RWANDA:

Hace 10 años,

10 años después

 

 

Introducción

I.- HACE 10 AÑOS. LA RACIONALIDAD DEL GENOCIDIO

1)     De la Revolución social de 1959 a la guerra de octubre de 1990

2)     De octubre de 1990 al derribo del avión presidencial

·        Multipartidismo mal preparado

·        Los desplazados de la guerra

·        Masacres en algunas regiones

·        Dislocación de los partidos políticos

·        Entrenamiento de milicianos y civiles

3)     El 6 de abril de 1994: La dinámica del asesinato

·        El desencadenante

·        La naturaleza del conflicto

·        La delincuencia, la pobreza, la envidia

·        La ausencia de autoridad; la actitud de las autoridades

·        La impunidad

·        El dilema de la seguridad

·        Hubo también héroes

II.- 10 AÑOS DESPUÉS, EL POST-GENOCIDIO

1)     Derechos del hombre

2)     Crímenes en el interior del país

3)     Masacres de refugiados hutu

4)     En el plano político

5)     ¿Todos igualmente ruandeses?

6)     La Justicia:

·        El TPIR

·        Colaboración con los países extranjeros

·        En el interior del país. Jurisdicciones “gacaca”

CONCLUSIÓN

 

 

RWANDA: HACE 10 AÑOS, 10 AÑOS DESPUÉS

 

Introducción

 

Reconozco que soy un observador un tanto apasionado de Rwanda. He vivido allí, hace ya mucho  tiempo, de 1969 a 1973, cuatro años. Mi hijo mayor nació en el hospital de Ruhengeri. He viajado en varias ocasiones. El año 1995 me ocupé de la coordinación de actividades escolares-educativas en los campos de refugiados rwandeses en Goma (entonces Zaire, ahora República Democrática del Congo) Varias de mis ex-alumnas fueron asesinadas en la tragedia de 1994. Tengo muchos amigos rwandeses en el exilio, otros están pudriéndose en las cárceles. He estado hace un año en Rwanda de visita. He visto, he escuchado a muchos rwandeses. He bebido con ellos; he reído y, no sin esfuerzo, he contenido mis lágrimas. Por eso, mi mirada no puede ser sólo la de un observador analítico, la de un experto de despacho.

Para que el peso de las emociones no distorsione la realidad he cogido prestado el esquema de esta charla-conferencia, y también parte de su contenido, de un escrito de Maurice Niwese publicado en una revista belgo-ruandesa (DIALOGUE, enero-febrero 2004) Procuraré seguir el hilo expositivo así fijado.

 

I.- HACE 10 AÑOS. LA RACIONALIDAD DEL GENOCIDIO

 

1. - De la revolución social de 1959 a la guerra de octubre de 1990

 

Rwanda, como sabéis, es un pequeño país de África Central de 26.338 km2, con una población, estimada en 1999, de 8,2 millones de habitantes. Su densidad, más de 310h/km2, es la más fuerte de África. Está poblado por tres comunidades de desigual peso demográfico: 1% los Twa, 14% los Tutsi, 85% los Hutu, que comparten la misma lengua, la misma cultura (aunque algunos matizan esta cuestión) y viven, desde hace siglos, en un mismo territorio. Los matrimonios entre hutu y tutsi han sido frecuentes, sobre todo después de la independencia.

Antes de 1959, el poder político estaba en manos de los tutsi. Un informe de la OUA señala que entre 1932 y 1957, el 95% de los funcionarios del Estado (los colonizadores respetaron y apuntalaron las estructuras de poder existentes), 43 de 45 jefes tradicionales y 549 de 559 sub-jefes, eran tutsi, así como el 75% de los estudiantes de secundaria. La elite hutu, formada fundamentalmente en los seminarios y en el entorno parroquial, reivindicó la igualdad de todos ante la ley, la no discriminación en el acceso a los puestos de enseñanza y administración y el reparto equitativo de la tierra. Estas reivindicaciones fueron rechazadas por el poder local, si bien recibieron un fuerte impulso por la posición del obispo André Perraudin en su carta pastoral de Cuaresma de 1959. La Iglesia, que en el pasado había optado por concentrar su acción evangelizadora en las elites tutsi (para que desde la cúspide de la pirámide social el cristianismo llegara hasta la base), daba un giro recogiendo y avalando las aspiraciones de la mayoría hutu. No es extraño, pues, que el prelado Perraudin se convirtiera en la bestia negra de los aristócratas tutsi, que le han acusado de ser el ideólogo de la revolución hutu, calificada por ellos de  racista; otros, por el contrario, lo consideran una especie de adelantado de la teología de la liberación, por su defensa de los oprimidos.

