Burundi, como Ruanda: 1998, otro año de muerte


Joseph Mafokozi
Comité de Ayuda a Burundi
Febrero 1998


Desde la caída del Muro de la Vergüenza y la consiguiente desaparición del sistema de bloques, se ha impuesto internacionalmente, al menos en apariencia, el modelo de gobierno calcado sobre Occidente. Sin embargo, el proceso de alumbramiento de la democracia africana ha adolecido, y sigue adoleciendo, de serias complicaciones que hacen prever un cruento fin de siglo y una no menos sangrienta entrada en el tercer milenio. Además, otro muro, aún más vergonzoso si cabe, se está levantando sobre centenares de miles de cadáveres de inocentes.

Las previsiones a corto plazo realizadas por las poderosas agencias gubernamentales de información de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, etc. apenas dejan lugar a dudas: si el año 1997 se cerró con la pseudoliberación del Congo y centenares de miles de refugiados hutus rwandeses y burundeses asesinados, tanto durante la liquidación del moribundo régimen de Mobutu como en el interior de Ruanda y Burundi, 1998 no permite hacerse ilusiones de ningún tipo. Por una parte, la minoría tutsi, y dentro de la misma un pequeño grupo militarizado hasta la médula y convertido en cabeza de puente para poderosos intereses internacionales en toda la región de los Grandes Lagos, sabe que tiene que emplearse a fondo para mantener a los hutus y a otros numerosos pueblos de la zona en una situación próxima a la edad media. Los congoleños lo están comprobando con la llegada de Kabila, un pupilo aventajado de Museveni, presidente de Uganda. En estas circunstancias, el reguero de muertos es necesariamente inacabable; acusar a unos de genocidas, - los hutus -, y juzgarlos como tales mientras se silencia el asesinato de hutus a manos de tutsis o se presenta como una simple e inteligente operación militar de anticipación, no coadyuva a la consecución de una solución duradera. Es más, este modo de actuar sólo lleva a la consolidación de posturas cada vez más extremas. En estas circunstancias resulta del todo ilusorio pensar o hacer creer a la gente que la democracia es posible. Ni que decir tiene que cualquier mención de la creación de riqueza para los ciudadanos es impensable.

Desde que el multigolpista Pierre Buyoya volviera a las andadas con su enésimo golpe de estado, el 25 de julio de 1996, los Estados de la región tomaron la decisión de someter su régimen a un embargo total. Sin embargo lo que proponían de boquilla lo deshacían de inmediato ya que todos, de un modo más o menos abierto, violaron sus propias propuestas. De este modo el único en sufrir realmente de las consecuencias del embargo fue y sigue siendo el pueblo. Las ya depauperadas arcas del Estado están siendo desvalijadas para proseguir la guerra ya que Buyoya no tiene la más mínima intención de irse mientras los hutus no se den por vencidos y vuelvan a su trabajo en el campo. Los responsables políticos y militares tutsis, aunque algo afectados, no están dispuestos a abandonar los beneficios que les supone retener las riendas del poder bajo todas sus formas.

Ahora bien, los combatientes hutus y tutsis contra la dictadura de Buyoya no están dispuestos a entregar las armas hasta tanto Buyoya no se siente a negociar seriamente las condiciones de la vuelta a la legalidad constitucional de antes del asesinato del presidente Melchior Ndadaye. Los primeros contactos establecidos hace casi un año con la ayuda del Comunidad de San Egidio de Roma no condujeron a nada positivo: Buyoya las utilizó para presentarse como el único pacificador posible de Burundi. Y cuando el mediador internacional Mwalimu Julius Nyerere le invitó a que fuera a Arusha (Tanzania) para participar en una reunión donde estaban presentes todas las partes en el conflicto burundés, inició una serie de burdas maniobras tendentes a mostrar la parcialidad de Tanzania y al final no fue.

Según la constitución burundesa, inspirada por el mismo Buyoya que luego derogó en 1996, las elecciones presidenciales se celebran cada cinco años. Las primeras, y hasta ahora únicas, se celebraron en junio de 1993 y las ganó el partido FRODEBU, habitualmente considerado prohutu aunque en su seno militen tanto hutus como tutsis de acuerdo con el decreto sobre partidos políticos. Esto implica que el próximo mes de junio termina el mandato del partido FRODEBU, que, dicho sea de paso, no ha tenido ni siquiera un año completo de gobierno efectivo. Esta situación supone a su vez que ahora todos, Buyoya el primero, se están movilizando ante el próximo vencimiento. De ahí el ataque al aeropuerto internacional de Bujumbura que llevaron a cabo las fuerzas hutus y tutsis que combaten contra Buyoya, para dar a entender al mundo que siguen allí. Ahora bien, la reacción de las tropas tutsis no se hizo esperar: a pesar de que no se atrevieran a salir de su campamento, defendido por un cinturón de minas, durante el ataque, en los días siguientes, tras la retirada de las fuerzas atacantes, sacaron sus tanques y se desplegaron para vengarse en indefensos civiles hutus: más de 600 mujeres, niños y ancianos fueron asesinados, algunos degollados al estilo argelino y otros decapitados; y contra toda lógica, el gobierno de Buyoya acusó de esta vileza a los que luchan contra su régimen. Sin embargo, las delegaciones diplomáticas no se dejaron engañar aunque procuraron callarse, por supuesto. Los diarios que, según su costumbre, reflejan lo acaecido en el día a día, transmitieron a bombo y platillo las mentiras de Buyoya y su gobierno de rebeldes - y sospecho que lo seguirán haciendo.

