En la época actual del pensamiento débil, pocos son los que quieren detenerse y preguntarse por el sentido de las cosas. Se sigue la corriente y cuando el empuje del viento es más fuerte, da sensación de que el disfrute es mayor. Esa es la experiencia de los descapotables. En la vida política ocurre lo mismo cuando la gente ve desfilar imágenes sobre imágenes de las desgracias en África y no se le ocurre más que arrojar la toalla, que aquello no tiene arreglo.
Es eso lo que ocurre especialmente acerca de la vida política en Burundi. Son ya 40 años de masacres continuas. La gente muere, otros viven en la miseria absoluta. Los políticos celebran sus cumpleaños, otros viajan en todos los sentidos. La producción de los comunicados en uno u otro bando no rebajan la tensión, más bien calienta los motores y la dinámica es la de producir enfrentamientos cada vez mayores. El mundo ha sido informado, sabe lo que pasa pero muy pocos son los que se detienen para preguntarse sobre el factor determinante que lleva a esa locura. Se da por hecho que allí actúan factores naturales de lucha política. Que a la provocación sigue la reacción violenta que acaba en círculo vicioso de la violencia. Los analistas de distintas formaciones: diplomáticos, políticos, sociólogos, psicólogos, economistas, demógrafos hasta místicos, etc., se presentan para ofrecer sus interpretaciones de los hechos.
De las distintas versiones, parece que ninguno convence más que a sus propios autores porque no emerge ningún criterio común para solucionar aquello. En lenguaje matemático es como si se buscara la solución sin haber identificado primero el campo en que se desarrolla la función. Con toda seguridad, si el punto de partida está equivocado, la solución también lo será. Ahora bien, ¿a quién le interesa saber si el punto de partida es correcto o no? Muchas veces, este punto lo constituye el conflicto actual, evaluando las fuerzas sobre el terreno y la posibilidad o probabilidad de que un bando u otro puede proteger mejor nuestros intereses. Aquí los intereses son puramente económicos. De este modo, los países pudientes sólo llegan a conocer únicamente a los que más exhiben la mayor fuerza. En nada esa aproximación a las situaciones dramáticas del Tercer Mundo y concretamente de Burundi contribuye a la solución de los problemas; más bien fomenta la prolongación de las crisis. Si los modelos ofrecidos en todos los trabajos de aquellos eminentes analistas no han logrado sus resultados deseados, -cabe pensar que se hicieron para dar con la verdadera solución-, es legítimo detenerse y reflexionar y ver si no hay algún aspecto o factor que ha sido ignorado y que por consiguiente bloquea, impide llegar a la cumbre de la solución eficaz.
En este sentido o en este camino de búsqueda, voy a ofrecer el factor de la maldición como fundamental para comprender la crisis de Burundi concretamente y pensar nuevas soluciones que hasta ahora quizá han sido desconsideradas. Muchos podrán espantarse de que este factor no representa nada, no es efectivo y su autor se engaña. Pero, el autor comparte con otros muchos la idea de que en el mundo social toda solución se presenta siempre en forma de nuevos planteamientos. Aquí no se trata de hablar por hablar sino de superar pero asumiendo viejos planteamientos. Para comprender eso, propondré seguir ese itinerario: repasar el tema de la maldición en las demás culturas y su estado actual, ver cómo se vivía la maldición en Burundi y que implicaciones institucionales podía tener y la situación en que se encuentra hoy nuestro país.
Las prisas pueden cegarnos la vista e impedirnos de comprender bien el problema. Por eso, con paciencia, quisiera que viéramos brevemente cómo en las distintas culturas la maldición ha sido una institución al servicio de la paz social. Por la importancia que ha tenido en la configuración de las mentalidades y culturas modernas conviene empezar por la cultura judía y su libro sagrado la Biblia. En el relato de los padres de la humanidad, Yahveh maldice al fratricida Caín en esto términos: "¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo. Pues bien: maldito seas, lejos de este suelo que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano. Aunque labres el suelo, no te dará más fruto. Vagabundo y errante serás en la tierra" (Gn 4,10-12). Actualmente, pocos creen en los Grandes relatos. El cientifisimo les hace calificar la maldición de un residuo de la magia que cree que la palabra está dotada de poderes para cambiar el curso de las leyes físicas. Para ellos, una maldición no es más que un desahogo por la ira que no se consigue contener. Pero mirado en profundidad, la maldición no puede confundirse con la magia. Tiene un mecanismo que hace de ella una institución social. En el punto de partida, hay un hecho, un hecho repugnante. En el relato de la muerte de Abel, la indignación es representado por la sangre que clama al cielo. El autor de la maldición es una autoridad, paternal o real (en este caso Dios mismo). Por muy modernos o postmodernos que seamos, si llegamos a negar o borrar la indignación de la humanidad, de la conciencia humana, habremos dejado de ser humanos. Afortunadamente, en todo el mundo, aunque podamos desear que no haya fronteras por tal sentimiento humano, se observa el sentido digamos sagrado que los pueblos confieren a la indignación. Los ejemplos de los últimos años son elocuentes: el holocausto, el caso del pederasta de Bélgica, el asesinato del joven español Miguel Blanco, etc.
