Burundi: ¿puede aún tener lugar el humor en el alma burundesa? Una pequeña historia de la Inquisición y los inquisidores


Kamwenubusa Prosper
31.03.00

 

Quien ansía descubrir en este relato la noticia de última hora, le aconsejaría que cerrara la página. En efecto, a menudo uno está preocupado de dar con la noticia decisiva para el cambio de nuestra historia hasta tal punto que llega a enfadarse consigo mismo después de cambiar las emisoras, canales de TV y páginas web sin por lo tanto lograr su objetivo. Ante este ritmo frenético, y cada vez más acelerado, conviene de vez en cuando tomar pausa, no ceder a la presión de lo dramático que es la situación en Burundi y dar cabida al humor a nuestras preocupaciones. Aquí el humor se entiende como cualquier otro relato de entretenimiento o de pensamiento débil, leído o escuchado de forma relajada sin necesidad de quemarse los nervios. Para este genero de lectura puede ser conveniente un poema sobre el amor o sobre la naturaleza o una pequeña fábula de la Inquisición y de los inquisidores como ésta que voy a narrar.

Había un muchacho de catorce años que vivía en una aldea lejana del centro comercial y religioso. Cada semana se dirigía hacia al centro para cumplir con las obligaciones familiares vendiendo un puñado de especias para luego comprar unos gramos de sal para sazonar la comida. También iba al centro para cumplir con las obligaciones religiosas del rezo dominical y recibir las instrucciones correspondientes.

Allá detrás del monte, en su pueblo, la tradición que había recibido de sus abuelos, padres y vecinos le advertía de tener cuidado con ciertas personas y ciertos lugares que tienen unos poderes especiales: los brujos o brujas y los lugares embrujados. En todo esto, el muchacho no dejaba de preguntarse realmente por qué tal persona o tal lugar había sido elegido para ser odiado.

En su abertura a otras culturas, como resultado de la instrucción que recibía de aquel centro, que para él encarnaba lo novedoso, supo que en Occidente, hace más de un siglo, los brujos o brujas, fueron perseguidos y que, mediante un juicio severo, eran condenados a la hoguera. Este tipo de proceso, llamado Inquisición, le llamaba la atención de forma que se preguntaba con inquietud cuál era la personalidad de los inquisidores. La pregunta no era baladí porque el muchacho había crecido en medio de brujos o brujas y de lugares embrujados llegando incluso a apostar por una existencia de un equilibrio natural. Su preocupación ante el desajuste de la condena a la pena capital de brujos y brujas por los inquisidores y la relativa paz con que gozaban en su pueblo los brujos y brujas le llevó a dudar del sentido de aquella persecución. En realidad, tenía razón porque era evidente que los supuestos brujos y brujas nunca habían sido exterminados como pretendían sus verdugos; al contrario, los inquisidores se dieron cuenta de su exceso y se arrepintieron.

Pero, como esta experiencia había marcado fuertemente al muchacho, se quedó atento a cualquier otra forma que podía perpetuar el sistema de los inquisidores. Creyó ver en aquellos que censuraban sus compatriotas por sus ideas distintas como nuevos inquisidores. Tenía dudas, muchas dudas, para identificar a los dirigentes del partido único en su aldea, en su región incluso en todo el país como los verdaderos inquisidores. Estos dirigentes trataban como brujos o brujas, siguiendo el esquema occidental para con los brujos y brujas, al que no asistía a las reuniones oficiales del partido, al que pronunciaba las palabras prohibidas como justicia, libertad, igualdad, democracia, un hombre y un voto. La hoguera, esta vez, había sido sustituida por una fosa común o por un río en el que el desgraciado era arrojado.

Madurado por la experiencia, el muchacho se preguntaba insistentemente: ¿el brujo o la bruja, realmente lo es? ¿Será por su fisonomía fea, por sus vestimentas sucias o por haber nacido en el campo que se ha convertido en brujo o bruja? ¿No será, por el contrario, la maldad de los inquisidores la que rompe el equilibrio natural de las relaciones humanas?

Horrorizado, el muchacho se interrogaba: ¿qué derecho tiene el inquisidor a perseguir al supuesto brujo o bruja? ¿Por qué le cree tal? Infinitamente, nuestro muchacho insistía: ¿por qué el inquisidor en Burundi no se arrepiente nunca? ¿Cuándo renunciará a este sistema que en otros lugares se califica de aberrante? A falta de claridad en las respuestas a estos interrogantes, el muchacho se decía que de todos modos hay un elemento extraño en esta situación: el hecho de que algunos supuestos brujos o brujas parecen asumir la condición que les ha sido impuesta, resignarse sin más y estar dispuesto a dejarse llevar. Quien tenga oídos para oír, que oiga. [= Si je nohahera, en Kirundi]