Arundhati Roy
El Mundo
Madrid
26.10.01
Cuando más espesas se hacían las tinieblas sobre Afganistán, en la noche del domingo 7 de octubre del año 2001, el Gobierno de EEUU, con el apoyo de la coalición internacional contra el terrorismo (ese novedoso y más dócil sucedáneo de las Naciones Unidas), desencadenaba una serie de ataques aéreos contra Afganistán. Las emisoras de televisión se recreaban en imágenes, creadas mediante ordenador, de misiles de crucero, de bombarderos fantasma, de tomahawks, de proyectiles antirrefugio y de bombas Mark 82. De un extremo a otro del mundo, los niños contemplaban el espectáculo con unos ojos como platos y se olvidaban de reclamar nuevos videojuegos. A la ONU, reducida en aquellos momentos a unas siglas inservibles, ni siquiera se le solicitó su conformidad para lanzar los ataques aéreos. Y una pensó entonces en lo que afirmó Madeleine Albright en cierta ocasión: «EEUU actúa conjuntamente con los demás cuando eso es posible y unilateralmente cuando no queda otro remedio».
No existe nada que pueda disculpar o justificar un solo acto de terrorismo, ya sea cometido por integristas religiosos, por milicias privadas o por movimientos de resistencia popular; pero tampoco si un gobierno reconocido lo disfraza de guerra en aplicación de un justo castigo. El bombardeo de Afganistán no es una venganza por lo ocurrido en Nueva York y Washington. No se trata sino de un acto más de terrorismo contra la población del mundo. Cada inocente que caiga asesinado debe añadirse, y no restarse, al espeluznante número de víctimas civiles que murieron en Nueva York y Washington.
El pueblo no suele ganar las guerras; los gobiernos no suelen perderlas. El pueblo muere. Los gobiernos se transmutan y se reorganizan, como la hidra de las siete cabezas. Primero echan mano de las banderas para embotar la mente del pueblo y para impedirle que piense y luego, como mortajas funerarias para enterrar a los que dieron su vida por la patria. En ambos bandos, tanto en Afganistán como en EEUU, los civiles son en estos momentos rehenes de las medidas adoptadas por sus respectivos gobiernos. Sin que ellas lo sepan, las buenas gentes de ambos países tienen algo en común que les une: se ven obligados a vivir con el fenómeno de un terror ciego, impredecible. Cada haz de bombas que lanzan sobre Afganistán encuentra su reflejo en la correspondiente propagación del histerismo colectivo en Estados Unidos por miedo al ántrax, a nuevos secuestros y a otros actos terroristas.
No se ven salidas fáciles de esta vertiginosa ciénaga de terror y brutalidad que se cierne en nuestros días sobre el mundo. Ha llegado ya la hora de que la raza humana detenga por un momento esta carrera, para reflexionar profundamente en lo más hondo de la sabiduría colectiva, tanto de la antigua como de la moderna. Lo que ocurrió el 11 de Septiembre ha cambiado el mundo para siempre. Libertad, progreso, riqueza, tecnología, guerra... son palabras que han adquirido un significado diferente. Los gobiernos tienen que admitir esta transformación y aplicarse a sus nuevas tareas con un mínimo de honestidad y humildad. Desgraciadamente, al menos por lo visto hasta ahora, no se aprecia indicio alguno de introspección entre los dirigentes de la coalición internacional; ni entre los talibán.
Cuando anunció los ataques aéreos, el presidente George Bush afirmó: «Somos una nación pacífica». El embajador preferido de EEUU, Tony Blair (que también ostenta la cartera de primer ministro del Reino Unido), se hizo eco de sus palabras: «Somos un pueblo pacífico». Ahora ya lo sabemos, menos mal. Los cerdos son caballos. Las chicas son chicos. La guerra es paz.
Cuando habló en la sede central del FBI, unos pocos días más tarde, el presidente Bush dijo: «Esa es nuestra vocación. Esa es la vocación de los Estados Unidos de América, la nación más libre del mundo, una nación que se ha levantado sobre los principios fundamentales de rechazo del odio, de rechazo de la violencia, de rechazo de los asesinos y de rechazo del mal. No vamos a flaquear en nuestro empeño».
