Juan Carrero Saralegui
Fundació s'Olivar
Estellencs, Mallorca
21.02.00
Cuanto está sucediendo hoy en el Africa de los Grandes Lagos es de tal magnitud, los actuales crímenes de los regímenes himas-tutsis de Ruanda, Burundi y Uganda son tan graves, la invasión de la República Democrática del Congo por parte de éstos es de tal descaro, la permisividad de las grandes potencias ante estos hechos es tan lamentable y tan opuesta a la energía que han desplegado en Kosovo o Timor, la desinformación e intoxicación mediáticas son tan notables, que cualquier observador medianamente informado, lúcido e imparcial puede darse cuenta de que todo esto no puede ser simplemente casual y de que faltan importantes claves para comprender este gran y caótico conflicto. La lejanía anímica o la indiferencia de nuestro mundo desarrollado con respecto al Africa subsahariana no es suficiente para explicar la generosa "tolerancia" de la comunidad internacional respecto a crímenes tan masivos y gobiernos tan bárbaros.
Seguramente, sin el innegable desinterés de nuestras sociedades desarrolladas hacia los pueblos africanos y sin los graves conflictos de poder (con un importante componente étnico) existentes previamente en Ruanda, Burundi y demás países vecinos, no hubiese sido posible tal tragedia. Sin embargo, este artículo está cimentado sobre la convicción de que las causas primeras y más determinantes de este conflicto no hay que buscarlas tanto en las colinas de Ruanda o Burundi como en los grandes centros económicos y financieros de nuestro planeta, no tanto en el desinterés de muchos como en la ambición de unos pocos. El control de los excepcionales recursos naturales del ex Zaire ha sido el codiciado botín.
El FPR (Frente Patriótico Ruandés), organización militar creada por los elementos más extremistas de la antigua aristocracia feudal tutsi (una minoría extremista dentro de esta etnia ya minoritaria), y en la que se integraron también algunos hutus, invadió Ruanda en 1990, provocó en el Africa de los Grandes Lagos una gran desestabilización, que aún prosigue y se extiende, iniciando en esa amplia región una década de engaño, sufrimiento, destrucción y muerte.
En una importante campaña propagandística, que ha precedido y acompañado a la militar, se ha engañado a la opinión internacional. Desde 1994 especialmente se ha criminalizado a la práctica totalidad de la etnia hutu como la única culpable del único genocidio, responsabilizándola globalmente de los crímenes cometidos por los extremistas de uno u otro signo. Se ha simplificado el conflicto, se ha interpretado unilateralmente la historia y el presente. Se ha recortado incluso esa historia, haciéndola nacer en 1994.
Convertida toda la etnia hutu en la responsable del único genocidio y a la tutsi en la única víctima, los ‘liberadores’ del FPR tienen carta blanca para toda clase de excesos mientras su gran aliado protector, el gobierno de los EEUU, les da cobertura diplomática en los grandes foros internacionales. Hace más de dos décadas no se consiguió convertir en ‘salvadores’ a Pinochet o Videla, a pesar de las grandes campañas propagandísticas que se llevaron a cabo. Ahora sí se ha conseguido presentar a genocidas como Kagame, el actual hombre fuerte de Ruanda, como los nuevos y dinámicos líderes de una nueva Africa.
Cynthia McKinney, congresista demócrata de los EEUU, miembro del Comité de Seguridad Nacional y del Comité de Relaciones Internacionales, que este verano ha visitado la RD del Congo, el 31.08.99 ha dirigido una carta muy significativa al presidente Clinton. En ella responsabiliza a su propia administración de ser la responsable de que Africa sea en este momento "un continente incendiado", de "complicidad en crímenes (allí) contra la humanidad", de haber "contribuido a prolongar el dolor y el padecimiento de los pueblos africanos", de que sus aliados "Uganda y Ruanda" hayan "agredido militarmente el territorio de la RD del Congo", de que "las atrocidades que padecen diariamente toda la gente de esa región" sean "escandalosas y consecuencia de la mala política de los Estados Unidos". Es posiblemente la más importante denuncia, aunque no la única, de las que algunos políticos han venido haciendo sobre el papel fundamental y nefasto de la administración de los EE UU en el conflicto de los Grandes Lagos Africanos durante esta última década.