La indignación hace del autor de un hecho repugnante un maldito. Este queda rechazado de la sociedad y del mismo suelo que le acogió hasta ahora. No hay que olvidar que la tierra no sólo es el polvo en el que se pisa cada vez menos sino este ámbito social al que estamos unidos por un cariño especial como el niño a la madre. Eso no es un sentimiento romántico sino que afecta nuestras vidas. Todos sabemos que el exilio es siempre doloroso. El maldito no puede heredar la tierra ni gozar de sus frutos. Esto no quiere decir que los exiliados son los malditos. Ahí está la perversión de la realidad: los inocentes son hoy los exiliados y los malditos se han hecho dueños de la tierra burundesa.
Este mecanismo o institución de la maldición para extirpar el mal de la sociedad y preservar la paz social ha sido respetado en varias culturas en casi los mismos términos. El endurecimiento de las leyes en el pueblo judío hizo que el maldito mereciera simplemente la muerte. El libro llamado levítico enumera casos de maldición y que suponen una muerte automática (Lv 20). La lapidación en el tiempo de Jesús respondía a ese sentimiento de indignación. Para la época de san Pablo, un maldito no tenía cabida en la comunidad, debía ser echado o separado de la comunión (1 Cor 5).
En las demás culturas, europeas, americanas, asiáticas y también africanas, la institución de maldecir ha estado siempre reconocido. No era sólo el proferir algunas palabras sino que el hecho de maldecir alguien producía efecto en las relaciones jurídicas del maldito con la sociedad. El maldito no podía heredar nada de sus padres y al quedar excluido de la sociedad no podía ejercer ninguna función social en ella. Los malditos en la mayoría de los casos vivían como bandidos y se ponían al servicio de los generales como mercenarios. Dependiendo del acto realizado, la maldición tomaba varias formas. En general, todas pueden reducirse a la exclusión de la sociedad y de los derechos inherentes en ella. Notar que el que se quitaba la vida (el suicida) quedaba afectado por la maldición de modo que su cadáver incluso no se consideraba como un cadáver de un ser humano y su sepultura era problemática (especialmente en Europa).
El desarrollo del Derecho ha quitado algo de fuerza a la institución de maldecir pero no la ha hecho desaparecer. El Derecho penal ha sustituido en parte a la institución de maldecir. Actualmente parece que sólo los malditos son los condenados por una sentencia firme. Pero, debido a los mecanismos del derecho penal, llaméselo garantismo o legalismo, que a veces permiten inocentar un criminal o incriminar un inocente, la esencia humana clama, grita, hace ver que ciertos actos son indignos y repugnantes y que su autor, esté o no condenado por un tribunal penal, se excluye de la sociedad.
En la Iglesia Católica, esta institución o este procedimiento para preservar la paz social se ha conservado en lo que el Derecho canónico llama la pena latae sententiae. El fiel o el cristiano católico que comete un hecho considerado como penable de latae sententiae, le cae la pena automáticamente. El apóstata de la fe, el hereje o el cismático incurren en excomunión lateae sententiae. Lo mismo ocurre a quien arroja las especies (firmas o hostias) consagradas, el que atenta fisícamente contra el papa, el que absuelve su cómplice, el que procura el aborto, etc. Para la Iglesia, estos delitos son repugnantes, graves y automáticamente sitúan su autor fuera de la comunión con la Iglesia.
A la vista de estas raíces de la institución de maldecir, que no despliega sus efectos por caprichos ni es una institución superada en el sentido de que pudiera reflejar tiempos oscuros del pasado sino que tiene arraigos en el ser humano para rechazar lo inhumano y preservar lo social, podemos ver qué está pasando en Burundi.
