Uganda y Rwanda: amigos a la greña


Ramón Arozarena
10.06.00

 

Desde hace unas semanas, ugandeses y ruandeses se pelean a cañonazos en Kisangani, ciudad congoleña situada a cientos de kilómetros de las fronteras de Uganda y Rwanda. Lamentablemente, no es infrecuente que dos países diriman sus diferencias en el campo de batalla; que éste se encuentre en territorio extranjero es más soprendente y si quienes se pelean hoy han sido hasta ayer amigos y compinches, resulta, además de dramático, extraño.

La amistad y colaboración, hasta ahora sólidas y estrechas, entre los gobernantes actuales de Uganda y Rwanda se remonta a la segunda mitad de los años 80, época en que el actual presidente ugandés, Museveni, luchaba contra el régimen de Obote y trataba de hacerse con el poder. Lo logró en 1987. Una de las piezas de su máquina militar victoriosa fueron los tutsi rwandeses, refugiados en Uganda desde los años 60.

El Frente Patriótico Ruandés, formado fundamentalmente por tutsi, atacó desde Uganda y ocupó parte del norte de Rwanda, en octubre de 1990. Esta invasión sólo fue posible gracias a la ayuda directa que los atacantes recibieron del gobierno y ejército ugandeses. La misma ayuda sería decisiva para que el FPR se impusiera definitivamente en julio de 1994 sobre las Fuerzas Armadas Ruandesas - en el contexto de una barbarie generalizada y televisada - y alcanzara el poder en Kigali. Museveni ganaba talla política regional y al mismo tiempo que, como premio a los servicios prestados, colocaba a su amigo y colaborador Kagame (su antiguo jefe de los servicios secretos) al frente de Rwanda, resolvía un problema interno, ya que la influyente presencia de ruandeses tutsi en los engranajes del poder político, militar y económico en Uganda comenzaba a incomodar a no pocos ugandeses. Con la victoria del FPR muchos miles de ruandeses tutsi regresaron a Rwanda, tras más de 30 años de exilio en Uganda, para apropiarse de bienes, funciones, puestos de responsabilidad etc.; esto es, para ocupar el poder abandonado por otros ruandeses hutu, que caminaban hacia el exilio y se refugiaban en los países vecinos. El eje Kampala-Kigali se completó con el golpe de Estado perpetrado por Buyoya en Burundi el 25 de julio de 1996.

Otra empresa común cimentó aún más la colaboración entre Rwanda y Uganda. En octubre de 1996, Museveni y Kagame (más éste que aquél) se inventan la "rebelión de los Banyamulenge" (tutsi congoleños) para, en un primer momento, arrasar los campos de refugiados situados en la frontera con Rwanda y posteriormente "liberar" el Zaire de Mobutu. Las operaciones fueron todo un éxito, aplaudido por casi todos, y Kabila -testaferro de intereses ugandeses y ruandeses- se convirtió en Presidente de la República Democrática del Congo (ex-Zaire). Parecía que Uganda y Rwanda habían alcanzado sus objetivos: sus fronteras habían aparentemente sido "limpiadas" (¡y de qué modo!) de enemigos, lo que les garantizaba la indispensable seguridad y, por añadidura, habían puesto a la cabeza de un inmenso y rico territorio, el Congo, a una persona que les debía casi todo.

Sin embargo, ya en esta época empezaron a observarse diferencias y matices entre las posiciones de Museveni y Kagame. Uganda parecía conformarse con garantizar la seguridad de sus fronteras con el Congo; Rwanda aparentaba querer más: territorios sobre los que descargar el problema de su pequeñez y de su insoportable densidad demográfica. También el factor humano entró en juego: Museveni constata que su protegido Kagame comienza a volar autónomamente y tiene objetivos propios, no coincidentes con el papel de líder regional que él (Museveni) quiere jugar en exclusiva. Estas semillas de discordia son las que probablemente han generado las discrepancias profundas, que explicarían la enemistad y guerra abierta actuales entre los hasta ahora amigos.

