Burundi: hacia ninguna parte


Joseph Mafokozi
Comité de Ayuda a Burundi
Madrid
Mayo 1998


Desde el asesinato del presidente Melchior Ndadaye por miembros del ejército monoétnico tutsi, el 21 de octubre de 1993, Burundi se ha visto propulsado hacia una pendiente que le llevó de una situación prometedora -el proceso de democratización- y le hundió en una guerra civil que hasta ahora ni tiene visos de solución a corto plazo. Como todos saben esta situación fue provocada por la negativa de la minoría tutsi a perder las prebendas del poder exclusivo, de las que se adueñó a partir del año 1972 gracias a la brutal eliminación de casi todos los intelectuales hutus en una vorágine de sangre que se inició en la noche del 29 de abril. Dirigiendo todo el movimiento en la sombra estaba el mayor Buyoya, quien, sin embargo, ante la comunidad internacional interpretaba el papel del demócrata modelo.

A lo largo de los años 1994 y 1995 el partido FRODEBU, vencedor absoluto de las elecciones de junio de 1993, tuvo que aceptar vergonzosas componendas con partidos extremistas que ni siquiera tenían representación en el parlamento. La espada de Damocles representada por el todopoderoso ejército tutsi, gobernada en la sombra por el ya retirado mayor Buyoya, les obligó a ponerse de rodillas. Por otro lado, al ser incapaces de bloquear el funcionamiento del gobierno y de las instituciones a través del parlamento, optaron por desgastarlo adueñándose de la calle: entre otras acciones desestabilizadoras cabe señalar la limpieza étnica de la capital Bujumbura. Por ello no extraña a nadie que hoy día Bujumbura sea una ciudad tutsi. Además de la expulsión de los hutus, la minoría tutsi más extremista creó escuadrones de la muerte ("Sans échec", "PA-Amasekanya", etc.) encargados de eliminar a cuantos hutus se habían significado de alguna manera a lo largo de las elecciones que provocaron la pérdida del poder tutsi. Por otra parte son famosas sus huelgas "ciudad muerta" en las que quien se atrevía a desobedecer pagaba su osadía con su vida, la vida del hutu, claro está. Así aislados los miembros del gobierno FRODEBU tuvieron pasar por las horcas caudinas: firmaron dos convenios de gobierno. Curiosamente ni siquiera la firma de los dos convenios, que eran la viva imagen de un gobierno de rodillas, llevó la calma a la capital o al país. La muerte seguía segando vidas a manos llenas.

Cuando el retirado mayor Buyoya consideró que su hora de reaparecer en su papel de salvapatria había sonado, completó su largo trabajo de zapa con su ya tristemente célebre segundo golpe de estado de 1996. Aunque se centren las críticas en el condenable comportamiento de este temible golpista no hay que olvidar el apoyo que recibe en la sombra de parte de algunos países occidentales que no dudan en autocalificarse de demócratas. De hecho, las cancillerías occidentales acreditadas en Bujumbura, ante la evidente rebelión del ejército monoétnico tutsi, no ocultan su preferencia por el regreso del mayor Pierre Buyoya antes que la vuelta de su antecesor y primo Jean Baptiste Bagaza, un siniestro individuo considerado mucho más sanguinario y menos complaciente con los hutus. Sin embargo, para los hutus no hay ninguna diferencia entre freírse en la sartén a fuego lento -al estilo de Buyoya- o caer en la hoguera -al estilo de Bagaza. Curiosamente, cuando Buyoya y Bagaza tienen alguna espinosa cuestión que dirimir entre ellos se ataca a los hutus. De hecho es una práctica habitual entre los dirigentes tutsis: para soldar las grietas que de vez en cuando aparecen en su aparente unidad, agitan el fantasma del peligro hutu y para demostrar la veracidad de sus afirmaciones exhiben algún que otro cadáver hutu pretendidamente cogido in fraganti. Del resto de los muertos hutus se habla pero no muestra nada.

