En la región de los Grandes Lagos Africanos, los grandes aliados de la administración norteamericana, LOS DICTADORES TUTSIS EXTREMISTAS DE UGANDA, RUANDA Y BURUNDI, CONTINÚAN EJECUTANDO UN GENOCIDIO DE ENORMES PROPORCIONES CONTRA SUS PROPIOS PUEBLOS, EN LOS QUE LA ETNIA HUTU ES AMPLIAMENTE MAYORITARIA, en el más absoluto vacío de informaciones e imágenes. Las estrategias usadas en estos últimos años en la conquista de los recursos y los mercados de esta región son muy semejantes a las desplegadas en Latinoamérica durante las últimas décadas, aunque perfeccionadas. Se ha "mejorado" especialmente todo lo referente al embargo de informaciones y imágenes, que están consiguiendo que sea casi absoluto. En Africa aún son posibles barbaries que ya no lo son en Latinoamérica.
Los responsables de la administración norteamericana presentan a los regímenes de Uganda y Ruanda como los dinámicos y prometedores gobiernos africanos emergentes. Sin embargo, a estas alturas ya deben ser conscientes de que la historia, una vez más, les pedirá cuentas por haber formado en sus escuelas de Fort Bragg y Fort Leavenwoth a estos genocidas (como antes había hecho en La Escuela de las Américas con los futuros dictadores latinoamericanos y otros 80.000 militares de esos países) y de haber participado en la planificación y ejecución de sus "rebeliones", que más bien pueden ser consideradas invasiones en toda regla. Estos "prometedores" líderes, al igual que Pinochet, Videla, etc., son verdaderos nazis. Con la imprudente prepotencia propia de todo nazi, se permiten hacer declaraciones como ésta de Museveni el 4.4.97: "Mi misión es la de encargarme de que Eritrea, Etiopía, Sudán, Uganda, Kenia, Tanzania, Ruanda, Burundi y Zaire lleguen a ser Estados federales bajo una sola nación....Lo que Hitler hizo para unificar Alemania, lo hemos de hacer también aquí. Hitler era un tipo inteligente". Su genocidio lleva camino de igualar al de su admirado ídolo.
Desde hace unos años la administración norteamericana tiene un proyecto bien elaborado para garantizarse, sobre todo, el acceso a los recursos mineros de la región. Para asegurar su ejecución la administración norteamericana eligió como gendarmes africanos a un extremista lobby de la etnia tutsi, los ha formado y los ha asistido en las conquistas de Ruanda y Zaire. Y en el ámbito internacional los ha protegido diplomática y mediáticamente, logrando que sus desmanes sean olvidados. Este proyecto ha sido definitivamente consagrado en 1997, en la cumbre del G-7 en Denver. El Congressional Blak Caucus, un grupo de representantes negros del Congreso norteamericano, ha calificado esta cumbre de "segunda Conferencia de Berlín". También ha sido en ella en donde Francia y los EEUU han acordado una política común, dejando aparte sus diferencias.
Al gran "obstáculo" que para este proyecto es la gran masa de la población, organizada en grupos políticos y armados, se ha añadido el "inconveniente" de que Kabila parece alejarse cada vez más de la órbita norteamericana. Es por ello que se le intenta adjudicar ahora el genocidio de los refugiados hutus en Zaire, genocidio que en realidad cometieron los elementos tutsis de la Alianza que "liberó" este país y cuya realidad fue durante año y medio reiteradamente negada. Pero la posición de Kabila se ha visto recientemente fortalecida por el apoyo militar que acaba de recibir de otros países de la región.
Desde esta versión oficial no importa que durante siglos la aristocracia tutsi haya esclavizado y asesinado a sus pueblos. No importa que el FPR haya iniciado en 1990 una terrible invasión que, con el apoyo de Uganda y EEUU principalmente, ocasionó incontables matanzas y un millón de desplazados y refugiados. Que en los meses previos al estallido del 94 se haya asesinado a tres presidentes hutus. Que el mismo genocidio del 94 no haya estado dirigido sólo hacia los tutsis, sino hacia todos los oponentes. Que, ya el mismo 7 de abril, los tres batallones del FPR en Kigali iniciaran sus masacres. Que incluso entre los genocidas interahamwe hubiese cabecillas tutsis. Que haya suficientes indicios y testimonios de que el FPR necesitaba que la minoría tutsi, en la que se escuda, apareciese ante el mundo como la gran víctima, para lograr así la "burundización" del conflicto ruandés. (En 1972 en Burundi, bajo la presidencia del tutsi Micombero, el Plan Simbananiye proyectó la eliminación de miembros de su misma etnia, en una supuesta operación hutu de desestabilización, para justificar el asesinato masivo de hutus, especialmente de las élites. Se calcula que fueron masacrados 300.000 de ellos en menos de tres meses, con la activa colaboración de decenas de refugiados tutsis ruandeses). Nada de esto importa.
Es importante no caer en la trampa de identificar a los tutsis en general con esa élite extremista tutsi que es el FPR, que hoy controla todo el poder en Ruanda. Elite que desde luego no fue víctima en el genocidio del 94, sino más bien corresponsable, como mínimo, de éste. Y que después del 94 es la ejecutora de un sistemático y ocultado genocidio, que ya ha superado en mucho a aquel. En el la gran víctima es la etnia hutu, compuesta por millones de seres humanos, que no parece se puedan liberar ya de ese estigma colectivo de "genocidas", aunque sólo una insignificante minoría extremista sea realmente culpable. El obispo Munzihirwa, al igual que monseñor Romero, tres días antes de ser asesinado clamaba: "Pedimos a los lobbys tutsis que dirigen Ruanda y Burundi que dejen de organizar la desinformación a fin de engañar a la opinión internacional".
