Eva Labarta i Ferrer
Marzo 2004
"¡AMARASO, AMARASO!" (sangre, sangre) gritan unas niñas, señalando al cielo.
Cuenta la creencia africana que cuando en el Rwengueti, al norte del país, el sol se tiñe de rojo al atardecer, amanece siempre con una gran desgracia y que así ha sido desde que se recuerda, y que así se anunciaron las dos guerras mundiales y también la masacre contra los tutsis.
El pueblo rwandes, el pueblo llano, claro está, tiene miedo. Nuestros informadores no son una excepción.
"Tened cuidado, aquí no decimos tutsis ni hutus cuando hablamos, son los largos y los cortos, así seguro que no nos entiende quien pueda oirnos". La referencia al aspecto físico de unos y otros es evidente.
"Si os dirigís a la Administración para hacer un reportaje y que os concedan permisos, sólo podreis ver una parte de la realidad, la oficial, aquí sólo se permite la versión del Gobierno; os pondrán visitas dirigidas y os darán una información determinada, los tutsis no sólo ganaron la guerra también han ganado la guerra mediática internacional .
Pocos son los que hablan de la Rwanda real, que no existe para el resto del mundo. Cualquier versión diferente resulta peligrosa.
A veces hay atentados selectivos, se abren supuestas investigaciones oficiales pero se pierden siempre en el olvido, desaparecen personas.
No os hagais ver demasiado y no deis nunca ninguna opinión, aparentemente nunca pasa nada y el ambiente es tranquilo."
"La libertad de prensa no existe, hace poco, el diario UMUSESO (La Mañana, en kinyarwanda, el idioma del país) fue crítico con el gobierno, encarcelaron y torturaron a los periodistas firmantes de la información, luego les liberaron y nadie se entera de nada ".
"La corrupción está a la orden del día, de las ayudas internacionales no llega apenas nada, los fraudes financieros son frecuentes, pero se tapan, recientemente un primo hermano de P. Kagame (actual Presidente de Rwanda) se vio obligado a huir a Estados Unidos por haber desviado fondos a través de una sociedad fantasma keniata, cuando estallan estos escándalos nunca nadie resulta detenido."
Nos aconsejan que digamos que somos turistas o cooperantes de alguna asociación, nos dan buenos contactos, pero todos nos piden lo mismo, el anonimato
En Kigali, la capital, sobre todo en los distritos de gente adinerada, se hacen obras públicas por todas partes, se estan poniendo las aceras rápidamente, pagan en gran medida las compañías de telefonía móvil con sus enormes beneficios, no olvidemos que están aquí las minas de casiterita, muy apreciada e inprescindible para la informática y la telefonía celular.
Hay que ocultar la pobreza, se están cerrando los mercados callejeros, hay que dar buena imagen para la reunión Pan-africana, visitan la capital 16 Jefes de Estado.
A pocos kilómetros de allí, es la lucha por la supervivencia, la pobreza es extrema, la inflación está disparada, las enfermedades y la desnutrición son algo habitual, los sueldos, miserables, están congelados desde 1996, funciona la economía de trueque y la tasa de natalidad es de las más altas del mundo; pese a que el SIDA causa estragos, la población aumenta a un ritmo elevadísimo, hay 370 habitantes por km. cuadrado.

"Es cierto que cuando Habyarimana murió había un clima de una gran injusticia para los tutsis, se había generado una corriente racista contra ellos, echaban a sus niños de los colegios, les atemorizaban.
Se creó, poco a poco, un clima parecido al de la Alemania de antes de la Segunda Guerra Mundial, pero también es cierto que sólo participaba una parte de la población.
Ahora, todos eran culpables y están pagando por ello."
"Dicen que en aquellos cien días terribles hubo un millón de muertos, pero aquí las cifras nunca son fiables, se ha llegado a hablar de tres millones, pero en buena medida depende de que nos preguntemos si, ya entonces, se contabilizaron o no los hutus que había entre ellos."
"Es muy difícil saber quienes fueron los muertos. Las dos etnias estaban y están muy mezcladas, los matrimonios mixtos siempre han sido frecuentes; la raza la pasa el hombre, si el marido es hutu y la mujer tutsi, los hijos son hutus, hubo a quién se le obligó a matar a la madre, al padre o a los hijos para sobrevivir. Los únicos tutsis puros son los descendientes de la corte del Rey (Mwami), en Nyansa, la antigua capital rwandesa. Parte de los esqueletos de los Memoriales del genocidio pertenecen en realidad a hutus, pero esto no se puede decir."