En julio de 1998, Kabila se deshace de un plumazo de la protección y dependencia de quienes le habían aupado al poder. La réplica de Uganda y Rwanda es contundente y el 2 de agosto comienza la "2a. liberación" del Congo. Desde esa fecha, los ejércitos de Uganda y Rwanda, apoyando cada uno de ellos a diversos y enfrentados movimientos congoleños anti-Kabila, han ido ocupando el terreno, hasta controlar casi la mitad de la República Democrática del Congo: casi dos años de enfrentamientos, muertes, destrucción y pillaje de las riquezas congoleñas. Pero el resultado no satisface a nadie: la opinión pública ugandesa y la oposición empiezan a expresarse en contra de esta guerra, que si bien enriquece a los notables del régimen, detrae dinero de los presupuestos y mata a jóvenes soldados; en Rwanda el silencio es espeso y obligado a causa del férreo control militar sobre la población y cualquier crítica, queja o disconformidad se resuelve con la cárcel o la muerte, como la del sacerdote guipuzcoano, Isidro Uzcudun, asesinado hace unos días (es difícilmente creíble la versión oficial, según la cual este asesinato es obra de delincuentes comunes); por otra parte, los objetivos pretendidos - seguridad de las fronteras, control y expansión territoriales - están lejos de ser garantizados y de ningún modo se augura un futuro apacible, antes al contrario, el terreno ha sido abonado con odios y gérmenes de futuros conflictos; eso sí, se ha "logrado" que numerosos países se involucren en la guerra y que la inestabilidad y "explosividad" de la región de los Grandes Lagos sea extrema, haciendo cada día más difícil la salida negociada.

Los inumerables acuerdos de alto el fuego anunciados y firmados han sido hasta ahora papel mojado. Los ruandeses se han caracterizado siempre por la inflexibilidad de sus posiciones y por la apuesta decidida en favor de una solución militar del problema; los movimientos de "liberación" congoleños que actúan bajo el paraguas de Rwanda siguen la misma línea. Quien desea salir del conflicto con alguna ventaja y sin dejar demasiadas plumas en el arreglo es Uganda, que no parece albergar ambiciones territoriales. Pero están de por medio también intereses económicos; es posible, por lo tanto, que los cañonazos que se intercambian ugandeses y ruandeses, además de destruir Kisangani (hasta la catedral ha sido bombardeada), no sean más que una pelea entre aves de rapiña: se disputan un apetitoso botín sobre un fondo de discrepancias políticas y estratégicas respecto del futuro de la región.

Uganda y Rwanda eran amigos y tienen un valedor común: Estados Unidos. Sus líderes, Museveni y Kagame, alcanzaron el poder, por la fuerza de las armas, con el apoyo político, diplomático y militar de los norteamericanos; recibieron el mismo apoyo incondicional para invadir el Zaire, asesinar a miles de refugiados y ocupar el Congo. Junto con los Presidentes de Etiopía y Eritrea (también antiguos amigos hoy a la greña) constituían los peones de la política norteamericana de contención del islamismo en Africa, a la vez que se depositaba en ellos una ilusoria esperanza de renovación y renacimiento africanos. Por eso, los enfrentamientos armados entre Uganda y Rwanda en Kisangani son también la expresión del fracaso de la política americana en los Grandes Lagos. No puedo menos que suscribir estas líneas de Filip Reyntjens ("La Guerre des Grands Lacs", L'Harmattan,1999): "La implicación (de los EE.UU.en los Grandes Lagos) ha generado dinámicas cuyas consecuencias sin duda no han sido medidas suficientemente por sus autores. En este caso, como a veces en otros, los Estados Unidos se han revelado como aprendices de brujo, incapaces de acompañar un proceso, cuyo control se les ha ido de las manos, con las consecuencias desastrosas que todos conocemos" .

Mientras tanto la política europea sigue brillando por su ausencia. Sigue atenazada por complejos de culpabilidad y por la parálisis. Sólo la muerte trágica de algún abnegado misionero parece conmovernos.