Joan Carrero y Joan Casòliva
Diari Avui
Barcelona
22.01.01
La primera sensación que nos produce la noticia del atentado contra el presidente Kabila es la sensación de lo déjà vu: Unas negociaciones (antes del 94 entre ruandeses en Arusha, ahora en Lusaka para el conflicto de la RD del Congo) que confunden y dividen a los grupos mayoritarios frente a una poderosa minoría que, protegida por grandes lobbies y potencias internacionales, avanza entretanto rápidamente por la fuerza de las armas, en medio de ese río revuelto, hacia el control absoluto del poder. Unas negociaciones de las que, como mínimo, se puede decir que (como en el caso de Burundi) no han logrado, durante muchos años hasta el día de hoy, casi ningún avance relevante, mientras una minoría extremista continúa controlando todos los resortes del poder. Un presidente no tutsi que es el principal factor de cohesión de un pueblo y que además no se pliega a las pretensiones totalitarias de una pequeña minoría extremista dentro de la ya de por sí minoritaria etnia tutsi. Un atentado que hace desaparecer de la escena a ese presidente que goza del apoyo mayoritario de la población, etc. etc. Laurent Desiré Kabila es ya el cuarto presidente que, en tales circunstancias, desaparece en los últimos siete años en el Africa de los Grandes Lagos.
Por otra parte, la figura Kabila no es en absoluto comparable a la de los tres presidentes hutus anteriormente asesinados: los burundeses Melchior Ndadaye y Ciprian Ntarymira y el ruandés Juvenal Habyarimana. La figura de Ndadaye, por ejemplo, reviste características casi míticas comparables a las del latinoamericano Salvador Allende. Kabila, por el contrario, era responsable incluso de genocidio, al menos responsable pasivo. En un primer momento se le adjudicó el rol de lider de la Alianza que supuestamente "liberaría" el Zaire de Mobutu pero que, en realidad, cometería un gran genocidio cuyas víctimas fueron cientos de miles de refugiados civiles hutus indefensos.
Más tarde, aprovechando esta posición en la que lo había colocado una poderosa propaganda mediática internacional, se atrevió a asumir realmente las riendas del poder del gigante Zaire, rebautizado como República Democrática del Congo. Se arriesgó a hacer aquello que era impensable para los llamados "hutus de servicio", es decir aquellos hutus que ocupando cargos de tanta trascendencia como la misma presidencia de Rwanda no eran sino títeres con los que se pretendía limpiar la imagen de los excluyentes lobbies tutsis que habían logrado el poder absoluto. Pero su ambición, seguramente, le impidió medir con objetividad la magnitud de los poderes de los que se desligaba y a los que, por tanto, se enfrentaba. El apoyo de muchos de los países vecinos le salvó reiteradamente, alguna vez in extremis, de ser destruido por sus antiguos aliados, los ejércitos tutsis de Rwanda, Burundi (casi monoetnicos) y Uganda (himas-tutsis en un 80% de la cúpula militar). Finalmente ha sufrido un previsible atentado, que nuevamente nos recuerda aquello de que "el que a espada mata a espada muere".
Si tras este atentado están los mismos actores que tras los tres anteriores y si siguen aplicando el mismo esquema de confusión y propaganda, es previsible que en los próximos días oigamos y leamos lo de siempre: los responsables del atentado son algunos de los "suyos", gente de su propio entorno. Pero no debemos caer en la trampa de confundir al mercenario ejecutor con los responsables últimos del atentado. En abril del 94, tras el atentado que derribó el avión presidencial y que acabó con las vidas de los presidentes de Rwanda y Burundi dando inicio a las grandes masacres de aquel año, se consiguió imponer la versión de que los responsables de éste eran gentes del mismo entorno del presidente ruandés. Hoy tal versión es ya insostenible. Las divisiones internas del FPR ruandés, las revelaciones de algunos miembros relevantes de esta organización, las conclusiones del investigador de la ONU Michael Hourigan, son concluyentes. El juez antiterrorista Jean-Paul Bruguière tiene ya las pruebas de que el atentado fue ejecutado por un comando tutsi (el mismo que asesinó a la manresana Flors Sirera y a sus otros dos compañeros de Médicos del mundo), por orden del actual presidente de Rwanda, Paul Kagame, y probablemente con el apoyo norteamericano, según informa Wayne Madsen, un investigador de los Estados Unidos especializado en publicaciones sobre la Agencia Nacional de Seguridad de su país. Se espera que Bruguière firme la orden de búsqueda y captura contra los máximos responsables de todo este asunto. La causa fue iniciada a petición de la viuda de uno de los tres militares franceses que también fallecieron en el atentado. Ahora, con más perspectiva histórica, el uso reiterado de la misma farsa hace ésta cada vez menos creíble, más obsoleta.