Lo primero que vemos es que la sociedad burundesa está en la encrucijada. La élite o los dirigentes presumen ser modernos y creen que pueden romper con el pasado que anida en las mentes de los paisanos o gente del campo. Estos dirigentes, al conquistar el poder, creen que pueden dictar el camino de la modernidad que han descubierto en un best-seller de su carrera. A veces se olvida que un pueblo es algo más: la cultura, su conciencia, sus instituciones. Es una equivocación pensar que un pueblo es ignorante porque es analfabeto. El pueblo aunque no llegue a entender el Código civil napoleónico ni sepa el último modelo del diseño de Versace, sabe preservar, cuidar el tejido de las relaciones sociales y por tanto reconoce sin mayor especulación lo justo y lo injusto. Presentar uno lo injusto como justo aún valiéndose de las técnicas modernas de comunicación (TV, radio, internet, etc.), puede llevarle a cosechar los resultados esperados pero será a corto plazo y al final el pueblo desenmascarará el manipulador. El maldito por mucho que se maquille acabará siendo reconocido. Porque sus obras claman a la indignación. Sabiéndose maldito, es normal que trate de agarrarse a la tierra que le rechaza, le vomita y tratará de dominarla recurriendo al terror pero finalmente, la maldición que le persigue acabará con él. El maldito no es lo que parece, es un cadáver que vive como un fantasma.
Ahora bien, ¿dónde está la maldición en la política actual de Burundi? Antes de responder a esa cuestión, fijémonos un poco en la institución de maldecir en Burundi.
En Burundi, como si los burundeses comulgasen en el saber universal, la institución de maldecir seguía el mismo procedimiento: hecho indignante-maldición-exclusión. No cualquiera podía maldecir. Sólo los padres, entender aquí a todos los que podían tener esa autoridad, estaban dotados del poder o facultad de maldecir. Aquí debemos precisar más. El término "UMUVYEYI" en kirundi, la lengua del país, expresa algo más que los padres biológicos. Incluye las personas revestidas de una autoridad y que en su comportamiento desprenden el cariño de los padres. Así están considerados los reyes, los jefes del pueblo y los ancianos cuyo comportamiento es ejemplar. Los padres, en el ejercicio de sus facultades no podían abusar de esta institución. La maldición indebida volvía al que la pronunciaba. Por eso, nadie debía jugar con ella. Las causas de la maldición eran conocidas por todos y nadie podía maldecir por hechos ocultos y por enemistad personal. La maldición era un acto publico con efectos públicos. En Burundi, la maldición tiene carácter perpetuo pero no es irreversible. Si el maldito reconoce su abominación, la sociedad podía intervenir y suplicar al que maldijo para retirar la maldición. El acto debe ser público. La retirada de la maldición no depende de la persona que la sentenció. Una vez hecha, ya no tiene plena facultad para retirarla. Esto porque la sociedad en su conjunto se toma en serio y no permite que se juegue con ella. Tampoco la sociedad por sí sola puede retirarla. Tiene que haber la cooperación entre ambas instituciones para reparar el daño provocado por la maldición.
Entonces, ¿qué fisonomía presenta la situación política de Burundi respecto con esta institución? Burundi vive crisis institucionales a raíz del asesinato del presidente elegido democráticamente Melchior Ndadaye por el ejército monoétnico burundés, tres meses después de asumir sus funciones. Se han buscado todas las fórmulas de soluciones del diálogo hasta la mano de hierro con facciones armadas en guerra civil y el poder de los golpistas con el comandante Buyoya a la cabeza. En los distintos análisis que se hacen, muchos intentan descubrir una explicación desde las teorías de luchas por el poder que ya se conocen a través de los libros universitarios: el factor económico se pone en primer lugar, se habla de factor geopolítico de las potencias regionales y mundiales, de la demografía, de odios interracilales, etc. Pero nadie quiere ver en el drama burundés una consecuencia de la maldición. Hoy, la institución de maldecir y sus consecuencias no parecen tener ningún papel en la configuración de la paz social en Burundi pero sigue presente en las conciencias y en el inconsciente de los burundeses.
La ignorancia de esa institución es el resultado de dos cosas:
1º) Los analistas extranjeros aún tienen que aprender mucho del alma burundés, de la esencia de la cultura burundesa y de África en general. En sus análisis aplican las teorías académicas desde el paralelismo que establecen entre la sociedad burundesa y la propia sociedad en que han sido educados. Aunque haya zona oscuras en sus investigaciones, se disculpan diciendo que lo humano es complejo y que su cometido no era agotar el tema.
