Si hay una palabra que hoy en día está en la mente de todos los burundeses y que se puede escuchar en cualquier discurso oficial como coloquial es el término "extremista". Ante este fenómeno es muy difícil saber si este término no ha perdido su significado; pero lo cierto es que sirve de arma coactiva para censurar las opiniones de los contrarios y tratar de infundirles miedo para que se autocensuren. Veamos siquiera brevemente la amplitud de este fenómeno, el peligro que representa y sus consecuencias negativas en la construcción del país.
Partiendo de la fatídica división de los burundeses en etnias enfrentadas entre Hutu y Tutsi, la calificación de extremista está en los labios de casi cualquiera para referirse al miembro que no sea de su grupo. Evidentemente, como lo vio nítidamente el ilustre Sartre, el enemigo es otro. Desde el poder, todo es moderación, inocencia, víctima. El extremista viene a ser cualquier crítico hasta el que se calla porque su silencio incomoda. El término extremista en este caso recoge una gama de matices que finalmente acaba por arrojar a todos los que no comulgan con las tesis del que lo maneja en el saco del extremismo. En el Kirundi, la lengua nativa del país, casi no se sabe cuantas expresiones se han acuñado desde las instancias oficiales para referirse al extremista. Para la inmensa mayoría de los burundeses, antes de abrir la boca, el estómago se congestiona a falta de términos limpios para no ser considerado por el interlocutor de extremista. Muchos temen denunciar los campos de concentración porque enseguida serán visto como simpatizantes de los terroristas. Muchos temen denunciar la inmoralidad de los gobernantes que siembran las cizañas en los ciudadanos al mismo tiempo que saquean el país para alimentar guerras interna (contra los demócratas) y externa (la invasión de la República Democrática de Congo) porque serán tratados de antipatriotas. Para salir de este impase y dejar en paz al pueblo burundés, es decir dejarlo vivir en libertad de expresión y de opinión y la libertad de optar por la vida que considere digna del ser humano, no parece ni siquiera suficiente la necesidad de un árbitro porque su labor se ve anulada por la intoxicación y el absolutismo de que únicamente los extremistas son de antemano conocidos y al respecto no hay nada que discutir. Esta obstinación dista mucho del anhelo que tiene el pueblo a que las negociaciones de Arusha (Tanzania), que reúne la mayoría de los partidos políticos del país, lleguen a buen término. Y esto se puede comprobar por el avance prácticamente inexistente desde hace más de un año que estas negociaciones comenzaron. Se sospecha que alguien está interesado en mantener el statu quo con la consecuencia de que la gente sigue muriendo, otros toman el camino del exilio y otros se pudren en los campos de concentración.
El peligro de este fantasma del extremista es a todas luces evidente: el hundimiento de una sociedad, la desesperación del pueblo, el futuro que se vuelve incierto a pesar de las típicas e ilusorias felicitaciones del Año Nuevo mientras los oportunistas se llevan el trofeo: del moribundo siempre se puede sacar algo, dicen. A fuerza de percibir constantemente la situación de Burundi en clave de extremismo, el mundo parece haber terminado confundiendo el trigo y la cizaña. ¿Por qué no se atienden a los hechos y dejen de especular sobre teorías simplificadoras de los buenos y malos? ¿Acaso existe extremistas y no existen delitos? ¿Es algo banal e indiferente que un país tan pobre sin recursos económicos suficientes tenga más de treinta años de guerra civil con más de medio millón de muertos y más de un millón de refugiados en la actualidad sin que los responsables sean perseguidos internacionalmente como autores de crimen contra la humanidad? ¿Puede explicarse que el mundo o los países desarrollados o con democracia consolidada no le interese esta barbarie alegando que esto es un asunto de extremistas y que además es propio de los primitivos actuar fuera de toda norma civilizada? ¿Acaso los Derechos Humanos no pueden reclamarse dentro de este pequeño país por cualquiera que se siente ultrajado por la inhumanidad de los hechos? ¿Quién mató en 1993 al presidente Ndadaye elegido democráticamente? ¿Quién se ha complacido desde los años sesenta con la política de exclusión? ¿Quién con las armas quiere someter como un iluminado a todo el pueblo a sus dogmas aunque los llame progreso, unidad y desarrollo? Las preguntas pueden formularse hasta el infinito. Para no cansarse, conviene resumirlas en esta: ¿es hacerse extremista reclamar justicia? En la concreta situación de Burundi, se puede conocer con certeza quien es o no es extremista si y solamente si se atiene al concepto de justicia. Lo demás es propaganda, racionalización y proyección. El que niega la justicia a la mayoría de los burundeses, el que mata impunemente, éste sí es un extremista. El que le apoya o se complace con su discurso dejándose caer por sus encantos es que ni es amigo de los burundeses ni de la humanidad porque de alguna manera contribuye al triunfo de la Injusticia con mayúscula. Respecto a esto, convendría repasar y preguntar a algunos estados democráticos que apoyan a presuntos delincuentes instalados en el poder en Burundi desde qué criterios hacen semejantes pactos con el diablo: ¿será por criterios estratégicos, coyunturales, del mal menor? Que se me permitan decir que esta ambigüedad es el lado oscuro de las democracias modernas que por un lado adoran a sus santos defendiendo a capa y espada la democracia en sus países pero que por otro ofrecen vidas humanas a los altares de los Diablos permitiendo la impunidad sempiterna en países que han firmado la Declaración Universal de los Derechos del Hombre como el Burundi.
Para terminar esta reflexión, conviene recordar que la idea del "extremista" se maneja frecuentemente en la situación actual de Burundi. Adherirse a ella tiene consecuencias negativas enormes: su efecto coactivo de censura y de autocensura. También condena al pueblo entero a vivir constantemente a la merced de los antagonismos y a ignorar cuando podrá soñar un futuro mejor, un futuro de libertad en una país donde los derechos no se otorgan sino se reconocen, se protegen y se favorecen.