Tras esta mirada retrospectiva, y para comprender mejor el presente, es importante hacer una pregunta con proyección de futuro. Como en todo crimen la cuestión clave es ésta: ¿a quien puede beneficiar? Es evidente que Kabila era el mayor obstáculo para esa partición de la RD del Congo tan buscada por aquellos que no tienen otro objetivo que el de expoliar todos sus enormes recursos en el más corto plazo posible, con las máximas facilidades posibles y al coste humano que sea necesario. Los ejércitos invasores tutsis son detestados por todo congoleño y su expulsión es el mayor y más unánime anhelo en la RD del Congo. Sin embargo, en estas últimas semanas había surgido con fuerza entre los mismos congoleños, aunque seguramente provocada desde el exterior, la llamada tercera vía. Sus defensores han intentado convencer a todo el que han podido de una tesis que para otros muchos no ha sido más que otra nueva trampa. Según ella, para alcanzar esta expulsión de los invasores, era necesario acabar antes con Kabila. Posiblemente el atentado no ha sido algo totalmente ajeno a este nuevo acoso al presidente Kabila.
La desaparición de Kabila puede agrandar las divisiones entre congoleños, convirtiéndolas en un abismo insuperable. Kabila es de Katanga, al sur de la RD del Congo, y ahora los militares ruandeses atribuyen su asesinato a militares de la provincia del Kivu, en el este, con lo cual se pretende crear un conflicto entre ambas provincias, que hasta ahora han formado un frente común. Si así fuese, a los aguerridos lobbies tutsis y a sus aliados del exterior les habría funcionado bien, una vez más, la estrategia de dividir para vencer. Esperemos que el demonio del regionalismo, que, aunque menos feroz que el de el etnicismo, tanta muerte y dolor ha producido ya en el Africa de los Grandes Lagos, no despierte ahora en una RD del Congo sin Kabila. Habría que sumar nuevas fracturas a las tristemente ya existentes entre bahutus burundeses y ruandeses y entre regiones de ambos países. Seguramente nunca ha existido en el Africa de los Grandes Lagos una solución que no sea global, pero mucho menos existe ahora tras las reiteradas invasiones del exZaire. Los acuerdos a los que pueda llegar en Arhusa la mayoría democrática del Burundi con la dictadura de Buyoya no les servirán de gran cosa a los cientos de miles de congoleños que están muriendo en estos últimos meses, mientras los EUA sigan apoyando a los poderosísimos ejércitos de Uganda y Rwanda.
Para finalizar, como ciudadanos de la Unión Europea y miembros de la llamada "comunidad internacional", queremos referirnos a nuestras propias responsabilidades en esta gran tragedia. La UE está volcando grandes ayudas financieras sobre estos países invasores, gobernados por dictaduras responsables de genocidio. Francia por su parte, bilateralmente, ha apoyado en Burundi durante estos últimos años la dictadura de Buyoya. Pero las más graves responsabilidades en este cataclismo humanitario que en esta última década ha zarandeado aquella región africana, corresponden sobre todo a los EUA. Sobre el territorio africano han apoyado enérgicamente las sucesivas invasiones. Y en las grandes instituciones internacionales como la ONU, "domesticadas" y controladas, ha bloqueado intervenciones humanitarias, investigaciones y resoluciones, que hubiesen podido salvar la vida de millones de seres humanos. Hace 10 años que, invocando la intangibilidad de las fronteras internacionales se montaba en el Golfo Pérsico el mayor despliegue militar del último medio siglo. Por las mismas fechas, en octubre de 1990, con la invasión de Rwanda, se iniciaba una gran (aunque aún encubierta) operación que tenía por objetivo último la partición del Zaire. Ahora el azar ha querido que Kabila fuese asesinado en la vigilia de la celebración del 40 aniversario del asesinato del líder congoleño Patrice Lumumba, fuertemente opuesto a los intereses norteamericanos y belgas en el Congo.