Pero, en realidad, importantes sectores de la administración de los EEUU sólo han sido el principal ejecutor político del proyecto elaborado por algunas grandes corporaciones financieras. A su vez, los ejércitos de Uganda, Ruanda y Burundi, estos dos últimos monoétnicos tutsis, han sido el brazo militar de esta operación. Las grandes multinacionales son en nuestro mundo, cada vez más real y eficazmente, el verdadero poder en la sombra. Respecto a la responsabilidad última de esos grandes capitales en este conflicto también se han levantado ya algunas voces de denuncia. La más lúcida y completa de éstas acaba de hacerla hace unos días el ingeniero civil de minas Pierre Baracyetse con su trabajo de investigación titulado ‘La apuesta geopolítica de las sociedades mineras internacionales en la República Democrática del Congo (ex Zaire)’. Gracias a sus análisis, empieza a aparecer una lógica interna tras la situación caótica del Africa de los Grandes Lagos en la última década del milenio.
Tras el derrumbe de la URSS, como expone Pierre Baracyetse, ninguna fuerza o estado de este mundo puede frenar la expansión y las estrategias de estas multinacionales, que crecen aceleradamente en poder de decisión. Confeccionan a su medida políticas internacionales, apoyan ‘rebeliones’ o incluso las crean, trazan nuevas fronteras o construyen nuevos estados si hace falta, se sirven de la ONU haciéndola intervenir o maniatándola según sus intereses. Las inmensas riquezas mineras del ex Zaire, el tamaño de su territorio, su posición geoestratégica, lo convierten seguramente en el más importante objetivo mundial de este Nuevo Orden que están consiguiendo imponer las grandes corporaciones multinacionales. Pero también esas riquezas naturales hacen de las poblaciones civiles de esta vasta región africana las más desafortunadas de nuestro mundo por el solo hecho de haber nacido en un territorio tan privilegiado y codiciado.
La poderosa ‘American Minerals Fiels Inc.’ (AMFI) fue especialmente creada como instrumento destinado a ejecutar este proyecto para el Africa de los Grandes Lagos. Cuando fue oficialmente constituida en 1995, seguramente estaban ya a punto todos los planes concernientes a esa región, la estrategia preparada, los medios financieros, logísticos y militares movilizados, el soporte de los EEUU y la complacencia de las otras potencias occidentales garantizados. Se trata de una verdadera neocolonización de Africa y de la abolición del orden político africano surgido de la Conferencia de Berlín.
Con la llegada de la paz y las reglas del juego político establecidas, bajo la cúpula y los ‘consejos’ de las instituciones financieras internacionales, comenzará otra guerra para la partición de los recursos: la batalla entre las transnacionales. Todo el ocultamiento mediático sobre la guerra en la RD del Congo y el rol de los diplomáticos ingleses, americanos, belgas, egipcios, franceses, libios, sudafricanos, zambianos, etc. en la crisis del Africa de los Grandes Lagos, debe ser interpretado en este sentido.
Sin embargo, el consuelo de ver cómo, una vez más en la historia, la fuerza de la verdad se va abriendo paso, va acompañada del dolor de seguir constatando, mes tras mes, año tras año, el triste papel de las ONGs de derechos humanos en esta tarea de descubrir y denunciar lo que realmente ha sucedido y sigue sucediendo en esa región. Hasta el día de hoy, casi ninguna de ellas en todo el mundo ha levantado su voz para denunciar esta trágica aparición de los EEUU en el escenario del Africa de los Grandes Lagos. Las hemerotecas de todo el mundo pueden testificarlo. Sólo lo hemos hecho algunas pequeñas y poco conocidas (exceptuando algunas organizaciones de exiliados de aquella región africana): como Inshuti, en Cataluña, como SOS Ruanda-Burundi, en Bélgica, o como la nuestra misma, la Fundación S´Olivar, en Mallorca, con el apoyo de Drets Humans de Mallorca y Justicia i Pau Mallorca.