2º) Respecto a los analistas nativos tienen miedo a la maldición. "UMUVUMO" en kirundi es algo fuerte y de consecuencias jurídicas más precisas. El que ha sido maldito ("IKIVUME") carece de todo. No tiene familia ni herencia. En una palabra, maldecir alguien en el sentido institucional que aquí consideramos, es reducirlo al estado de una cosa. El maldito no es un hombre y por consiguiente la sociedad no le reconoce los atributos del hombre: inteligencia, sabiduría, humanidad, sociabilidad, etc. El maldito, por mucho, se parece a un animal. Cabe insistir que en realidad, el maldito por sus acciones es el que se sitúa en la condición del maldito. El maldito se autoexcluye de la sociedad; la autoridad no hace más que dar publicidad a una realidad que acontece automáticamente. Ante la gravedad de sus consecuencias, los analistas burundeses tienen miedo de señalar a los malditos quizá porque no tienen esa autoridad de dar publicidad a los hechos, quizá porque buscan fuera la causa de la crisis burundesa y no quieren mirar por dentro. La censura impuesta a estos autores por el régimen actual y el que cada uno pueda imponerse por su supuesta seguridad hacen el resto.
El miedo de señalar a los malditos existe en la sociedad burundesa. Eso porque desde hace mucho tiempo, los que estaban facultados para hacerlo han incurrido en la maldición. Y nadie es juez en sus propios asuntos. Por otra parte, el temor reverencial que se ha adueñado de la población que conoce bien los hechos hace que lo abominable se difumine en vez de tomar consistencia e impedir que se repita. Así la terrible masacre o genocidio de 1972 se llamó una desgracia ("IKIZA") como si se debiera a una casualidad. Los autores se conocen y por sus actos se volvieron malditos. Pero como se agarraron al poder por todos los medios, han introducido en la sociedad burundesa una cultura propia de los malditos, una cultura que se llamaría la cultura del todo vale. Se asesina, se viola, se quema todo, etc. La vida no tiene sentido. Su sacralidad es un cuento de hadas. A este nivel, se puede ver que el grado de humanidad está por los suelos. El hombre maldito burundés es un cadáver, un animal que actúa como un fantasma fuera de toda racionalidad. La tendencia de mirar fuera, por otra parte, es normal porque mirar por dentro duele y es más fácil ver la paja en el ojo del otro que la biga que mora en el tuyo.
En lo que se refiere a la crisis actual de Burundi, hemos visto que el punto de partida inmediato es el asesinato del presidente M. Ndadaye. Las funciones del presidente son sagradas. Muchas personas, sobre todo hoy, alegando la modernidad niegan todo carácter sagrado de una actividad humana o de una institución diciendo que esto es una construcción mental de los manipuladores. El secularismo nos ha liberado del yugo de los sacerdotes que ven la sacralidad en toda parte para luego alienarnos, dicen. En nombre de este secularismo, nada es sagrado: se puede abortar, matar en serie, destruir familias, sociedades, culturas, etc. Cualquier persona de juicio sano comprenderá que con este planteamiento no se va a ninguna parte. Porque la indignación por un hecho repugnante es un sentimiento humano y universal que no se puede eradicar si queremos seguir siendo seres humanos. Aunque haya personas sin escrúpulos que le gustarían eradicarlo, creo que la mayoría no consentirá tal aberración. Entonces, debemos admitir que existen cosas y funciones sagradas. La sacralidad de que se trata no es aquella sacralidad mágica sino la sacralidad en sentido de algo superior a nuestras voluntades, de algo que merece respeto. Por esa sacralidad de la función presidencial, nadie nos pide rendir culto, sino que tengamos reverencia civilizada de que hay realidades que no pueden ser manipuladas. En este sentido, la paternidad es sagrada. Uno puede decidir tener un niño, pero el nacido supera los deseos de sus padres de modo que estos no pueden hacer lo que quieran de su criatura. Por eso, la humanidad se indigna por los pederastas y los abusos de menores. Los padres no pueden decir que el niño es suyo para hacer de él lo que quieren. En este sentido, el aborto por el aborto es indigno. Los actos de genocidio son indignos. El incesto es indigno. Matar al presidente es indigno porque el presidente tiene la función del padre ("UMUVYEYI") a nivel nacional.
