En Rwanda, la consagración electoral del miedo diez años después del genocidio
(Le Monde, 06.11.2003, Traducción: Ramón Arozarena)
Diez años después del genocidio, Rwanda se ha dotado de un gobierno surgido de dos "elecciones democráticas". En agosto, Paul Kagame fue plebiscitado como presidente de Rwanda, con el 95% de los sufragios emitidos. Sobre la marcha, en septiembre, su partido, el Frente patriótico ruandés (FPR), ha logrado la mayoría absoluta en el Parlamento.
En el país de las Mil Colinas, donde, de abril a junio de 1994, unos 800.000 tutsi y opositores hutu fueron masacrados, se habría logrado una mayoría tan aplastante como la que asesinó al enemigo a machetazos, para aprobar la manera como Paul Kagame (ex -jefe rebelde tutsi y jefe de Estado tras la victoria del FPR sobre los genocidas) ha pasado página del primer holocausto africano.
Si fuera cierto, las razones para la alegría no faltarían. Primero, porque las elecciones en Rwanda (8,9 millones de habitantes) constituirían un milagro comparable al que, en 1994, año del genocidio ruandés, selló el fin del apartheid en Sudáfrica. Luego, porque toda esperanza estaría permitida para que, del mismo modo, se pusiera fin en el continente de las matanzas tribales a la instrumentalización demagógica de la conciencia étnica. Si la división hutu-tutsi pudiera ser anulada en unanimidad electoral, todas las divisiones étnicas serían solubles en el fondo de las urnas.
Desdichadamente, el milagro no es más que mentira. A la realidad de un genocidio le sigue el simulacro de una democracia de reconciliación. Diez años después de haber dejado que la eliminación programada de los tutsi fuera llevada a término por un régimen que pretendía encarnar la "mayoría natural" de los hutu, la comunidad internacional, para redimirse por su no-asistencia a una minoría amenazada de exterminio, cobre con su silencio, si no con sus elogios, la incrustación en el poder en Kigali de una nueva camarilla. Una camarilla que ha transformado el genocidio en renta de situación. Surgido de las fosas comunes, el actual régimen no se cree obligado a respetar ni los valores democráticos ni los derechos del hombre.
Los escrutinios en Rwanda no han sido más equitativos que los de Chechenia o Azerbaiján. A pesar del apoyo que el gobierno de Londres aporta al poder de Paul Kagame, la prensa británica no se ha privado de informar cómo se ha alcanzado el "resultado soviético" del hombre fuerte de Rwanda. En el Daily Telegraph del 25 de agosto, un elector hutu deslizó al enviado especial del periódico: "Voy a votar por Kagame porque es nuestro padre y nuestro jefe, pero no debemos hablar juntos, hay gente que nos vigila". El 26 de agosto, en The Guardian, otro elector, en Cyangugu, feudo del único oponente autorizado a presentarse contra Paul Kagame, confiaba: "Cuando quise votar por Faustin Twagiramungu, un responsable del colegio electoral, que cogió mi papeleta, me pidió que no le hiciera perder el tiempo y que volviera a empezar. Cuando voté, esta vez por Kagame, aceptaron. La mayoría de la gente de Cyangugu quiere a Twagiramungu, pero, naturalmente, es Kagame quien va a ganar".
Así se explica mejor cómo en el noroeste, bastión del presidente Juvénal Habyarimana, donde una insurrección contra el FPR, llevada a cabo en 1997-1998 por antiguos "genocidas", había sido aplastada indiscriminadamente, causando numerosos muertos entre los civiles, Paul Kagame pudo lograr sus mejores resultados: más del 99%...
Sin embargo, los 350 observadores electorales internacionales quedaron aquejados de ceguera voluntaria. Validaron en su conjunto la libre expresión de la voluntad popular, aunque Colette Flesch, que dirigía la misión de observación de la Unión Europea, resumiera el contexto de la elección presidencial con la frase "la presencia masiva e intimidante de representantes del presidente Kagame que se mezclaron en la gestión de las oficinas de voto". Tras haber recogido los resultados de su equipo, que sólo pudo visitar 372 colegios electorales de los 11.000 existentes en el país, concluyó que se había producido un avance de la democracia en Rwanda, aunque "las gentes hayan podido tener miedo de ser reconocidos por la orientación de su voto". A lo que habría que añadir la prohibición del principal partido de la oposición, el hostigamiento de todos los adversarios políticos del régimen, algunos de los cuales "desaparecieron", la confiscación de los medios de comunicación, el mantenimiento en la cárcel, sin juicio, del antiguo presidente del gobierno de reconciliación nacional formado al término del genocidio, Pasteur Bizimungu, a causa de su único crimen, haber querido crear un partido que no estuviera enfeudado al FPR.