He aquí una lista de los países con los que Estados Unidos ha estado en guerra y a los que ha bombardeado desde la II Guerra Mundial: China (1945-46 y 1950-53), Corea (1950-53), Guatemala (1954, 1967-69), Indonesia (1958), Cuba (1959-60), el Congo belga (1964), Perú (1965), Laos (1964-73), Vietnam (1961-73), Camboya (1969-70), Granada (1983), Libia (1986), El Salvador (los años 80), Nicaragua (los años 80), Panamá (1989), Irak (1991-99), Bosnia (1995), Sudán (1998), Yugoslavia (1999) y, en estos momentos, Afganistán.
Por cierto que la nación más libre del mundo no flaquea en su empeño. ¿Cuáles son esas libertades que defiende? En el interior de sus fronteras, las libertades de expresión, de religión, de pensamiento; de expresión artística, de costumbres alimenticias, de preferencias sexuales (bueno, hasta cierto punto) y muchas otras cosas ejemplares, son maravillosas. Fuera de sus fronteras, la libertad de dominar, de humillar y de sojuzgar; por lo común, al servicio de la auténtica religión de Estados Unidos, el libre mercado. Por tanto, cuando el Gobierno de EEUU bautiza una guerra con los nombres de operación Justicia Infinita o de operación Libertad Duradera, por aquí, en el Tercer Mundo, empezamos a sentir escalofríos de terror. Todo se debe a que sabemos que eso de Justicia Infinita para unos, significa injusticia infinita para otros y que lo de Libertad Duradera para unos, significa sometimiento duradero para otros.
La coalición internacional contra el terrorismo es, ante todo, una camarilla de los países más ricos del mundo. Entre ellos solos, fabrican y venden casi la totalidad de las armas del mundo y están en posesión de las mayores reservas de armas de destrucción masiva, sean químicas, biológicas o nucleares. Ellos son los que han combatido en la mayoría de las guerras, los responsables de la mayoría de los casos de genocidio, de sometimiento de otros pueblos, de persecución racista y de conculcación de los derechos humanos de la Historia moderna, y los que han patrocinado, armado y financiado un incalculable número de dictadores y déspotas. Son ellos los que han sacralizado, casi divinizado, el culto a la violencia y a la guerra. A pesar de sus espantosos pecados, los talibán no les llegan a la suela del zapato.
El molde de los talibán está fundido en un crisol de detritus, a base de escombros, heroína y minas, durante los últimos coletazos de la Guerra Fría. Los más ancianos de sus cabecillas apenas si sobrepasan los 40 años. Muchos de ellos son tullidos y minusválidos; les falta un ojo, un brazo o una pierna. Crecieron en una sociedad sangrientamente marcada y devastada por la guerra. Entre la Unión soviética y EEUU lanzaron sobre Afganistán, en un período de 20 años, alrededor de 45.000 millones de dólares en armas y munición. El armamento más sofisticado fue el único factor de modernidad que se introdujo en aquella sociedad, absolutamente medieval por lo demás. Eran jóvenes, casi niños, huérfanos muchos de ellos, que se hicieron hombres en aquellos tiempos, cuyos juguetes eran las armas, que nunca conocieron la seguridad y el calor de la vida familiar, que nunca pasaron por la experiencia de la compañía femenina. Ahora que se han hecho adultos y son los que mandan, los talibán pegan, lapidan, violan y se comportan cruelmente con las mujeres; da la sensación de que no saben qué hacer con ellas. Años y años de guerra les ha privado de todo sentimiento de ternura, les ha incapacitado para toda muestra de amabilidad y compasión humanas. Bailan al seco son de las bombas que llueven a su alrededor. Han terminado por canalizar su monstruosidad contra su propio pueblo.