Todo esto, el burundés de sano juicio lo reconoce y también gente de otras culturas lo entienden. Pero, para gozar de la legitimidad de ser el padre ("UMUVYEYI") de la nación, hay que tener el aval del pueblo. En la situación actual, no hay otro camino para ello que el de la consulta popular en condiciones democráticas. Antes, este camino era de la entronización del rey. Los golpes de Estado en absoluto confieren al que se constituye presidente en padre de la nación (aquí entiendo padre de la nación en sentido burundés de "Umuvyeyi", no en el sentido de "pater familiae" de los clásicos latinos). Con sus subterfugios tratan de legitimarse pero nuestra cultura no deja de indignarse por ello. En la historia reciente, después de la Independencia de Burundi, sólo el presidente Melchior Ndadaye y los reyes legítimos que tuvo el país (Mwambusta y Charles Ndizeye) gozaron de este honor y esta facultad de ser padre de la nación porque la población en su alma rechaza la vía de la violencia para que alguien sea el padre de la nación. No obstante, el golpista Micombero mató al rey Ndizeye en 1972. Automáticamente se hizo maldito ("ikivume"). El país lo rechazó y en su intento de agarrarse al poder condujo sus milicias constituidas en ejercito nacional a cometer el genocidio de 1972. Como el que coopera con un maldito se hace contaminar de la misma maldición, su partido UPRONA y sus generales, desde entonces, no han cesado de introducir el país en un túnel sin salida. Ellos mismos al asumir y cooperar en el proyecto de su jefe se hicieron malditos.
En 1993, saltando muchos años negros, el ejército mató al presidente Melchior Ndadaye. Automáticamente se hizo reo de la maldición. Un hecho importante, si antes los malditos podían pensar que la maldición no ha sido hecha pública, esta vez la maldición ha sido oficializada. Antes de morir, el presidente Ndadaye maldijo a sus verdugos que eran la cúpula militar y del partido Uprona. Rodeado por estos verdugos, les dijo que no derramaran la sangre, que si no esta sangre les perseguiría.
El presidente Ndadaye ha ejercido sus funciones. El acto que se aprestaban a cometer era indigno y al cometerlo se hicieron reos de la maldición. Estas últimas palabras de Ndadaye son auténticas y es de agradecer que pudieron llegar a todo el pueblo. Por la muerte de Ndadaye, el ejército y el partido Uprona han incurrido una vez más en la maldición. La dinámica en que están envuelto desde hace bastante años confirma la realidad de la maldición que los habita.
¿Qué consecuencias lógicas deberían seguir esta situación? Lo normal, es decir, la vida en que el sentido de la indignación tiene valor y que la paz social está por encima del poder y la dominación, es que estos grupos, el ejército y el partido Uprona, se excluyeron del juego de la construcción del país. Se han situado fuera de la sociedad burundesa. No tienen facultad alguna para decir a los burundeses lo que hay que hacer. Quieran o no, son malditos ("NI IBIVUME"). Ocupar funciones sociales, ya no les corresponde. Eso implica que los burundeses de otras sensibilidades sociales no deberían tratarlos como personas. El diálogo que a veces se ha querido establecer con ellos no tendrá resultado. Ellos no entienden el lenguaje social porque se han situado fuera de la sociedad. Con las políticas de cohabitación lo único a que se podrá llegar es a una especie de fórmulas químicas que armonicen las posturas de intereses individuales pero jamás se llegará a una solución humana de paz social. Sólo un camino queda si es que hay voluntad. Que los malditos acepten su condición y pidan perdón. Desde este momento, se pondrá en marcha el mecanismo de retirar la maldición y la convivencia social podrá restablecerse. Eso implica que los militares y el partido Uprona deben retirarse de los asuntos públicos. Conviene recordar que la única autoridad facultada para retirar la maldición será el nuevo padre de la nación en las mismas condiciones que lo era el presidente asesinado Melchior Ndadaye. El golpista actual Buyoya no tiene esa facultad. Su condición de militar y Upronista no le libra de la condición de maldito que persiguen ambas entidades.
En este sentido, cabe indicar que el cooperar con estas entidades (el ejército y el partido Uprona) es mancharse de la maldición.
Para terminar esa reflexión, me gustaría precisar que aquí la solución propuesta no es peor que la enfermedad como algunos se apresurarían a decir. Es verdad que la peligrosidad que representan los malditos los llevarán a no dejarse socializar. Pero, los instrumentos que dispone nuestra cultura son estos y es nuestra dignidad como seres humanos que está en juego. En efecto, el maldito ha de reconocer su condición y luego es integrado. Mientras los militares y el partido Uprona sigan actuando fuera del sentir social, sus acciones no podrán contribuir a la solución de la crisis; tampoco están interesados en ello. Pero deberían entender que la integración en la sociedad para que recobren el rostro humano no tiene por objetivo aniquilarlos como temen sino instaurar el clima de paz, un clima en que los burundeses puedan llamarse hermanos, compatriotas por encima de sus diferencias étnicas o de riquezas económicas.