La gran mayoría de ONGs de derechos humanos aún no son conscientes de lo que está realmente sucediendo, aún siguen criticando reiteradamente el papel del gobierno de Francia en 1994 y, algunas veces, a la ONU y a sus organizaciones. Pero ni han cuestionado ni cuestionan, como deberían haber hecho, la manipulación y el bloqueo que la ONU sufre y ha sufrido durante diez años por parte del gobierno de los EEUU en todo lo referente a aquella región africana y, menos aún, la intervención directa de éste gobierno allí, para ejecutar el proyecto de las citadas corporaciones.
Es necesario investigar con pruebas materiales los genocidios ya ejecutados y denunciar las pasadas responsabilidades. Pero lo difícil y urgente es ser lúcidos y rápidos de reflejos para reconocer unos y otras en el presente, cuando aún sólo tenemos testimonios e indicios, y ser audaces para denunciarlos e intentar detenerlos cuando aún estamos a tiempo. Si, como en Auschwitz, esperamos a tener pruebas materiales para detener el genocidio, las poblaciones de los Grandes Lagos Africanos están ya condenadas, porque no parece haber ningunos ‘aliados’ dispuestos a liberar ese enorme campo de concentración en que ha sido convertida esa región. Además, estas críticas a la ONU y no a las potencias que la controlan y manipulan, están contribuyendo a debilitarla aún más y a dejar las manos aún mas libres a esos poderosos gobiernos. La Comisaria Enma Bonino se lamentó, hace ya dos años, de este modo de proceder de algunas grandes ONGs, que sólo critican a la ONU.
Si alguna vez, excepcionalmente, se ha hecho tal crítica a la intervención de los EEUU, debe haber sido en voz baja, sin la menor energía, y nunca refiriéndose a ella como la verdadera clave de la gran desestabilización e incluso el genocidio que allí viene ejecutándose desde 1990. De hecho, si tal denuncia ha existido, no ha trascendido a los medios de comunicación. Cuándo, con el paso del tiempo, quede en evidencia esa grave responsabilidad del gobierno de los EEUU en la ejecución del proyecto que grandes multinacionales habían elaborado, cuando quede en evidencia que ésta es la principal clave para explicar la enorme tragedia que durante la última década de nuestro milenio han sufrido los pueblos de los Grandes Lagos Africanos ¿cómo explicarán esas ONGs su propio y lamentable silencio sobre las últimas causas de uno de los grandes genocidios de nuestro siglo?. Quienes nos criticaban, e incluso nos ridiculizaban, por aplicar de un modo ‘simplista’ la trágica experiencia de Latinoamérica de hace dos décadas al actual conflicto del Africa de los Grandes Lagos ¿serán capaces de reconocer que no supieron darse cuenta de lo que estaba sucediendo y de reaccionar a tiempo y con energía?.
El 29 de enero de 1997, en pleno ayuno de 42 días frente al edificio del Consejo de Ministros de la Unión Europea, nuestra Fundación escribió una carta al presidente Clinton que posteriormente fue firmada por once premios Nobel y por la práctica totalidad de los grupos políticos del Parlamento Europeo. En ella, destacándolo en mayúsculas, se denunciaba a Europa "por sus graves complicidades históricas y también recientes". Pero además se empezaba ya a hacer lo mismo frente a las "recientes" complicidades de los Estados Unidos. Esta denuncia era acompañada por manifestaciones permanentes, también durante 42 días, frente a los consulados de EEUU en Barcelona y Palma de Mallorca y frente a la embajada de este país en Madrid. Además, ante esta última, dos amigos de la Fundación ayunaron durante los mismos 42 días. Posteriormente, nuestras denuncias de las graves responsabilidades de los EEUU han sido cada vez más enérgicas y han sido hechas incluso en Massachusetts, con motivo de la entrega del premio ‘El coraje de la conciencia’ (febrero 1999).
