INTERIORIDADES INÉDITAS DE LA CRISIS DE LOS GRANDES LAGOS
(MISNA, P. Giulio Albanese, 26.01.2004)
[Traducción: Ramón Arozarena]
La región de los Grandes Lagos es el reactivo de la geopolítica africana. Aunque en ciertas esferas de la diplomacia internacional se mantiene la presunción de considerar las desgracias del continente africano únicamente como la consecuencia de la mala gestión o "gobernanza" de los dirigentes locales, es bueno que nosotros, la agencia Misna, nos inclinemos igualmente sobre las responsabilidades del mundo occidental, el cual, demasiado a menudo, parece negar cualquier acusación. Se trata de algo extremadamente complejo y articulado, que debe ser juzgado con total libertad de conciencia, más allá de cualquier parcialidad.
En abril de 2001, una congresista americana, Cynthia McKinney, convocó una sesión de la subcomisión de los derechos del hombre de la Comisión de relaciones internacionales para hablar de la crisis humanitaria en África. En la apertura de los trabajos, la congresista declaró: "Los informes que escucharemos hoy contribuirán a hacernos comprender el porqué del estado actual de cosas en África. Oiremos que en el corazón de los sufrimientos africanos reside el deseo occidental y sobre todo americano de obtener diamantes, petróleo, gas y otros preciosos recursos africanos. Oiremos cómo Occidente, y sobre todo los EEUU, han puesto en práctica una política de opresión y de desestabilización animada no por principios morales sino por el deseo apremiante de enriquecerse gracias a las fabulosas riquezas de África. Muchas naciones occidentales, y me avergüenzo por tener que incluir en ellas a los EEUU, mientras pretenden ser amigas y aliadas de numerosos países africanos, en realidad han traicionado la confianza de esos países siguiendo sistemáticamente una política militar que les procura ventajas. Los países occidentales han empujado hacia la rebelión contra gobiernos africanos estables, impulsando e incluso armando a partidos de la oposición y a formaciones rebeldes para que se lancen a la insurrección armada. Las naciones occidentales han participado incluso activamente en el asesinato de algunos jefes de Estado africanos legítimos y elegidos democráticamente para sustituirlos por funcionarios corrompidos y maleables. Las naciones occidentales han estimulado igualmente o han sido cómplices de la invasión ilegal que algunas naciones africanas han perpetrado contra países vecinos".
Testimonios un punto inquietantes fueron presentados en las sesiones convocadas por la Sra. McKinney. Testimonios que revelaban, por ejemplo, cómo ciertas empresas occidentales como American Mineral Fields o Barrick Gold (que, entre paréntesis, cuenta en el seno de su comité de consejeros internacionales al ex-presidente George Bush y al antiguo primer ministro canadiense Mulroney) firmaron acuerdos sobre futuras concesiones mineras con las fuerzas rebeldes durante el periodo de la guerra en el antiguo Congo belga. Cómo las actividades llevadas a cabo por estas empresas en la época de la primera invasión del ex-Zaire (1996), perpetrada de hecho por el ejército ruandés, coincidieron prácticamente con las de elementos de los servicios americanos que estaban en relación estrecha con los rebeldes de la Alianza de fuerzas democráticas de liberación del Congo (AFDL) de Laurent-Désiré Kabila, sostenidos por Kigali. Tales elementos eran funcionarios de las embajadas de EEUU en Kinshasa, Kigali y Kampala, y también de la US Agency for Internacional Development (USAID) y de la US Defense Intelligence Agency (DIA). Un programa oficial americano de entrenamiento, llamado Enhanced Internacional Military Education and Training (E-Imet), conducido por cuenta del gobierno de Kigali, antes de la invasión del Congo-Zaire en octubre de 1996, fue también puesto de manifiesto en el transcurso de las audiciones.
Durante las campañas militares de Rwanda y Uganda en el Congo a partir de 1996, las operaciones encubiertas conducidas por fuerzas americanas, que incluían a mercenarios PMC (Private Military Contractors) como la Military Professional Resources (MPRI) de Alexandria, en Virginia, tuvieron un protagonismo crucial. Fuentes independientes en la región de los Grandes Lagos relataron que soldados "afroamericanos" militaban en las filas de las fuerzas rebeldes. El Pentágono y los servicios americanos habrían suministrado además informaciones, vía satélite u otros medios, a las fuerzas de invasión pro-ruandesas y pro-ugandesas en las diferentes fases de los combates en la actual RD de Congo.
Estas interioridades revelan que tras las dos sangrientas guerras congoleñas – la primera desencadenada en 1996, que duró menos de un año, y la segunda en 1998, la cual, desde cierto punto de vista, sigue existiendo en algunas zonas orientales del país – saldadas en total con la muerte de más de 4 millones de personas, se ocultan verdades molestas que, en verdad, no honran a quienes pretenden exportar la democracia en dichos países en vías de desarrollo.
El 20 de mayo de 1997, después de la caída del régimen de Mobutu, el célebre diario londinense The Times describió la geopolítica anglo-americana que apoyaba a Kabila en estos términos: "En noviembre del año pasado, Washington acordó su apoyo diplomático a la rebelión en el este de Zaire, formada esencialmente por tutsi (NDLR: componente étnico fundador del FPR de Kigali actualmente en el poder), que se saldó con la caída, la semana pasada, de Mobutu. En consecuencia, los medios franceses ven una conspiración anglófona tras el movimiento de Kabila, en el que Inglaterra pone su experiencia de la era imperial y los americanos el dinero y el entrenamiento militar que los tutsi han necesitado para invadir el Zaire de punta a punta en sólo siete meses. Puede que la teoría de la conspiración oculte una verdad. Entre los beneficiarios del cambio de régimen se encuentra George Bush, que con el ex-primer ministro canadiense Brian Mulroney es consejero de la Barrick Gold de Toronto, que ha obtenido de los rebeldes una concesión minera de oro de 80.000 km2., en el noreste de Zaire. Pero la conspiración es más profunda y más sutil"- El artículo, firmado por Sam Kiley, describía luego la alianza de los nuevos líderes africanos sobre la que la estrategia aglo-americana podía contar: Yoweri Museveni (Uganda), Paul Kagame (Rwanda), John Garang (SPLA sudanés) Issia Afewerki (Eritrea) y Meles Zenawi (Etiopía). Como escribía Frédéric Bastiat, economista francés del siglo XIX, "por donde pasan las mercancía pasan las amas". Una frase de triste actualidad en África contemporánea.