que van tomando los acontecimientos, quizá deberíamos tener el valor de rogar a estos señores de la guerra y a sus aliados que ejecuten de una vez, limpia y rápidamente, ahorrándoles tanto sufrimiento absurdo, a estos terribles "refugiados-genocidas" (así, unido, como desean la propaganda extremista tutsi y todos aquellos que consciente o inconscientemente han entrado en ese juego).
La diplomacia norteamericana, que en el terreno de los principios proclama sin cesar la fundamentalidad del respeto a los derechos humanos, ha vuelto a apostar en la práctica por hombres fuertes, por aliados estables, cuyas manos resultan estar manchadas de demasiada sangre inocente. ¿Cuántos cientos de miles más de cadáveres hutus necesitaremos para darnos cuenta de la calaña de estos hombres fuertes?. ¿Cómo se puede aceptar o incluso apoyar tan rápidamente a alguien que, mientras niega las masacres masivas de hutus en el este de Zaire, impide una y otra vez que se auxilie a cientos de miles de ellos que, por esta desasistencia, mueren en gran número? Las graves complicidades históricas y recientes de varios gobiernos de Francia y otros europeos no disculpa estas otras anglófonas. Sabemos que los grandes capitales tienen su propia dinámica y que, casi siempre, la única estabilidad que les importa es aquella que permita la continuidad de sus negocios. Por eso no nos ha extrañado la celeridad con que empresas mineras americanas y canadienses, casi inexistentes en Zaire hace un año, han empezado a cortejar públicamente y a obtener concesiones del "liberador" Kabila, con el mismo entusiasmo que, hasta hace nada, otras, europeas principalmente, trataban con el "gran papa" Mobutu, hoy por fin caído en desgracia. Pero de un gran país como Norteamérica, que pretende ser el gran líder de un nuevo orden mundial, y que otras veces lo ha sido realmente, cabía esperar algo más : que fuese el valedor de aquella estabilidad que se funda en el respeto de la dignidad de todo ser humano. ¿Hasta cuándo seremos capaces de convivir con esta enorme e injusta tragedia?