El pasado mes de septiembre, Ramsay Clark, antiguo ministro de Justicia de los EEUU, nos hacía esta confesión en su despacho en pleno corazón de Manhattan y nos autorizaba a hacerla pública: "El gobierno de mi país ha conseguido infiltrar y controlar en gran medida a la ONU, a muchos de los grandes medios de comunicación y a muchas de las grandes ONG". Venía así a confirmar nuestras ya antiguas y cada vez más fundadas sospechas. En febrero de 1999, algunos miembros de la sede en Montreal de la Asociación Americana de Juristas nos habían hecho comentarios parecidos sobre las graves complicidades y responsabilidades de algunos expertos y ONGs de derechos humanos y también sobre el uso de grandes principios (los derechos humanos, la democracia, la prevención del genocidio, etc.) como coartada para ejecutar inconfesables proyectos. Entonces nos parecieron afirmaciones extremas difíciles de aceptar. Ahora empezamos ya a tener plena conciencia de la poderosa maquinaria propagandística, financiera, diplomática y militar que ha sido puesta en marcha para llegar a controlar el Africa de los Grandes Lagos.
En una importante campaña propagandística, ciertos expertos y analistas han amplificado, a través de algunas grandes ONGs y algunos grandes medios de comunicación, la versión que sobre este conflicto han elaborado los poderosos lobbies que están detrás de estos trágicos acontecimientos. No hay que olvidar que, sólo en los EEUU, 3 de cada 4 grandes medios de comunicación son propiedad de grandes corporaciones multinacionales. Al mismo tiempo no se ha permitido ninguna investigación independiente, ni tan siquiera de la ONU, sobre los territorios que desde 1990 controla el FPR. También ha sido desacreditado sistemáticamente el testimonio de los antiguos misioneros, que desde hace décadas están sobre el terreno en estrecha convivencia con el pueblo y conocen como nadie sus sufrimientos.
A todo esto hemos de añadir el desinterés general por el Africa subsahariana, lo que conlleva también que los medios de comunicación tengan sobre el terreno pocos, y con frecuencia no demasiado especializados, corresponsales. Este conjunto de factores ha sido tan efectivo que gran número de analistas, medios de comunicación, expertos y ONGs de una menor especialización han caído en la trampa. Algunos empezamos ya hace años a tomar conciencia de la gran complejidad de este conflicto y de la importante campaña de intoxicación que se ha llevado a cabo. Otros han empezado recientemente a rectificar sus posiciones. Pero la dificultad de que otros muchos reconozcan el hecho de haber sido engañados, será una importante inercia para el futuro.
Aquellos africanos a quienes los cerebros de esa poderosa maquinaria han adjudicado el papel de ‘villanos’ (y, junto a ellos, nosotros que hemos decidido acompañarles) no pueden esperar ninguna ayuda de la mayoría de las grandes ONGs de derechos humanos. Muy al contrario ellas mismas son parte del problema. La versión de la situación en el Africa de los Grandes Lagos que da en sus documentos, por ejemplo, Roger Winter, director del ‘US Committee for Refugees’ (y presidente de ‘Interaction’, una gran Federación de ONGs de EEUU) no difiere en casi nada de la versión oficial de los gobiernos de Washington o Kigali (Ruanda). No hablemos ya de ONGs extremistas como ‘African Rights’. Roger Winter justificó primero la invasión de Ruanda en 1990 (a pesar de que Amnistia Internacional acababa de informar faborablemente sobre el respeto a los derechos humanos en este país y también el Banco Mundial sobre la gestión económica) y después, a partir de 1996, la del ex Zaire. Existen incluso testigos fiables que le señalan como el organizador de sospechosas reuniones previas a las invasiones de ambos países y participante en el genocidio de 500.000 refugiados hutus en el este del ex Zaire entre 1996 y 1997.