Finalmente, lo que las agencias internacionales presentaron como accidente de helicóptero - haciéndose eco de las declaraciones de fuentes gubernamentales - en el que murió recientemente el ministro de defensa Firmin Sinzoyiheba es sencillamente una operación de eliminación de potenciales rivales políticos. Por una parte, cabe recordar que se trata del segundo ministro de defensa que muere en idénticas circunstancias: el primero murió en 1986. Por otra, de un tiempo a esta parte se venía rumoreando que este ministro podría encabezar un golpe de estado. Y además este hombre de bellas palabras y dudosas actuaciones, a pesar de ser él quien facilitó el derrocamiento del presidente constitucional Sylvestre Ntibantunganya, pues ostentaba el mismo ministerio, era una personalidad bien considerada en las cancillerías europeas como posible sustituto de un Buyoya incapaz de acabar con la guerra civil. Así pues los europeos se han quedado sin candidato para poder imponer una solución a la rwandesa - o sea, un correveidile presidente hutu controlado por un poderoso ministro de defensa tutsi -, solución que como todos sabemos está muy lejos de ser satisfactoria. Las espadas están pues en alto. De aquí al mes de junio pueden ocurrir muchas cosas y desde luego lo que de seguro va a suceder es que van a morir muchos inocentes.

Pensando que la guerra civil burundesa la ganarán aquellos que llevan gobernando en solitario desde que en 1972 eliminaran a más de 300.000 hutus, ya se están preparando para retomar el control absoluto, una vez cerrado el desgraciado interregno democrático con la derrota definitiva de los que despectivamente se ha venido llamando "etnodemócratas", o sea los hutus. Para ello ya se ha hecho el recuento de los últimos intelectuales hutus que quedan en el país: unos 480, a finales del mes de enero. Desde luego aquellos que se encuentran en la capital Bujumbura están conscientes de que son unos rehenes que serán pasados a cuchillo en cuanto Buyoya y sus secuaces se den cuenta de que no tienen escapatoria. Mientras tanto van cayendo uno a uno ejecutados por los escuadrones de la muerte del tipo SOJEDEM o PA-AMASEKANYA (literalmente PA = Potencia de (auto)defensa; AMASEKANYA = los que golpean con fuerza). Y para sustituir a los hutus eliminados ya está en marcha el plan consistente en convertir a determinados mandos superiores del ejército tutsi en profesionales de la docencia a nivel secundario y universitario. Hasta antes de 1993, el acceso a la universidad había sido prácticamente cerrada a los hutus convirtiendo esta institución en un coto exclusivo tutsi, - como muchos otros campos de la vida nacional burundesa -, siendo la cooperación francesa, belga y canadiense las encargadas de hacerla funcionar. Ahora están cursando estudios universitarios varios mandos superiores tutsis burundeses en la Universidad de Lovaina con la misión de hacerse cargo de la docencia universitaria y posteriormente secundaria en Burundi. De este modo tras la eliminación de todos los profesores hutus - la mayoría de ellos formados en el extranjero y regresados hacia el año 1990, con la promesa de apertura del régimen tutsi - el control sobre la enseñanza volvería a ser total. Evidentemente se conoce el plan y sin embargo no parece que nadie que tenga algún interés de la naturaleza que sea en ese maremágnum de los Grandes Lagos esté interesado en frenarlo o por lo menos denunciarlo. Este mismo plan existe en Ruanda. Por otra parte, alguna universidad española ya ha firmado un convenio con la universidad rwandesa para colaborar en la rehabilitación de esta última. Siendo un gesto muy loable no se debe olvidar que sería imperdonable estar participando, involuntariamente o no, en el desarrollo de una institución que favorezca algún tipo de apartheid: una universidad rwandesa al estilo de la universidad monoétnica burundesa no es un proyecto que merezca ser apoyado.

Como Burundi, Ruanda está inmerso en una vorágine de muerte y destrucción: de hecho no pasa un día en que no recibamos un despacho de agencia en el que se nos informa que en tal o cual lugar de los 26.338 km. cuadrados de este pequeño país, una docena de sus ciudadanos acaban de ser asesinados. Y curiosamente, a pesar de disponer de datos irrefutables sobre la brutalidad con la que ambos regímenes tratan a sus ciudadanos, no se hace prácticamente nada para acudir en ayuda de los desamparados, una actitud que se escuda tras el vacío concepto de soberanía nacional en la que muy pocos creen. Mientras se siga proporcionando apoyos explícitos a dirigentes africanos que están martirizando a sus pueblos será difícil, por no decir imposible, convencer a los pueblos que la paz y la democracia son posibles. En todo caso dirigentes como Pierre Buyoya deberían estar sentados en el banquillo de acusados para que respondan de sus actos ante la justicia impartida por ese pueblo tan vilipendiado. Además las potencias occidentales no deberían seguir prestando su apoyo a individuos con un currículum tan poco presentable como el del multigolpista Pierre Buyoya.