"Ya se causaron muchísimas víctimas hutus durante la guerra, en junio de 1994 se vieron obligados a huir en todas direcciones, a Congo, pero también a Uganda, y a Tanzania y a la República Centroafricana .
Las madres, con sus bebés a la espalda, andaban, día y noche, sin alimento alguno, no podían parar, huían entre dos fuegos, caían muertas de agotamiento en los caminos. Pasaban los camiones de Naciones Unidas, desataban los bebés de las espaldas y los llevaban a Bujimba, los seis campos para niños perdidos o huerfanos que se crearon por edades para acogerlos, en julio y agosto de aquel año; después, fueron pasando por allí familiares de desaparecidos por si encontraban alguno de los suyos."

Los ancianos, los más débiles, los enfermos, morían los primeros, los recogían con palas y los echaban a los camiones.
Los que consiguieron llegar, ocuparon los campos de desplazados, se desató entonces la epidemia de cólera, que volvió a diezmar al pueblo hutu, hasta aquí hubo cobertura de la prensa internacional, pero ¿Qué pasó después?.
"Muchos volvieron, los que aparentemente no tenían nada que temer. Los tutsis habían ocupado sus viviendas, se quedaron en campos de desplazados, una buena parte no han recuperado sus casas, viven en tiendas de plástico esperando la solución a su problema, llevan así desde entonces.
Otros, con razón o sin ella, fueron detenidos y encarcelados, muchos de ellos por denuncias de vecinos, por pequeñas venganzas personales, por envidias o sin más."
En 1996 el Frente Patriótico Rwandes de los tutsis efectuó ataques a los campos de refugiados "entraban a matarlos" nos dicen, "pero entonces ya no estaban allí las cámaras de las televisiones de medio mundo, ya no interesaba tanto."
Nadie sabe exactamente cuántos eran, ni cuántos quedaron, ni cuántos murieron. Todas las vidas no valen lo mismo.
"Hablan de retornos voluntarios, pero no es cierto, desde Uganda les invitan a la vuelta, de Bangui (República Centroafricana) les echaron, muchos han huído a la selva y se han quedado allí."
Estamos en el centro del país, vamos a tratar de entrar en una prisión, si está custodiando el ejército no podremos ni planteárnoslo.
No están los militares, es posible que, mediante una estratagema, tengamos el imposible privilegio de visitar un "cachot" solas. Tan sólo vigilan unos guardias uniformados y armados con un fusil, son casi unos niños, tienen dieciocho años, sonríen y da la impresión de que no son conscientes de lo que pretendemos.
Es un pequeño recinto con alambradas. Llama la atención la escasez de medidas de seguridad; no hay aquí garitas, ni muros, ni fosos. "¿Cómo es posible que no se fuguen?" Preguntamos a un cooperante europeo llevadas por nuestra mentalidad.
"Bueno, aquí no pueden ir muy lejos, -contesta- y tampoco tienen dónde esconderse, todo el país son montañas; algunos lo han intentado, pero los capturan enseguida y entonces es mucho peor, los encierran en una especie de cubículos muy pequeños, sin ventanas ni aireación, los tienen ahí muchos días y, como con la falta de luz y la humedad están llenos de chinches, salen con el cuerpo cubierto de picaduras y muy enfermos, algunos mueren poco después; ya casi nadie lo intenta, pero hablan de ello, y de alcanzar la frontera, y de iniciar no otra vida, sino la vida. Son fantasías, pero ya saben ustedes que el ser humano las necesita para seguir viviendo, sobretodo según lo que le rodee."
Dentro se ven varias edificaciones de tierra y hierros, las ventanas, claro está sin cristales ni postigos, están atravesadas por gruesos barrotes, son los calabozos.