Este nefasto papel de muchos de los supuestos grandes expertos es, según nuestra experiencia, uno de los elementos más determinantes de la desmovilización ciudadana. Y, a su vez, sin esta desmovilización general no hubiesen sido posibles, seguramente, las tragedias que nos ocupan. Por ello es para nosotros una obligación moral el denunciar esta grave situación. Las ONGs se están convirtiendo en un verdadero poder semejante al de los medios de comunicación, son verdaderas creadoras de opinión, su voz es escuchada con respeto por millones de ciudadanos, especialmente por su supuesta independencia de los poderes políticos y económicos. Es lógico, por tanto, que el control de estas organizaciones sea buscado por quienes pretenden el control de la opinión internacional.
Una y otra vez se nos hace el siguiente cuestionamiento, que se convierte en una especie de muro infranqueable: Si existe ese perverso proyecto para el control del Africa de los Grandes Lagos ¿cómo es que no lo han denunciado ninguna de las grandes ONGs independientes de D.H.? Si es verdad que en esta década han sido asesinados más de 2.500.000 de hutus ruandeses ¿cómo es que no lo han denunciado con energía? Seguramente ni los mismos que, con la mejor intención, hacen estos cuestionamientos son conscientes de hasta que punto están adjudicando en exclusiva la virtud de la ‘independencia’ a las grandes ONGs (anglófonas casi todas ellas) y desconfiando de las pequeñas, de las africanas o de las congregaciones misioneras por el sólo hecho de ser pequeñas, africanas u organizaciones religiosas.
Una y otra vez, en el momento preciso y en lugar más estratégico, aparece el experto. El experto que, desde la posición y la actitud de ‘el que sabe’ pone sobre la mesa voluminosos informes como el de Alison Desforges, financiado por la gran ONG de los EEUU ‘Human Righs Watch’. Informes siempre parciales porque, por una parte, estas dictaduras genocidas, a las que nosotros nos esforzamos hace años en denunciar, nunca han permitido ni permitirán, con la cobertura diplomática del gobierno de los EEUU en los grandes foros internacionales, ningún tipo de investigación independiente sobre los territorios que controlan. Y por otra parte, estos expertos tampoco parecen tener ningún interés en investigar los crímenes de los ejércitos monoétnicos tutsis de Ruanda y Burundi. Alison Desforges, en la pag. 692 de su informe (versión inglesa), afirma no tener información sobre los crímenes cometidos por el FPR contra la población civil. Da por sentada, como muchos otros expertos, la tesis oficial de un único genocidio con unos únicos responsables. Y concluye que, por tanto, los crímenes del FPR, al no constituir genocidio, no van a ser objeto de su investigación.
Así de descaradamente se cierra el círculo vicioso según el cual, todos aquellos que osamos cuestionar el a priori de que el asesinato de más de 2.500.000 de hutus no constituya genocidio (y, por el contrario, sí lo sea el de un número cuatro veces menor de tutsis), somos ‘extremistas’, ‘revisionistas’, o incluso ‘negacionistas’ (como los neonazis que pretenden cuestionar la realidad del gran genocidio que sufrió el pueblo judío). Todo está previsto, todo es manipulado. Genocidas que han hecho públicas confesiones de fe nazi, como Museveni, el presidente ugandés, han conseguido así incluso utilizar en beneficio propio la enorme tragedia del pueblo judío. Pero la manipulación de los informes de ciertos expertos no se limita sólo a lo que no dicen. El citado informe de Alison Desforges está siendo denunciado por diversas personas cuyos testimonios son recogidos en él, como por ejemplo el general Ndindiliyimana. Este general ruandés la acusa de manipular sus propias declaraciones a fin de reforzar la tesis preestablecida de un único genocidio planificado.
