Con el fin de resolver de una vez por todas lo que los tutsis burundeses venían llamando el "peligro hutu", el 29 de abril de 1972 el entonces presidente Michel Micombero y su entorno montaron una supuesta operación de desestabilización liderada por hutus. Planificaron sacrificar a algunos de los suyos con el objetivo de acusar a los hutus y de este modo empezar a asesinar a cuantos hutus pudieran cazar, todo esto en el marco del "Plan Simbananiye". El objetivo fundamental de este plan urdido por el ministro del Interior del mismo nombre consistía en matar a los hutus (85%) hasta conseguir que fueran numéricamente iguales a los tutsis (14%).
Por aquella época los hutus se creían todo lo que las autoridades decían por la radio. Así pues, tras el asesinato de todos los altos cargos políticos y militares hutus, sindicalistas, sacerdotes, etc. decidieron extender su plan hasta alcanzar a los niños de la educación secundaria. Como los directores de los centros escolares querían evitar que los niños fueran cazados como conejos en sus escuelas los mandaron a casa. A través de la radio se informó a toda la ciudadanía que todos los que regresaban a casa habían desvalijado las reservas del Estado y que debían ser entregados a las autoridades para ser interrogados. Los confiados padres presentaron a sus hijos, quienes jamás regresaron. Los chicos más despiertos huyeron hacia Rwanda, Tanzania y el entonces Zaire. Se calcula que unos 300.000 hutus fueron asesinados en menos de tres meses, con la activa colaboración de decenas de refugiados tutsis rwandeses.
Es así como se instaló un régimen exclusivamente tutsi, un régimen que en los años 80 era más feroz que el apartheid sudafricano. Absolutamente todos los mecanismos públicos, incluida la Iglesia Católica y la Iglesia Protestante, estaban controlados por los tutsis. Un hutu era un cero a la izquierda que gozaba del único derecho de trabajar para el régimen, unas "excavadoras" como los llamaban entonces los tutsis. Los únicos que se atrevieron a levantar la voz fueron los misioneros que pagaron la osadía con la expulsión de unos 400.
La llegada de la perestroika coincide con la mayoría de edad política de los supervivientes de 1972. Empiezan ya ciertos tímidos conatos de enfrentamiento armado con el ejército monoétnico tutsi; este reacciona perpetrando matanzas indiscriminadas.
En cuanto a Rwanda la principal similitud reside en la instalación de un régimen que asimila sólo a los hutus dispuestos a venderse por un plato de alubias. Gracias a la hábil manipulación de las matanzas de 1994 los tutsis hacen que cualquier hutu ruandés que quiera sobrevivir deba aprender a nadar y guardar la ropa. Aquellos que no quieren doblar el espinazo no tienen más remedio que echarse al monte, sobre todo aquellos que han conocido tiempos mejores. Al igual que en Burundi en 1972, la mayor parte de la nomenclatura hutu ha sido diezmada, está en el exilio o en la cárcel. El ejército, que ya es monoétnico, reacciona, como de costumbre, matando indiscriminadamente. En este caso la continua referencia al genocidio sirve de justificación para cualquier escabechina contra el pueblo rwandés. Así seguirán muriendo los hutus ruandeses hasta cumplirse los objetivos del "Plan Simbananiye" a la rwandesa o que se conformen con su nuevo papel de "excavadoras".
En resumen, al igual que en Burundi, en Rwanda ya está instalado un sistema de gobierno con fuertes reminiscencias del apartheid sudafricano, apoyado exclusivamente sobre el ejército de la minoría tutsi y contra el que luchan algunos hutus.