CONGRESO RUANDÉS DE CANADÁ

Comunicado de prensa

Después de tres años de guerra civil sobre un fondo de revueltas de crecimiento "multipartidista", el atentado del 6 de abril de 1994 hace bascular Rwanda en el horror del genocidio y otros crímenes de guerra. Diez años después, justicia, verdad y democracia dejan todavía que desear.

Montreal, 25 de marzo de 2004. En nombre de sus miembros, agrupados en el seno de las asociaciones ARM (Montreal), AMIRWAQ (Québec), CIRO (Outaouais), el Congreso Rwandés de Canadá se inclina ante la memoria de todas las víctimas del genocidio rwandés, del que la humanidad entera conmemora el décimo aniversario en este mes de abril de 2004. En la primavera de 1994, centenares de miles de rwandeses conocieron un fin atroz, perseguidos, algunos, sencillamente por no haber sido identificados como miembros de la buena etnia; otros por haber creído en la libre expresión democrática; otros, por fin, víctimas de una lucha ciega por el poder, de la codicia y de la perversidad de la naturaleza humana... Pero todas incrédulas y en la angustia de haber sido abandonadas por el mundo entero.

El Congreso Rwandés de Canadá expresa con el mismo aliento su simpatía a las muy numerosas víctimas que salvaron su vida, pero que siguen viviendo cada día las secuelas físicas y morales de esta tragedia, o que, como consecuencia del mismo mal, siguen soportando los trances y las frustraciones de una vida de refugiado.

El genocidio rwandés tiene ciertamente ramificaciones profundas que hay que buscar en la historia de este país. Pero sus causas inmediatas se inscriben en el conflicto armado que se inició el uno de octubre de 1990. En efecto, fue en esta fecha cuando una organización político-militar creada en los ambientes de refugiados rwandeses, el Frente Patriótico Rwandés (FPR), desencadena una invasión del país y lo sumerge en un conflicto que iba a mostrarse como uno de los más sangrientos de la historia de la humanidad. Muchos observadores, de buena fe, vieron en él una guerra justa para desbloquear la lancinante cuestión de los refugiados que desde hacía cuatro decenios se arrastraba sin solución. Pero, ahora que la perspectiva histórica ha contribuido grandemente a aclarar el horizonte, uno se percata que se trataba en realidad de una guerra por la conquista del poder político, una guerra injertada en una estrategia geopolítica de renovación de las elites políticas en África central y oriental. Además de esta afiliación decisiva, esta guerra pudo parasitar un proceso errático de democratización interna y explotar el reflejo identitario que, en Rwanda, sigue estando a flor de piel y que se lee a través del cristal de aumento de la referencia étnica.

Que no haya equívoco sobre esa cuestión: los centenares de miles de rwandeses muertos víctimas de esta tragedia murieron a manos de los rwandeses mismos o fueron empujados hacia la muerte por sus propios compatriotas rwandeses. Es importante, en consecuencia, que el pueblo rwandés en tanto que Nación, guiado por un liderazgo visionario capaz de superar el simple partidismo, sea capaz de asumir colectivamente esta responsabilidad moral primera y acepte que se castigue de manera ejemplar y sin compromiso alguno a aquellos de entre sus hijas e hijos que llevan sobre sus espaldas la responsabilidad criminal de estas fechorías. Es una condición para que Rwanda gane el reto de construir un país para todos los rwandeses.

La responsabilidad de la comunidad internacional no reside solamente en el hecho de no haber podido socorrer a poblaciones en peligro de muerte. Se sitúa también en el ámbito de responsabilidad de algunos países y de algunas instituciones internacionales que, por su apoyo diplomático, militar y financiero, así como por toda suerte de interferencias, directas o indirectas, contribuyeron a mantener el conflicto y a tensar el tejido social rwandés hasta su punto de ruptura, en 1994. En particular, la responsabilidad de Uganda, por no citar más que a este país, es tan evidente como aplastante.

Las cuentas hechas por el gobierno rwandés han establecido en 1.037.000 el número de víctimas del genocidio. Pero, por muy alarmante que sea, esta cifra no ofrece la justa medida de los daños humanos que ha sufrido el país, aunque sólo sea por el hecho de que las cuentas gubernamentales no han cubierto más que un corto segmento temporal, a saber, el año 1994, el cual, es cierto, conoció el pico de un conflicto que, se tiende a ignorar, abarca todo un decenio. El censo general del 15 de agosto de 1991 había establecido en 7,2 millones el número de habitantes de Rwanda. El mismo censo había registrado una tasa de crecimiento natural de 3,2%. Así pues, mutatis mutandis, la población ruandesa debería haber sido de alrededor de 10,5 millones el 15 de agosto de 2003. Ahora bien, las cifras desveladas por el gobierno en vísperas de las elecciones del verano pasado (2003), declaran un censo de 8,2 millones. O sea, calculando a la baja, un déficit demográfico de 2,3 millones, imputable a este conflicto. De hecho, es difícil encontrar una familia ruandesa que no esté afectada de una manera u otra por esta hecatombe.

Pero no se habrá captado la dimensión del conflicto rwandés si no se menciona sus ramificaciones en la sub-región. El conflicto rwandés, en efecto, está en el origen de las dos guerras del Congo (1995-1997 y 1998-2002), en las que las tropas del régimen rwandés han tomado una parte a menudo decisiva. Pues bien, según observadores enterados - a cuya cabeza la misma ONU - estas dos guerras han ocasionado, directa o indirectamente, la muerte de cerca de 3,5 millones de personas. El Congreso Rwandés de Canadá, en nombre de sus miembros, se une a las familias congoleñas que han perdido a los suyos en un conflicto que les cayó del cielo y cuyo alcance les supera completamente.

El conflicto rwandés habrá producido también otras dos víctimas: la Justicia y la Verdad. En efecto, diez años después, el misterio sigue siendo total sobre el acontecimiento que puso la mecha a la pólvora, a saber, el atentado fatal contra el avión que transportaba al Presidente Juvenal Habyarimana y a su colega burundés Cyprien Ntaryamira. El mecanismo de planificación del genocidio todavía no ha sido razonable y satisfactoriamente demostrado y el papel jugado por el FPR, actualmente en el poder, ha sido ocultado conscientemente. En el mismo sentido, los dos niveles de la Justicia que se ocupan de la represión de los crímenes cometidos en el transcurso de este sombrío periodo de la historia de Rwanda, a saber, los tribunales nacionales y el Tribunal Penal Internacional para Rwanda, han optado por la vía fácil de la justicia del vencedor.

En estos días de conmemoración del décimo aniversario de las masacres del 1994, ojalá los rwandeses puedan tener en sus mentes que únicamente la Verdad y la Justicia para todos constituyen prerrequisitos indispensables para una verdadera reconciliación intercomunitaria que la población hará suya encantada.

CONGRÈS RWANDAIS DU CANADA
Pierre-Claver Nkinamubanzi
Gatineau (Aylmer)
(819) 6826250