Por otra parte no todos los anteriores gobiernos en la región eran ni mucho menos dictaduras corruptas y asesinas como la de Mobutu. En Burundi miles de intachables demócratas hutus han sido vilmente asesinados por los extremistas tutsis golpistas. Los presidentes Ndadaye y Ntaryamira fueron los más significativos. En Ruanda al régimen de Habyarimana, también asesinado, se le han adjudicado todo tipo de corrupciones y crímenes. Cuando en la misma EEUU se asesina a presidentes, cuando el Pentágono y la CIA escapan sistemáticamente de todo control democrático y actúan como verdaderas organizaciones terroristas que violan la soberanía de otros países, ¿qué autoridad moral tiene el gobierno de este país para dictaminar cuales son malos o buenos gobiernos e intervenir militarmente de modo encubierto o descarado, no ya en misiones humanitarias en favor de miles de civiles indefensos, sino directamente en la política interna de estos países? Y en el mismo Zaire la "rebelión" no sólo acabó con el dictador Mobutu, sino también con los incipientes procesos democráticos tan arduamente construidos por los partidos de la oposición. Ni antes a los gobiernos europeos, ni ahora al norteamericano, les han interesado pueblos africanos políticamente maduros, dueños de sus propios destinos y de sus propios recursos. Si se hubiese apoyado a la sociedad civil, que en estos países lucha, con frecuencia heroicamente, por tomar las riendas de su propio destino, con la mitad de aportaciones financieras, logísticas, etc. que se han ofrecido a los dictadores, el respeto a los derechos humanos y la misma democracia en la región hoy no sería un futurible horizonte lejano.
No hay más solución definitiva que la democracia. Por más que continuamente se emitan mensajes en el sentido de que la democracia no es para el continente africano, dada -según dicen- la particular estructura de sus sociedades, lo cierto es que jamás será posible la paz y la estabilidad en esta región sin que desaparezca la exclusión de esa inmensa mayoría que es la etnia hutu. Los dictadores tutsis lo saben muy bien. De ahí que una tan masiva eliminación de hutus, como la que se está haciendo en los últimos años, nos lleve a sospechar a muchos que el objetivo último de ella es el mismo que pretendía en el 72 el Plan Simbananiye, convertir la actual mayoría hutu -que hasta hace poco era el 85%- en una minoría. Pero después de que esta mayoría hutu ha detentado ya el poder, el retorno a la antigua esclavitud no será posible o sólo lo será por medio de los más brutales y expeditivos métodos. A pesar de la constante eliminación masiva y selectiva de los hutus, los movimientos de oposición política y armada son aún muy activos. Si se está creando un fuerte odio étnico y si a la misma etnia tutsi se la está poniendo en una situación de grave riesgo, los máximos responsables son los excesos de los extremistas tutsis y los cortos horizontes del beneficio inmediato que mueven a los poderes económicos a ellos aliados. Existen aún por el contrario, pese al asesinato de muchos de ellos, líderes moderados hutus capaces de asegurar el respeto a las minorías. La experiencia de Sudáfrica ha puesto en evidencia que con el fin del apartheid no tiene por que venir el caos, sino una mayor estabilidad. Finalmente la gran cuestión, intocable para los dictadores tutsis, es su absoluto control del ejército. Pero la democracia jamás será posible con unos ejércitos que no lo son del país, ni tan siquiera de la etnia minoritaria, sino de un pequeño y poderoso lobby . El presidente Ndadaye fue asesinado en el mismo momento en que pretendió dar a los hutus alguna participación significativa en el ejército. Y el otro gravísimo problema es el de una justicia totalmente parcial. Incluso el mismo Tribunal Penal Internacional de Arusha es, sencillamente, el tribunal de los vencedores. Impuesto por una resolución del Consejo de seguridad de la ONU, no fue constituido por voto de la Asamblea General. Quedan excluidos de su competencia todos los crímenes contra la humanidad y el genocidio perpetrados por el FPR y denunciados, entre otros, por el informe Gersony y Garretón, ambos de la ONU.
Nos enfrentamos a un problema fundamentalmente político, ante el que las ayudas humanitarias, asistenciales o al desarrollo, o incluso las meras denuncias de las violaciones de los derechos humanos que evitan referirse a las motivaciones económicas y políticas últimas, no sólo son insuficientes, sino que tienden a convertirse en un analgésico que distrae a la opinión pública mientras el cáncer sigue avanzando inexorablemente. O lo que es peor, pueden convertirse en apoyo económico y reconocimiento internacional a dictaduras genocidas. En las próximas semanas decidiremos qué acciones vamos a emprender. Por ahora nos limitamos a dar la máxima difusión a esta campaña y a comprobar quienes y cuantos somos los que estamos dispuesto a trabajar en ella. Si Vds. desean participar de algún modo, rogamos se dirijan a alguna de las siguientes direcciones:
Inshuti (casbar@minorisa.es).
Fundación S´Olivar (vmascaro@pangea.org).