Con todo el respeto al que el presidente Bush es acreedor, la población mundial no tiene por qué elegir entre los talibán y el Gobierno de EEUU. Todo lo que de belleza hay en nuestra civilización, nuestro arte, nuestra música, nuestra literatura se encuentra más allá de estos dos polos ideológicos integristas. Lo que está en juego no es tanto el bien contra el mal, o el islamismo contra el cristianismo, como una cuestión de espacio: una cuestión de cómo damos cabida a la diversidad, de cómo contenemos los impulsos hacia la hegemonía; cualquier clase de hegemonía, económica, militar, lingüística, religiosa y cultural. Un mundo hegemónico es como tener un gobierno sin una oposición en condiciones. Se transforma en una especie de dictadura. Equivale a envolver al mundo con una bolsa de plástico e impedirle que respire. Al final, habrá que desgarrarla para abrirla.
Un millón y medio de afganos han perdido la vida en los 20 años de conflicto que precedieron a esta nueva guerra. Afganistán quedó reducido a escombros y, en estos momentos, esos escombros se están desmenuzando para convertirse en un polvillo aún más fino. Al segundo día de ataques aéreos, los pilotos norteamericanos volvían a sus bases sin haber soltado todo su cargamento de bombas. Tal y como puso de relieve uno de esos pilotos, Afganistán «no es un sitio en el que abunden los objetivos». En una rueda de prensa en el Pentágono, se le preguntó a Donald Rumsfeld, el secretario de Defensa norteamericano, si EEUU se había quedado sin objetivos para sus bombas. «En primer lugar, vamos a volver a disparar contra esos mismos objetivos», manifestó «y, en segundo lugar, no nos hemos quedado sin objetivos. Afganistán es... ». La frase sin rematar fue acogida con un torrente de carcajadas en la sala de prensa.
Al tercer día de bombardeos, el departamento norteamericano de Defensa proclamó orgullosamente que «se ha conseguido la supremacía aérea en Afganistán» (¿qué querían decir con eso, que habían destruido dos o 16 aviones de Afganistán?).
En el territorio de Afganistán, la Alianza del Norte el enemigo de los talibán de toda la vida y, por tanto, el amigo que acaba de hacer la coalición internacional sigue adelante en su ofensiva para apoderarse de Kabul (por cierto, conviene saber que el historial de la Alianza del Norte no difiere mucho del de los talibán aunque, por el momento, y puesto que resulta algo contraproducente, hay que pasar un poco por encima de este detalle). El jefe visible, moderado, aceptable de la Alianza, Ahmed Sha Masud, resultó muerto por una bomba en un ataque suicida a primeros de septiembre. El resto de la Alianza del Norte es una nada sólida confederación de bárbaros jefes guerrilleros, ex comunistas y de clérigos inflexibles. Se trata de un grupo sin cohesión ninguna, dividido conforme a grupos raciales, algunos de los cuales ya han disfrutado del poder en Afganistán en tiempos pasados... El amor es odio, el norte es sur, la paz es guerra.
Entre las potencias del mundo, se habla por un lado de «entronizar un gobierno representativo» o bien, por otra parte, de «restaurar» la Monarquía en la persona del ex rey de Afganistán Zahir Sha, de 89 años de edad, que ha vivido en el exilio en Roma desde 1973. Bueno, éste el estilo de hacer las cosas: se apoya a Sadam Husein y luego «hay que quitarlo»; se financia a los muyahidines y luego se los bombardea hasta hacerlos papilla; vamos a poner a Zahir Sha y vamos a ver si se porta bien.
Empiezan a circular informaciones que apuntan a que si ha habido aquí víctimas civiles, o que si allá hay ciudades que se han quedado vacías porque los civiles afganos se han lanzado masivamente hacia unas fronteras que se les han cerrado. Aquellos que tienen experiencia de haber trabajado en Afganistán afirman que, a primeros de noviembre, las caravanas con alimentos ya no podrán llegar hasta los millones de afganos (7,5 millones, según la ONU) que corren el riesgo, absolutamente real, de morir de inanición en el curso de este invierno. Dicen que, en los días que quedan antes de que se eche el invierno encima, o hay guerra o se hace un esfuerzo por llevar comida a todos los que pasan hambre, pero no las dos cosas al mismo tiempo.
