Inshuti
Manresa
09.10.00
El obispo Emmanuel Kataliko ha muerto. El martes de la semana pasada por la noche sufrió un infarto cuando se encontraba en Roma para participar en un simposio de Conferencias episcopales de Africa.
Emmanuel Kataliko era el sucesor en Bukavu del obispo Christophe Munzihirwa, asesinado por el FPR en 1996. Ambos han sido los hombres de la palabra en el Kivu, la zona más poblada de la mitad este de la República Democrática del Congo, ocupada por los ejércitos de Rwanda, Uganda y Burundi. Han hablado claro i esto les ha costado la vida. El obispo Kataliko había sido detenido por los ruandeses el 12 de Febrero de este año y obligado a permanecer en residencia vigilada en Butembo, alejado de su pueblo de Bukavu y obligado a callar. Su carta de Navidad había sido demasiado explícita: "Poderes extranjeros con la colaboración de algunos de nuestros hermanos congoleños organizan guerras con los recursos de nuestro país. Todo lo que tiene valor es saqueado y llevado al extranjero o simplemente destruido. Los impuestos recogidos, que tendrían que servir para el bien común, son malversados. Esta explotación es mantenida por una estrategia de terror que mantiene la inseguridad. En la ciudad, bandas armadas, frecuentemente con uniforme militar, irrumpen en nuestras casas, roban los pocos bienes que nos quedan, amenazan, secuestran e incluso matan a nuestros hermanos. Nuestros hermanos y hermanas del campo son masacrados a gran escala. Las víctimas se cuentan ya por miles y los supervivientes para salvarse están obligados a desplazarse, con todas las consecuencias que ello conlleva. Es inútil decir que, por lo que sabemos, hasta ahora no se ha realizado ninguna investigación seria para buscar a los culpables y castigarles."
El día 14 del mes pasado era liberado después de siete meses de confinamiento, sobretodo por la mala imagen que su detención proyectava a nivel internacional. Nos ha sorprendido mucho la muerte al cabo de tan pocos días de su liberación. La gente del Kivu no cree que haya muerto de un infarto y dicen que lo han envenenado, como Jean-Charles Magabe, el exgobernador del Kivu Sur, que moría el año pasado de una afección cardíaca poco después de haberse exiliado en Bélgica y haber hecho una denuncia contundente de los invasores, o como Faustin Birindwa, exPrimer Ministro, que se exilió e hizo una denuncia en el mismo sentido. Se sospecha de veneno suministrado a pequeñas dosis y que fuera debilitando el cuerpo de Kataliko durante los siete meses de arresto, o bien de veneno que causa el efecto al cabo de un tiempo de su ingestión. Se ha insistido en la autopsia pero se teme que no se publique el resultado en casos de asesinato para evitar una explosión en Bukavu, vista la tensión extrema que se respira. Un despacho de la agencia MISNA habla de otro tipo de veneno: "Su corazón estaba muy debilitado por todos los venenos que sus enemigos le habían obligado a beber: humillaciones, exacciones, vejaciones". Ya sea de una forma o de otra, su muerte no puede desvincularse de la resistencia que opuso a los invasores y de los ataques que recibió por parte de ellos.
La Iglesia de Bukavu ha hecho una llamada a guardar el luto y mantener la calma, cosa que hasta ahora ha sido respetada, excepto algunos incidentes el primer día que se supo la noticia en que murieron dos jovenes. Bukavu es una ciudad muerta: comercios, mercados, escuelas, todo está cerrado. La opresión extrema que sufre la población desde hace dos años puede estallar después del entierro del obispo esta semana.
Ahora su carta de la pasada Navidad, que le costó la detención y el martirio, permanece como el testimonio más claro de su entrega por el pueblo, y resuenan claras las palabras de su última carta pastoral del que algunos califican como obispo de la liberación africano: "Jesús tuvo que ver como aumentaba el odio hacia él, sobretodo por parte de las autoridades religiosas que veían tambalearse la seguridad del edificio de su Templo y su fe. A sus ojos, la forma que tenía de vivir y orar, su libertad en relación a los poderes establecidos, su combate en favor de los pobres y marginados se había hecho insoportable. En resumen, su forma de dar testimonio de Dios podía provocar disturbios y peligro de desencadenar una severa intervención del ejército romano de ocupación. Ya sabeis la continuación: era necesario deshacerse del agitador, del que molestaba".