José María Mendiluce
El Periódico
19.04.97
Mi recorrido político y humanitario me ha hecho comprender que no es posible avanzar hacia una sociedad solidaria si no es a través de la piedad, compasión y ternura hacía los que más sufren.
Durante años, particularmente desde la izquierda solidaria, pero también desde la derecha insolidaria, hemos venido despreciando uno de los valores esenciales para la articulación de una sociedad sensible al dolor ajeno: la caridad. Considerada por muchos como un concepto cristianoide, pequeño burgués, hipócrita, reducido a su expresión más caricaturizante (señora con pieles saliendo de iglesia en domingo, entrega pequeña y mísera moneda a pobre oficial en puerta del templo), ni aquellos que así la practicaban ni los que luchaban por una sociedad igualitaria, justa, socialista, hicieron muchos favores a esa virtud, sin embargo, tan necesaria.
Hemos aprendido de bastantes experiencias dolorosas que no es posible construir sociedades solidarias o justas si están compuestas o son dirigidas por ciudadanos insensibles al dolor de otros ciudadanos. A fuerza de hablar sólo de solidaridades con apellidos (internacionalista, obrera, de clase, revolucionaria, entre los pueblos), se nos quedó olvidado el ser humano, la persona, es decir, nosotros que, tomados de uno en uno, o de millón en millón, constituimos el único destinatario legítimo de la política o de la economía. Y en nombre de esas grandes solidaridades con apellidos, se negaron muchos derechos a las personas, a millones de personas. Su vida o muerte era sólo interesante en función de los grandes objetivos. En función de cómo encajaran en geoestrategías globales, durante la confrontación de bloques, durante la guerra fría.
Mí recorrido político y humanitario me ha hecho comprender que no es posible avanzar hacia una sociedad solidaria sin que esté basada en personas que cultivan y practican esos sentimientos de piedad, compasión, ternura, caridad hacia los que sufren. Sentimientos todos que han sido considerados femeninos o irracionales o pequeño burgueses por los duros machistas de la racionalidad a cualquier precio, de las coherencias y consecuencias, que no podían desviarse de sus tareas históricas ante cada costo a pagar por los demás, o ante ninguna sensiblería.
Y no hace falta que nadie nos recuerde que la caridad no basta. Lo que sí creo necesario es rescatar su necesidad, como sentimiento individual, para articularlo con los demás en forma de opciones solidarias. La solidaridad es una respuesta articulada, un compromiso que va más allá de las emociones. Requiere reflexión y análisis y sus ámbitos de expresión no son individuales. Pero se articula en tomo a las personas y sólo será honesta si son sensibles sus componentes. Porque la solidaridad es también, y sobre todo, sensibilidad, ternura, compasión, amor, rechazo de exclusiones y de sufrimientos, de marginaciones y de violencias, es un no esperar a la tan ansíada justicia universal para actuar hoy, aquí o allí, mitigando el sufrimiento humano. Haciendo avanzar los valores que nos hacen sentir cada día más ciudadanos, en un mundo cada vez más pequeño para mercados y capitales, pero de distancias casi insalvables para nuestros hermanos y sus derechos.
Y ni la caridad como sensibilidad individual, ni la solidaridad como compromiso social bastan. Tenemos que convertir el sueño de la justicia en un objetivo necesario. Y urgente, pues urgente es para millones de personas que no tienen nada, ni tiempo que perder. Como la paz, la justicia no puede seguir siendo una especie de utopía. Y se puede avanzar hacia ambas (pues nunca habrá una sin la otra) si vamos colocando en la agenda política objetivos precisos y concretos que nos lleven a ese mundo necesario y sin fronteras, en el que quepamos todos con dignidad.
No obstante, estamos todavía lejos, en algunos casos muy lejos, de construir una sociedad auténtica y profundamente solidaria, capaz de transformar de manera estable sus prioridades y formas de vida y convivencia. Siempre habrá que continuar en la pelea, profundizar en sus contenidos, seguir gritando y proponiendo, colocando a los seres humanos, a todos los seres humanos, como objetivo prioritario de cualquier acción política o sistema económico, más allá de la retórica vacía en que se han convertido demasiados discursos. Pero se avanza y se avanza caminando. Y no dejándose manipular ni recuperar por nadie.
La clave estará una vez más en lograr articular ese movimiento de sensibilidad y compromiso solidario, de sus organizaciones y adherentes, con la acción política. Sin tratar de sustituir a sus órganos delegados, sino presionando para que se modifiquen los contenidos de su acción. Entendiendo que es a la política, a otra política, a la que corresponde cambiar leyes, modificar prioridades, actuar en el terreno preventivo y curativo de la larga lista de problemas y crisis sociales y de la convivencia que se producen todos los días aquí y allí. Pero no se logrará nada pasando de la política. Ni convirtiendo en política (y menos partidista) la iniciativa solidaria.
Luchemos pues por la justicia, construyendo sociedades cada vez más solidarias, más comprometidas, en base a personas más sensibles al dolor ajeno. Desde la caridad individual, con el compromiso solidario, haremos avanzar en el ámbito político el objetivo de la justicia. Para que nunca más nos lo arrebaten y jueguen con él los que quieren lograrlo a su manera y sin nosotros, es decir, sin los seres humanos. 0 los que quieren que duerma el eterno sueño de los justos.