En estas condiciones, los resultados de las elecciones en Rwanda, lejos de señalar un retroceso del odio, constituyen únicamente la demostración de la eficacia del aparato estatal para lograr "un gran resultado". Todo se reduce al titular del resumen anual consagrado a Rwanda por uno de los mejores especialistas del país, André Guichaoua, en "L’État du monde 2004" (La Découverte): Rwanda, el reino del terror".
¿Cómo explicar entonces que las "irregularidades" en los escrutinios ruandeses no hayan dado lugar a francas condenas, como las que han descalificado las farsas electorales en Chechenia o Azerbaiján? ¿Cómo explicar que, respecto al país de las Mil Colinas, las cancillerías occidentales se hayan sentido obligadas a aplaudir incómodamente y a emitir vagas "reservas"?
En fin, ¿cómo explicar el silencio de los intelectuales, de las ONG y de los organismos de defensa de los derechos humanos, tan diligentes para dar lecciones sobre el genocidio en Rwanda, que, con toda razón, juzgan podía haberse evitado si "se" hubiera sido más vigilante sobre el respeto de las libertades bajo el antiguo régimen?
Unanimidad del silencio
El diputado británico Glenys Kinnock, observador de la elección presidencial, declaró el 27 de agosto a The Guardian: "Nos es difícil ser excesivamente ‘viciosos’ en nuestras críticas, dado lo que les ha sucedido". Pero, ¡puede uno redimirse de una falta capital, el abandono de los tutsi en manos de sus verdugos en 1994, cometiendo otra falta grave, la indulgencia culpable ante la instauración de una nueva dictadura? Es tanto o más peligroso cuanto que en "el país de las mil fosas comunes" el poder de Paul Kagame hace, él, un uso "vicioso" del genocidio como medio de chantaje.
Alison des Forges, autora de la obra de referencia sobre el holocausto en Rwanda, por cuenta de numerosas organizaciones de defensa de los derechos humanos, "Aucun témoin ne doit survivre » (éditions Karthala), lo ha experimentado. Por haber puesto de relieve que "cierto número de personas en el gobierno ruandés han comprendido que el genocidio constituye un recurso político que debe utilizarse tanto en el interior como en el exterior del país", ha sido vilipendiada como "apologista del genocidio" por el régimen de Kigali. El anatema cae, mecánicamente, sobre quien critica el FPR.
Así las cosas, la verdadera unanimidad en Rwanda y a propósito de Rwanda es la del silencio. En el interior del país, es ya un hecho. En el exterior, está apunto de serlo. Por haber denunciado en un informe el estado desastroso de las libertades en Rwanda, dos miembros de la organización Internacional Crisis Group (ICG) han sido acusados de cooperar con grupos "genocidas", luego, en una página comprada por las autoridades de Kigali en un semanario de África del Este, de ser "agentes" de Francia, que trabajarían para desestabilizar Rwanda. Desde entonces, los dos han interrumpido su trabajo sobre el país de Paul Kagame.
En 1995, el hombre fuerte de Rwanda afirmaba que, "en las sociedades africanas, el multipartidismo y la democracia no conducen más que a dividir gentes divididas". Se trata de un punto de vista en el que aflora la convicción de un etnismo atávico, indesarraigable. ¿Por qué ocho años después Paul Kagame ha cambiado de opinión? Porque ha podido organizar elecciones para obligar a la unión en el miedo de los ciudadanos, los cuales, sin una legitimidad de las urnas vergonzosamente consentida por la comunidad internacional, corrían el riesgo de unirse contra él y contra la dictadura del FPR.
Jean-Philippe Rémy y Stephen Smith