Así pues el 25 de julio de 1996 Buyoya vuelve a las andadas: regresa a bombo y platillo con la intención declarada de devolver la paz al país. Resulta llamativo que el presidente hutu depuesto, Sylvestre Ntibantunganya, vaya a buscar refugio en la embajada de los Estados Unidos. Otros miembros del gobierno se desperdigan entre varias representaciones diplomáticas occidentales. Mientras tanto la guerra civil está en su apogeo. De hecho ya ha aparecido el CNDD, Consejo Nacional para la Defensa de la Democracia, con su brazo armado, FDD, Fuerzas de Defensa de la Democracia. En ese momento la situación es de un incierto empate entre las fuerzas enfrentadas. Los únicos de verdad atrapados entre dos fuegos y sin posibilidad de defenderse: los campesinos hutus. Si alguno muestra veleidades de no estar dispuesto a apoyar la rebelión hutu1 es castigado y si alguna posición del ejército tutsi es atacada, los campesinos hutus de los alrededores son exterminados indistintamente. Los campesinos tutsis ellos reciben armas para defenderse en caso de algún ataque o se concentran en torno a puestos militares. Con la llegada de Buyoya se complica extraordinariamente la posición de los campesinos hutus hasta niveles insostenibles. Considerando que los campesinos constituyen el caldo de cultivo y el escondrijo de la rebelión hutu, Buyoya da la orden de que sean obligados a abandonar sus terruños y reunidos por la fuerza en campos de concentración, donde viven en condiciones infrahumanas. Así en Burundi se identifican tres tipos de campos: campos de refugiados, atendidos por ACNUR y donde son acogidos rwandeses, congoleños, etc.; campos de desplazados, reservados a los tutsis y protegidos por el ejército; y campos de concentración donde se hacinan millares de hutus bajo el ojo vigilante e implacable de soldados tutsis. Durante algún tiempo algunos países y organizaciones, avergonzados por lo que estaba ocurriendo, echaron el grito al cielo obligando a Buyoya a prometer la destrucción de estos campos de la muerte. Sin embargo, de lo prometido, poca cosa. Siguen siendo millares los hutus que se están muriendo de hambre y enfermedades en los campos de la muerte de Buyoya: a finales del mes de abril un portavoz del ejército tutsi anunciaba que unos 80.000 habitantes de la provincia de Bubanza iban a ser metidos en un campo de concentración para "liberarlos" de la rebelión hutu. Tanto es así que el programa mundial para la alimentación proyecta lanzar en paracaídas sacos de leche en polvo, arroz, harina, etc. para que no se produzca una verdadera hecatombe entre los hutus de los campos de concentración.

De cara al exterior no todos dirigentes de la subregión aplauden el golpe de estado de Buyoya. En contra de lo que cabía esperar, dado el apoyo de las cancillerías occidentales, Buyoya recibe un jarro de agua fría: se le pide que devuelva el poder a quien le corresponde legítimamente o su régimen será sometido a un embargo total. La soberbia característica de los dirigentes tutsis le lleva a enfrentarse a todos y esto añade un elemento de sufrimiento a una población ya duramente castigada. Los diferentes intentos de librarse del mortal abrazo de un embargo que es más testimonial que real fracasan: acusa a Tanzania de albergar y entrenar a las fuerzas hutus, incluso llega a lanzar un ataque que es repelido; reprocha al mediador internacional Mwalimu Julius Nyerere de ser proclive a posiciones antiburundesas, pero aún así los dirigentes de la subregión deciden mantener el mismo mediador; afirma que la paz está restablecida cuando todavía hay combates alrededor de la capital; etc. El resultado es un progresivo hundimiento del tejido ecónomico y la avanzada destrucción del tejido social del país.