Así, la tesis del único genocidio es la clave de bóveda de esta campaña propagandística. Y por ello se hace todo cuanto sea necesario para evitar no sólo que se hable de cualquier tipo de genocidio sufrido por la etnia hutu, sino incluso que se haga ningún tipo de investigación que pudiese plantear dicha cuestión. El genocidio, por ejemplo, de los refugiados hutus en Zaire no ha podido ser investigado ni por la misma ONU. El equipo investigador que dirigía el chileno Roberto Garreton, relator especial para ejecuciones sumarias, tras ser largamente retenido e incluso humillado, hubo de abandonar la región. A pesar de sólo haber podido iniciar su investigación, se constató la existencia de entre 20.000 y 100.000 cadáveres en tan sólo 40 emplazamientos. Sus informes ya hablaban del ‘genocidio’ perpetrado por los ejércitos extremistas de Ruanda y Burundi. Bajo la presión del gobierno de los EEUU se sustituyó en dicho informe el término ‘genocidio’ por el de ‘masacres’. De modo parecido, el informe Gersony, también de la ONU, entregado en septiembre de 1994, que acusa al FPR de genocidio y crímenes contra la humanidad, sufre un permanente embargo. Finalmente, Ruanda, con la arrogancia y la seguridad que le da el continuo respaldo diplomático internacional recibido, se ha permitido incluso expulsar a la ONU de su territorio en mayo de 1998, sin que casi nadie haya levantado una voz crítica.
No todos aquellos que siguen la versión oficial de los sucesos en aquella región africana son, por supuesto, infiltrados de la CIA o el Pentágono. Ni todos los grandes teóricos de esa versión están en Washington, New York, Londres u otra metrópoli anglófona. También existen en otros lugares centros de estudios sobre Africa que están en esa misma línea. Es especialmente importante el de París, dirigido por Jean-Pierre Chretien.
Pero lo que es cierto es que, en primer lugar, unos y otros expertos, más la masiva presencia de esa versión oficial en los grandes medios de comunicación, influyen decisivamente en la opinión de otros teóricos de menor nivel. La voz de estos expertos oficiales ha sido descaradamente amplificada, mientras que la de otros de mayor categoría no recibe la atención que se merece. Y en segundo lugar, no se llega a las mismas conclusiones ni a las mismas opciones vitales cuando se analiza este conflicto porque es parte de nuestra profesión, que cuando tenemos a nuestros padres en los campos de concentración del interior de Ruanda (sin poder cultivar la tierra, enfermos y desatendidos) y nuestros hermanos hacinados en una cárcel inmunda (con otros cuatro o cinco presos en el mismo metro cuadrado y alimentados por quienes se atreven a ir dos o tres veces por semana a llevarles algún sustento sufriendo las vejaciones de los carceleros). En estos días he entendido y compartido plenamente las críticas de José María Mendiluce a las cúpulas de las ONG que se han desconectado de la realidad y que parecen pretender el monopolio de la independencia y la imparcialidad, excluyendo de él a los políticos. La verdadera línea divisoria no está entre las ONGs y la política, sino entre la verdad y la mentira, entre la justicia y la corrupción, entre la misericordia y la ambición.
Hace ya tres décadas, las cúpulas militares latinoamericanas y la administración de los EEUU, para "preservar la civilización cristiana y occidental", derrocaban gobiernos, asesinaban, secuestraban, torturaban. Siempre ha sido lo mismo, la depredación y la rapiña humanas han necesitado revestirse de sublimes coartadas. Ahora, en el tercer milenio, la opinión pública internacional no tolera tan fácilmente estas violaciones de los más elementales derechos humanos individuales y colectivos. A la vez, misiones como la de ‘preservar la civilización cristiana y occidental’ ya no pueden ser invocadas, han quedado obsoletas como coartada. Así pues ¿qué supremos principios pueden ser enarbolados mejores que, precisamente, los de los derechos humanos? Son valores en alza, de aceptación cada vez más universal. De hecho, esta sangrienta neocolonización se está realizando en nombre de la democracia, de los derechos de la minoría tutsi o de la prevención del genocidio. Importantes sectores de la administración de los EEUU, al servicio de grandes transnacionales mineras, liderando una campaña en la que están implicadas otras grandes potencias y sirviéndose de extremistas grupos armados como el FPR, han provocado desde 1990 una gran desestabilización en el Africa de los Grandes Lagos. Y todo eso se ha hecho bajo la bandera del retorno de la democracia y del respeto a los derechos humanos.