No hay hoy militares, conseguimos entrar, hablar e incluso fotografiar.
Un "cachot" es el equivalente administrativo a nuestros antiguos -actualmente prohibidos- depósitos municipales de detenidos. Dependen de la policía del distrito y tienen carácter provisional, allí permanecen los arrestados, supuestamente unos días, hasta su traslado a la prisión. La equivalencia es sólo administrativa.
Nos abren los barracones, podemos pasar dentro.
Lo que nos encontramos es otra forma de exterminio.
El hacinamiento y el hedor cortan la respiración. No hay agua corriente, ni luz eléctrica.
Los excrementos se amontonan en un cubo de plástico que se vacía por la mañana y por la noche.
Resulta absurda cualquier referencia a la intimidad.
Duermen en el suelo de tierra; como no caben, han fabricado escalones con cajas de madera y tablones para no estar unos encima de otros. Sus escasas pertenencias cuelgan en bolsas de plástico de las paredes, del techo, de las ventanas, por dentro, por fuera, de cualquier sitio. Las garrafas de agua para beber, también. La basura se acumula en las esquinas.

Comen una vez al día la "bouillie", sorgo (mijo) hervido con agua, a veces, judías pintas hervidas, el alimento básico de los pobres.
Los martes y los domingos no hay comida, nos explican, porque no llega con la que envían las asociaciones humanitarias.
Los que tienen familia y, de entre ellos, los que se lo pueden permitir, reciben algunos alimentos, los guardan y los distribuyen, pero ni siquiera pan, porque el pan es un lujo.
Cocinan en latas viejas sobre el suelo, resulta también absurda cualquier referencia a la higiene.
Por la noche, con la altitud y la humedad, hace mucho frío; no tienen ropa, ni mantas, visten y se cubren muchos de ellos con harapos.
Si enferman, mueren sin ninguna asistencia médica.
Los encerraron en el "cachot" para su inmediata conducción a una prisión central
Llevan allí nueve años. Sin ningún horizonte. Sin límite conocido. Sin proceso judicial abierto. Sin acusación concreta. Son presos políticos.
Estas son sus circunstancias.
Ellos son otra cosa.
Hay jóvenes y viejos, de todas las edades; lo primero que destaca es su dignidad, después, el respeto por si mismos y por sus compañeros.
No se quejan. No gritan, no discuten.
Sus miradas transmiten una tristeza infinita, incluso cuando sonríen o tal vez más aun cuando sonríen.
Da la impresión de que muchos murieron el día que les olvidaron allí.
"¿Qué podemos hacer por ustedes?" Preguntamos con una indescriptible sensación de inutilidad.
"Cuando vuelvan a su país, expliquen lo que aquí han visto". Nada más, nada menos.
"¿Qué edad tiene usted? "
"Setenta y dos años"
¿Y cuando va a salir de aquí?
"Yo, señora, saldré de aquí cuando haya muerto".
"Usted es muy joven, ¿Desde cuando está aquí?"
"Desde los diecinueve años, ahora tengo veintiocho" ¿Cuándo saldrá? "No lo sé".
En un calabozo aparte hay un hombre muy enfermo.
.Tiene cuarenta y cinco años. Se ha quedado ciego. Está paralizado de cintura para abajo. Nadie sabe cuál es su enfermedad.
Hace un tiempo, visitó el "cachot" el Procurador del distrito (el fiscal), intentaron que ordenara el traslado a un hospital, pero les dijo que era un simulador e informó negativamente.
Sus compañeros le ponen arena en el suelo y se la cambian a menudo para que no se acumulen los excrementos. La solidaridad entre ellos surge en cualquier circunstancia. Un hijo le visita cuando puede y le lleva algo de comida, su mujer ya hace tiempo que no va.
Mientras nos lo explican, él sólo dice "No puedo verla", se coge a la mano que se le tiende y llora en silencio.
Fuera de los calabozos están unos cuantos presos, los que ese día han de ir a por agua o a algún otro servicio, o aquellos a los que se permite hacer alguna manualidad para que su familia trate de venderla y obtener algún dinero; uno de ellos, bastante joven está sentado, dibujando "¿Qué dibuja usted?" le preguntamos, "La que será mi casa si un día soy libre".
Los encarcelados suelen ser gente sencilla, pero también hay profesionales e intelectuales, "Hay que acabar con las personas capaces de crítica y de reflexión, pensar conduce a menudo a la disidencia."
El año pasado había en Rwanda 120.000 presos políticos, el gobierno dice que este año son 80.000, pero sólo han liberado 20.000; les han concedido la gracia.
La única forma de salir en libertad es declararse genocida; si hay confesión, se puede obtener un indulto, nos comentan que es una maniobra gubernamental para proyectar una falsa imagen de bondad y de deseo de reinserción.
Hay mucha presión en las cárceles estatales y en los "cachots" para obtener estas declaraciones auto-inculpatorias; es indiferente que el contenido se ajuste o no a la realidad.
Si hay reconocimiento de participación en el genocidio hay excarcelación y un trabajo de servicios al gobierno, controlado, eso sí, con presentaciones regulares y que significa de hecho encadenarse de por vida por un sueldo que no llega ni para la comida, es una forma de esclavitud que revierte en una buena imagen internacional.
Con todo, pese al empobrecimiento paulatino de las familias de los presos, que ha llegado al límite -son los pobres de los pobres nos dicen- el éxito del programa es muy relativo.
El gobierno ha reconocido que hay inocentes encarcelados, no podemos dejar de preguntarnos por qué no les juzgan en lugar de obligarles a reconocerse criminales, lo sean o no. ¿Por qué perdón y no justicia.?
Dicen que este mes van a entrar en funcionamiento unos "Tribunales Populares", poca gente lo cree, si de verdad empiezan, habrá aun muchos más presos porque los testigos no son fiables, se acusa a menudo por venganza o por dinero, no se lleva a cabo ningún tipo de investigación, y las garantías del proceso y los derechos de los ciudadanos son y serán inexistentes, hasta los más elementales.
El panorama en las prisiones estatales, sobretodo en cuanto a los presos políticos, no difiere demasiado de los "cachots". El que tiene dinero, compra unos palmos del suelo para no tener que dormir durante años unos encima de otros. Tampoco tienen luz eléctrica, ni reciben asistencia médica, ni tienen proceso judicial abierto ni acusación concreta alguna en la mayoría de los casos.
La distribución entre los distintos centros de detención fue en 1994 circunstancial, ahora depende del supuesto delito cometido.
En las prisiones centrales se utilizan entre los internos uniformes de un color rosa muy llamativo, se pueden ver fácilmente porque salen a hacer trabajos forzados y lo poco que reciben como salario revierte a la prisión para auto-financiación del preso.