Como gesto de ayuda humanitaria, el Gobierno de Estados Unidos ha lanzado desde el aire, sobre Afganistán, 37.000 paquetes de raciones de campaña. Añade que tiene el propósito de lanzar un total de 500.000 paquetes.
Aun así, eso sólo va a servir para que haga una sola comida medio millón de personas del total de varios millones que sufren una imperiosa necesidad de alimentos. Los trabajadores de las organizaciones de ayuda han criticado duramente esta demostración cínica y peligrosa de relaciones públicas.
El contenido de las raciones era vegetariano, según se nos ha informado, de acuerdo con la legislación musulmana sobre lo que se puede comer (¡!). Cada uno de estos paquetes amarillos, adornado con la bandera norteamericana, contenía arroz, mantequilla de cacahuete, ensalada de alubias blancas, confitura de fresa, galletas, pasas, pan sin levadura, una barrita de jalea de manzana, condimentos, cerillas, un juego de cubiertos de plástico, una servilleta y unas instrucciones de uso con ilustraciones.
Ante semejante grado de imbecilidad cultural, ante semejante incapacidad para entender lo que significan meses y meses de implacable hambruna y de pavorosa miseria, la pretensión del Gobierno de EEUU de utilizar incluso esta desoladora pobreza para mejorar su imagen supera toda descripción. Démosle la vuelta al escenario por un momento. Imaginemos que el Gobierno talibán fuera a bombardear la ciudad de Nueva York, aclarando previamente, eso sí, que, en realidad, sus objetivos son el Gobierno de Estados Unidos y su política. Y supongamos que, entre bombardeo y bombardeo, los talibán lanzaran unos cuantos miles de paquetes con nan y quebab en una brocheta rematada con la bandera afgana. ¿Le parecería algo así suficiente a esa buena gente de Nueva York como para disculpar al Gobierno afgano?
Lejos de acabar con él, al provocar esta clase de cólera lo que se hace es dar alas al terrorismo. El odio y la venganza no vuelven a encerrarse en la jaula cuando se les da rienda suelta. Por cada terrorista o por cada simpatizante con el que se acaba, se acaba también con cientos y cientos de inocentes. Y por cada 100 inocentes asesinados, se multiplican las posibilidades de que surjan varios futuros terroristas.
Dejemos por un momento a un lado la retórica y consideremos el hecho de que el mundo todavía no ha encontrado una definición aceptable de lo que es terrorismo. Un terrorista en un determinado país suele ser, con demasiada frecuencia, un luchador por la libertad en otro país. El propio Gobierno de EEUU ha financiado, provisto de armas y protegido a un considerable número de rebeldes e insurrectos por todo el mundo. La CIA y el ISI de Paquistán fueron los que entrenaron y armaron a los muyahidines que, en los años 80, tuvieron la consideración de terroristas para el Gobierno de Afganistán bajo la ocupación soviética. Al mismo tiempo, el presidente Reagan se hacía fotografiar con ellos en un retrato de grupo y los calificaba de equivalentes morales de los padres fundadores de EEUU. Hoy, Paquistán, el aliado de la Coalición en esta guerra, ampara a los insurrectos que cruzan la frontera para entrar en Cachemira, en la India. Paquistán los colma de elogios en su calidad de luchadores por la libertad. La India los llama terroristas. La India, por su parte, denuncia a los países que apoyan y son cómplices del terrorismo, si bien el Ejército indio entrenó, tiempo atrás, a los rebeldes separatistas tamiles del LTTE que reclaman un territorio propio en Sri Lanka, un LTTE responsable de innumerables y sangrientas acciones terroristas.
Es importante que los gobiernos y los políticos comprendan que es posible que la manipulación de los sentimientos humanos más primarios y violentos en favor de sus más mezquinos intereses produzca unos resultados inmediatos, pero al final, y de manera inexorable, tienen unas consecuencias desastrosas. La provocación y la explotación de los sentimientos religiosos por motivos oportunistas constituyen el más peligroso legado que gobiernos y políticos pueden dejar a cualquier pueblo, incluido el suyo propio. Todos aquellos que viven en el seno de sociedades asoladas por fanatismos, de carácter religioso o colectivo, saben que cualquier texto religioso es susceptible de que sea manipulado y malinterpretado con cualquier pretexto, desde la guerra nuclear o el genocidio hasta la globalización empresarial.