En nombre de la democracia se ha demonizado y hostigado desde 1990 (es decir, mucho antes que el llamado genocidio de 1994) al gobierno ruandés de Habyarimana hasta lograr derribarlo. Una vez llegado al poder en 1994 el FPR, el gran aliado de los EEUU, la democracia ha sido olvidada incluso en el vocabulario. Las gentes del FPR, jugando el papel de únicas víctimas del único genocidio de 1994, cuando en realidad ellos mismos son corresponsables en él, están ejecutando a su vez otro mayor. En nombre de la neutralización de la guerrilla que operaba desde la frontera este del ex Zaire, que según se afirma podrían cometer un nuevo genocidio, se han bombardeado campos de refugiados de la ONU, se ha ejecutado un genocidio de 500.000 refugiados hutus, se han conquistado las ricas regiones mineras de ese enorme país y se intenta finalmente repartirlo y entregarlo a estos grupos extremista himas-tutsis, gendarmes de las grandes transnacionales mineras que hoy ‘gobiernan’ en Uganda, Ruanda y Burundi.
Mientras en Ruanda estos auténticos poderes mundiales en la sombra juegan a la carta de la dictadura del FPR, en Burundi juegan a la de las negociaciones, o al menos las toleran. Pero, si no queremos caer una vez más en las trampas que nos tienden, es de capital importancia ser conscientes de que dichas negociaciones sólo llegarán hasta donde estos poderes les permitan llegar. Serán dinamitadas en el momento mismo en que lo consideren oportuno, como hicieron explotar el avión presidencial el 6 de abril de 1994, asesinando impunemente a los presidentes de Ruanda y Burundi junto a los militares ruandeses más opuestos a negociar con el FPR y lanzando a la vez la versión de que este atentado fue obra de los enemigos internos del presidente Habyarimana.
Quienes depositan en estas negociaciones una trascendencia excesiva para todo el conjunto de la región deben ser conscientes de que quienes mueven los verdaderos hilos de ellas y de todo lo que sucede en la región no están sentados en esa mesa africana. Deben ser conscientes de que en Ruanda, por ejemplo, las negociaciones no fueron otra cosa que un arma con la que el FPR y sus aliados internacionales consiguieron engañar, dividir y vencer al resto de los grupos políticos ruandeses. Deben ser conscientes de la importancia de la denuncia y de la presión internacional para debilitar la posición del dictador Buyoya, del ejército monoétnico tutsi y de sus aliados internacionales. Es por ello un lamentable error presentar la denuncia como opuesta a las negociaciones. Y no es honesto insinuar que quienes no negocian o no colaboran con estos regímenes genocidas son extremistas, o que quienes no esperábamos demasiado de esas negociaciones estábamos menospreciando la figura del mediador Julius Nyerere, callando el hecho de que él mismo manifestó su decepción respecto a ellas.
Quizá ahora, con la conquista y el control del ex Zaire bastante avanzados ya, los señores de las grandes transnacionales mineras concedan un mayor margen al nuevo mediador Nelson Mandela y se pueda ir cediendo en Burundi algunas parcelas de poder a la gran mayoría democrática hasta ahora excluida, sometida y diezmada. Lo que por ahora parece ser imprescindible para esas transnacionales es la ‘colaboración’ del FPR, la criminalización de toda la oposición ruandesa y la división de todos los grupos mayoritariamente hutus de aquella región. De todos modos las combinaciones y variables posibles para llegar a la meta que se han propuesto son múltiples y en constante evolución, pero la meta última es una sola e incuestionable.