El hacinamiento es también aquí impresionante, un centro con capacidad prevista para tres mil personas se ocupa hasta las diez mil, contando, desde luego, con que las previsiones de espacio mínimo que se hacen allí nada tienen que ver con las de ningún país del primer mundo.
El incremento de nuevos presos políticos no se puede calcular, se mezclan con los comunes y no se reconoce que lo sean, las acusaciones suelen ser por "divisionismo y sectarismo" y por "atentado a la seguridad interior del Estado".
Las detenciones aumentan extraordinariamente cuando se acercan unas elecciones (en las últimas, en agosto del año pasado, nos informan de que calculan que la oposición obtuvo un 56% de los votos, pero que sólo se permitió la presencia de observadores africanos a los que se les pagó para poder ocultar las cifras reales), en muchas ocasiones se les libera después, todos hablan de tortura, pero nadie se atreve a denunciarlo.
Hubo en 1994 una masacre genocida, de una inimaginable crueldad, todo el planeta se horrorizó al conocerla.
Ahora, diez años después, hemos sido testigos de otra forma de exterminio, más lenta, paulatina, encubierta, algunos hutus fueron criminales, pero desde entonces, todo un pueblo es culpable, todo un pueblo se ha convertido en víctima y no se habla de ello.
"El ansia de vivir en paz, de alejar el horror, hace que se acepte casi cualquier cosa, aunque, poco a poco se van concienciando de que todo esto lleva a la auto-destrucción."
Pese a todo, los rwandeseses mantienen su dignidad y se respetan a si mismos, por eso saldrán adelante.
Hay que dejar la puerta abierta a la esperanza.*

* En el texto se omiten nombres propios de personas y lugares por razones de seguridad.