No se trata con todo esto de proponer que los terroristas que perpetraron la atrocidad del 11 de Septiembre no deban ser atrapados o que no deban pedírseles las responsabilidades correspondientes. Así debe ser. Ahora bien, ¿es una guerra la forma más adecuada de dar con ellos?
A la larga, ¿a cuántas personas se puede espiar? ¿Cuántas cuentas bancarias se pueden congelar? ¿Cuántas conversaciones se pueden escuchar clandestinamente? ¿Cuántos mensajes de correo electrónico se pueden interceptar? ¿Cuántas cartas se pueden abrir? ¿Cuantos teléfonos se pueden pinchar? Antes ya del 11 de Septiembre la CIA había acumulado más información de la que humanamente se puede procesar. Las dimensiones de lo que hay que vigilar, imposibles de abarcar, terminarán por convertirse en una pesadilla logística, moral y de derechos humanos. Van a volver locas a todas las personas decentes. Además, la libertad, esa cosa tan, tan preciosa, será la primera víctima. Ya está herida y pierde sangre a borbotones. Cada día de guerra que pasa equivale a dejar que los sentimientos más violentos campen sin freno por el mundo. La prensa internacional tiene muy poco acceso a la zona de guerra, y nunca independiente. En cualquier caso, los medios de comunicación en general, especialmente los de Estados Unidos, han cerrado los ojos, más o menos, y se conforman con sentir un cosquilleo en el estómago cuando los militares o los portavoces del gobierno les reparten las notas de prensa. Las emisoras afganas de radio han quedado destruidas por las bombas. Los talibán siempre han sentido profundos recelos hacia la prensa.
Pega la oreja al suelo en esta parte del mundo y verás cómo se oye la música que más pega, el mortal redoble de los tambores de una cólera galopante. Hagan el favor, detengan la guerra ya, por favor. Ya ha muerto suficiente gente. Resulta que los misiles inteligentes no son tan inteligentes. Están haciendo que explote toda la furia contenida que estaba almacenada.
El presidente Bush presumía recientemente con un tono chulesco: «Cuando me meto en faena, yo no soy de los que disparan un misil de dos millones de dólares contra una tienda de lona vacía que vale 10 dólares para darle a un camello en el culo. Es para que no haya vuelta de hoja». El presidente Bush debería saber ya que no hay en todo Afganistán un solo objetivo que compense el dinero que cuestan sus misiles. Quizás, aunque sea nada más que para equilibrar las cuentas, debería producir unos misiles más baratos para usarlos contra objetivos más baratos y contra vidas más baratas, de países pobres del mundo. Aunque, a lo mejor, eso no tiene mucho sentido, sobre todo empresarial, para los fabricantes de armas de la Coalición. No tendría en absoluto ningún sentido, por ejemplo, para el grupo Carlyle, descrito por Industry Standard como «la mayor empresa privada por acciones del mundo», que gestiona un volumen de negocio de 12.000 millones de dólares. Carlyle invierte en el sector de Defensa y gana dinero con los conflictos bélicos y con el gasto en armamento.
Los directivos de Carlyle son hombres con unas credenciales impecables. Frank Carlucci, ex secretario de Defensa de los Estados Unidos, es presidente y director ejecutivo de Carlyle (fue compañero de universidad de Donald Rumsfeld). Entre otros socios de Carlyle se encuentran el ex secretario de Estado James A. Baker III, George Soros y Fred Malek (que fue director de la campaña electoral de George Bush padre a la Presidencia). Un periódico norteamericano, el Baltimore Chronicle and Sentinel, ha informado de que el ex presidente George Bush padre se ha dedicado a gestionar inversiones de mercados asiáticos en el grupo Carlyle. Se ha informado asimismo que le han pagado cantidades de dinero nada despreciables por realizar «presentaciones» a gobiernos que podrían terminar siendo clientes.