Rechazado por sus pares de la subregión este individuo viaja al exterior en busca de apoyo, dando a entender que si se le recibe es que aún goza de cierto prestigio. Así, en el mes de marzo de 1998, Buyoya es recibido en los Campos Elíseos por el presidente Jacques Chirac y en audiencia privada por el papa Juan Pablo II. No obstante, en ambos casos lo que finalmente se desprende del viaje es un fuerte tirón de orejas por su nula cooperación para encontrar una solución al problema burundés. De hecho no quiso participar en la reunión de Arusha convocada por el mediador en agosto de 1997 para iniciar conversaciones con todas las partes del conflicto burundés. Además la judicatura burundesa, fuertemente politizada y desprestigiada ante las naciones, sigue pronunciando condenas a muerte de hutus. Seis fueron ya ejecutados; ante la fuerte protesta internacional los jueces tutsis ahora se limitan a pronunciar sentencias capitales en condiciones en las que los condenados no tienen la más mínima posibilidad de defenderse ya que los abogados de oficio o contratados son tutsis y no tienen la más mínima intención de complicarse por un reo hutu que está ya más muerto que vivo. Así pues, otros 252 condenados esperan ser ejecutados en unos calabozos atestados hasta la bandera. Curiosamente los responsables del asesinato del presidente Melchior Ndadaye siguen libres o son miembros del gobierno de Buyoya. Los sospechosos de haber participado en ese magnicidio que dieron señales de debilidad o que se atrevieron a acusar abiertamente a Buyoya de ser el verdadero cabecilla de la intentona han muerto en circunstancias extrañas o están encarcelados en Uganda. Incluso estos últimos fueron objeto de un intento de asesinato, que fracasó. En estas circunstancias, juzgar a los responsables de provocar la actual tragedia burundesa se parece a una inaceptable tomadura de pelo. Incluso el que fue presentado como presidente por los golpistas, un tal François Ngeze, ya ha sufrido dos atentados. Es pues poco probable que Buyoya pueda ser juzgado y condenado por aquellos que dependen de él. Este individuo debe dar cuenta de sus actos ante un tribunal internacional, como mínimo, y si no, ante un tribunal verdaderamente independiente, que de momento no existe en Burundi.

En la actualidad las espadas están en lo alto, dispuestas a abatirse sobre sus pobres víctimas que las ven venir sin poder hacer nada. ¿Por qué? De acuerdo con la legislación burundesa que controla las elecciones (legislación que por cierto fue parcialmente derogada por el mismo Buyoya que la había impuesto), el partido FRODEBU debe terminar su mandato en junio de 1998, o sea tras cinco años de legislatura, desde junio de 1993. Nótese de paso que de los cinco años no ha gobernado de verdad ni seis meses. Eso significa que habría que convocar nuevas elecciones: el parlamento y la jefatura del Estado deben ser renovados o confirmados en sus puestos. Pero, ¿quién está facultado en las actuales circunstancias para convocar a la ciudadanía a las urnas? ¿El golpista Buyoya, el presidente depuesto, el parlamento cuyos miembros están desperdigados por el mundo? Por una parte, nadie parece dispuesto a permitir a Buyoya que consiga su propósito de legitimar su golpe de Estado a través de las urnas. Por otra parte, con sólo un control volátil sobre determinadas zonas del país y sabiendo que los vencedores de las elecciones de 1993 no han ejercido realmente como tales, la rebelión difícilmente puede aceptar la celebración de elecciones. Así pues, sólo se yergue el fantasma de una inacabable guerra civil de la que todos saben que no puede salir un vencedor absoluto, porque si pierden los tutsis volverán al ataque cuando menos los hutus se lo esperen y vice versa.

En estas circunstancias sólo queda una vía: las negociaciones de Arusha bajo la mediación del tanzano Julius Nyerere. Lo que está claro es que los hutus ya no van a aceptar el papel de ciudadanos de segunda categoría, como venía ocurriendo desde 1972 al estilo del apartheid sudafricano. Lo difícil es saber hasta dónde la nomenclatura tutsi está dispuesta a compartir sus prebendas con sus otrora siervos y desterrar para siempre expresiones despectivas tales como "ntidushobora gusangira n'abo twanenye" -no podemos compartir mantel con aquellos que hemos despreciado. En todo caso, los preparativos para la próxima reunión de Arusha convocada para el 15 de junio ya están avanzados. De momento todos, incluso Buyoya, han dicho "sí". Esperemos que los resultados de este encuentro nos permitan hacernos ilusiones sobre el próximo fin del derramamiento de la sangre de los burundeses.


NOTAS:

1. Lo que convencionalmente viene llamándose rebelión hutu no es tal ya que en la lucha contra el ejército monoétnico tutsi participan también tutsis que no comulgan con el modo de pensar y de actuar de los extremistas tutsis. De hecho habría que hablar de una lucha nacional para instaurar la democracia en Burundi.