Un símbolo de la resistencia en los Grandes Lagos


Ramón Arozarena
16.02.00


Una de las acusaciones a la Iglesia jerárquica más frecuentes a lo largo de la historia ha sido su hábil capacidad para adaptarse al poder de turno. su docilidad y complacencia frente a los abusos de los poderosos, y hasta su omplicidad en el mantenimiento de situaciones injustas. No es mi intención polemizar sobre esta cuestión, porque la pertinencia de estas acusaciones, me parece, salta a la vista; como saltan también a la vista las espléndidas excepciones que bien merecen ponerse de relieve, ahora que frente a la realidad se echa en falta la rebeliòn y la resistencia.

En algunos países del Sur, esa inmensa zona "desaparecida", donde la guerra va arrasando riquezas y hombres, el Obispo se convierte a veces en la única voz que grita, reclama, en nombre de sus conciudadanos, aplastados y silenciados. Su voz no suele oirse en los órganos oficiales del pensamiento crítico, que siempre han desconfiado de las sotanas. Es el caso de Mons. Emmanuel KATALIKO, Arzobispo de Bukavu (Kivu-Sur, Rep. Dem. del Congo). El 12 de febrero, regresaba de la capital Kinshasa, donde había participado en una reunión de Obispos. No dejaron que el avión en que viajaba aterrizara en Bukavu; lo hizo en Goma, desde donde el Arzobispo fue conducido por la fuerza a Butembo. Las autoridades del Kivu-Sur, territorio congoleño ocupado militarmente por Rwanda, le han declarado "persona non-grata". Efestivamente, Rwanda tiene más de un motivo para no quererlo, y no precisamente por la razón que aduce, a saber, que Mons. Kataliko es un incitador del odio étnico.Por el contrario, es una evidencia que la creciente animadversión de los congoleños hacia los ruandeses Tutsi no se debe a la acción episcopal sino que es fruto directo de la política de ocupación y depredación del ejército ruandés en amplios territorios del Congo. Pero, Rwanda aplica la misma fórmula que hasta ahora le ha dado buenos resultados, gracias al apoyo que encuentra para ello en influyentes medios informativos de occidente. Cualquier voz crítica o de denuncia contra las abominables prácticas del poder de Kigali es acallada con las misma réplica: el denunciante siembra la división étnica, es un revanchista y quiere ocultar y negar el genocidio Tutsi de 1994, es un "nazi tropical"; Kigali y sus "soldados sin fronteras" siguen sacando macabra rentabilidad de las atrocidades que se cometieron contra los Tutsi.

En su mensaje de Navidad de 1999, Mons. Kataliko, en un lenguaje directo y contundente, bastante alejado de la habitual retórica episcopal, denunciaba los abusos del poder ruandés sobre un pueblo congoleño martirizado, reclamaba justicia, respeto a la dignidad humana y libertad. Éste es el motivo real de su confinamiento en Butembo. Sin embargo, el Arzobispo de Bukavu no hace sino describir la realidad. No duda en comparar la situación actual con las sufridas por la humanidad en otras épocas históricas de esclavitud, sometimiento y crueldad. Muchos congoleños han perdido casas y tierras; otros han sido asesinados y miles han sido obligados a desplazarse; la mayoría vive en condiciones miserables, inhumanas. Con la desolación material ha llegado la degradación moral : el odio, la venganza, los ajustes de cuentas, la delación, la corrupción. Los inmensos recursos del Congo, que deberían servir para el desarrollo de la educación, de la sanidad, para el bienestar de los congoleños, son utilizados para financiar una agresión exterior y causar la destrucción y la muerte de los propietarios de esas riquezas. El breve mensaje mavideño termina con un llamamiento a resolver los conflictos excluyendo la fuerza y la violencia y con la renovaciòn del compromiso del Arzobispo en su defensa de los oprimidos, "hasta la sangre".

No deja de causar cierto temblor este "hasta la sangre", que lejos de ser un recurso oratorio hueco, puede significar la profecía de un futuro cierto para Mons. Kataliko. Su antecesor, Mons. Christophe MUNSIHIRWA, fue asesinado el 29.10.96, en el primer capítulo de esta toma del Kivu-Sur por Rwanda. Tampoco la vida de los Obispos vale un duro en los Grandes Lagos. Como los saqueos, las masacres de gentes sencillas, los asesinatos de personalidades, apenas conmueven a la opinión pública occidental ni hacen reaccionar a los Gobiernos, los agresores sienten que se les da luz verde para cometer cualquier tropelía. Parece una evidencia que el poder actual en Kigali (Rwanda) considera a la Iglesia como un foco de oposición o contrapoder. No duda en señalarla como inspiradora del etnismo y por ende responsable del genocidio Tutsi de 1994. Tres Obispos fueron asesinados en junio de 1994; otro, desapareció cuando retornaba a Rwanda a finales del 96. Actualmente, un Obispo, el de Gikongoro, está encarcelado y está siendo juzgado. Mons. Kataliko, hace ya varios meses, cuando se produjo la detención del Obispo de Gikongoro, juzgó este hecho como una persecución en toda regla que pretendía alcanzar un doble objetivo: acallar las voces críticas e independientes y quebrar la única institución que, junto con el poder consuetudinario, articulaba a la sociedad. También los jefes tradicionales (los bami) del Congo han sido anulados y humillados por los nuevos poderes (en algunos casos, estos "bami" fueron obligados a ser porteadores de los soldados ocupantes). Ignoro si esta hipótesis es la acertada. Lo que es evidente es que Mons. Kataliko ha hecho muchos méritos para ser declarado por Rwanda "persona non-grata", porque es el símbolo de la resistencia a la ocupación y explotación de su país. No es impensable que ello le cueste la vida.