Existe además esa otra rama de los negocios tradicionales de la familia, el petróleo. Hagamos memoria: tanto el presidente George Bush hijo como el vicepresidente Dick Cheney han labrado sus fortunas trabajando en la industria norteamericana del petróleo.
Turkmenistán, que hace frontera con el norte y el oeste de Afganistán, está en posesión de las terceras mayores reservas de gas del mundo y de unas reservas de petróleo estimadas en unos seis mil millones de barriles. Más que suficiente, dicen los expertos, para cubrir las necesidades de energía de EEUU durante los próximos 30 años (o la demanda de energía de un país en desarrollo durante un par de siglos). EEUU ha considerado siempre el petróleo como un asunto de seguridad nacional y lo han protegido con todos los medios que les han parecido oportunos. Muy pocos de nosotros dudan de que su presencia militar en el Golfo Pérsico tiene bien poco que ver con sus inquietudes por los derechos humanos, sino que más bien está relacionada, casi por completo, con su estratégico interés por el petróleo.
El petróleo y el gas de la zona del Mar Caspio se dirigen en la actualidad hacia el norte, hacia los mercados europeos. Tanto desde el punto de vista geográfico como desde el político, Irán y Rusia representan dos impedimentos de importancia para los intereses norteamericanos. En 1998, Dick Cheney, en aquel entonces consejero delegado de Halliburton, una importante empresa del sector del petróleo, manifestó: «No me viene a la cabeza ningún otro momento en el que hayamos asistido a la aparición, así, de pronto, de una zona tan importante, desde el punto de vista estratégico, como el Mar Caspio. Es algo así como si las oportunidades hubieran surgido de la noche a la mañana». ¡Increíble, pero cierto!
Durante algunos años y hasta no hace mucho, una gigantesca empresa norteamericana, Unocal, estuvo negociando con los talibán su permiso para construir un oleoducto para llevar el petróleo, a través de Afganistán, hasta Paquistán y finalmente hasta el Mar de Omán. Desde este punto, Unocal confía en que podrá tener acceso a los mercados emergentes del sur y el sureste de Asia. En diciembre de 1997, un delegación de mulás talibán viajaron a EEUU y hasta llegaron a reunirse con representantes del Departamento norteamericano de Estado y con directivos de Unocal en Houston. En aquellos tiempos, se daba la circunstancia de que la afición de los talibán a las ejecuciones públicas y el trato que dispensaban a las mujeres afganas no constituían los crímenes contra la Humanidad que hoy sabemos que son. La presión de indignados grupos feministas norteamericanos llegó a afectar al Gobierno de Clinton. Afortunadamente, los de Unocal terminaron por renunciar a un acuerdo con los talibán. Es ahora cuando a la industria petrolera de EEUU se le presenta la gran oportunidad.
En EEUU, la industria de armamento, la industria del petróleo, los grandes grupos de medios de comunicación y, sin lugar a dudas, la política exterior norteamericana están controladas por los mismos grupos de intereses empresariales. Por tanto, sería una estupidez confiar en que toda esta información sobre confluencia de intereses entre las armas, el petróleo y la defensa llegue a formar parte de los contenidos de los medios de comunicación.
¿Qué pasa con todos nosotros, insensibles testigos de esta matanza de la que todo lo que sabemos no pasa de ser ridícula propaganda; consumidores diarios de estas mentiras y de esta brutalidad, aderezadas con mantequilla de cacahuete y confitura de fresa que lanzan desde el cielo sobre nuestras cabezas, exactamente igual que esos paquetes amarillos de comida? ¿Nos dedicaremos a mirar hacia otro lado y nos las tragaremos porque tenemos hambre o seremos capaces de abrir bien los ojos y no pestañear ante el espantoso drama que se está desarrollando en Afganistán hasta que no podamos más y vomitemos, todos a una, y proclamemos, con una sola voz, que ya está bien, que ya está bien?