En 1959, tras el rechazo por parte de la aristocracia en el poder de cualquier reforma y los atentados contra algunos líderes hutu, se produjo una auténtica revolución. Los tutsi son asesinados y perseguidos. El rey abandonó el país y con él unos 200.000 tutsi que se instalaron en los países vecinos. El 28 de enero de 1961 fue abolida la monarquía y el 25 de septiembre del mismo año, por medio de un referéndum y con los votos del 80% de la población, se instauró la república. El 1 de julio de 1962, Rwanda se declaró independiente.

Durante los primeros años, hasta 1967, los tutsi exiliados trataron de penetrar en el país para restaurar el antiguo régimen. Cada incursión trajo consigo una mayor cohesión de los hutu y la marginación y sangrientas represalias contra los tutsi del interior, considerados colaboradores de los atacantes. La tensión inter-étnica ruandesa quedó, además, reforzada  por la situación de los hutu en Burundi, perseguidos y masacrados.

En 1973, un golpe de Estado llevó al poder al general Juvenal Habyarimana. Los golpistas justificaron el derrocamiento del presidente Kayibanda por la necesidad de poner fin a las turbulencias inter-étnicas, que habían resurgido en febrero en la Universidad, Colegios de secundaria, administración y se habían extendido por el país. Es posible que esta violencia contra los tutsi en Rwanda fuera una respuesta a la represión y asesinatos de hutu en Burundi, en 1972. Algunas fuentes afirman, sin embargo, que fueron los militares del norte los que provocaron expresamente los enfrentamientos para presentarse como pacificadores y hacerse con el poder.

En un primer momento, el golpe de Estado de julio de 1973 supuso un cierto alivio para la comunidad tutsi. El acceso de los miembros de esta comunidad a puestos importantes en el ejército o en la administración les seguía estando vetado, si bien pudieron desarrollar con libertad actividades comerciales o profesionales. Puede decirse que los hutu coparon el sector público y que los tutsi dominaron el sector privado. Las tensiones políticas, que fueron agudizándose con el paso del tiempo, se situaban en el interior de la comunidad hutu: hutu del norte (Gisenyi-Ruhengeri) frente a hutu del Centro-Sur (Gitarama-Butare); éstos se sentían cada vez más marginados de los centros de poder y del acceso a la educación, a pesar de que se había establecido un sistema de equilibrio regional y étnico a la hora, por ejemplo, de la distribución de puestos en los Colegios y Universidades. El sistema, en la práctica, se convirtió en un instrumento apenas disimulado de discriminación de los tutsi y de los hutu del sur, en provecho de los del norte.

El partido único, MRND (Movimiento Revolucionario Nacional para el Desarrollo), se identificó con el Estado,  un Partido-Estado. Nada ni nadie podía moverse fuera de él. El presidente de la República acumulaba las funciones de presidente del MRND, Jefe de Gobierno, presidente del Consejo superior de la Magistratura, ministro de Defensa, Jefe de estado-mayor del Ejército y de la Gendarmería.

En los últimos años 80, la segunda república, que sin embargo había llevado a buen término muchos proyectos de desarrollo, estaba en plena crisis: la corrupción se generalizó; el círculo familiar y próximo (el llamado akazu=”la casita”) al presidente acaparó aún más el poder y los recursos del país; cuadros militares y políticos, sospechosos de disidencia, fueron eliminados; la economía rural estaba en bancarrota; el problema del posible regreso de refugiados seguía sin solución, ya que el gobierno se declaró incapaz de acogerlos, dada la densidad demográfica y la escasez de tierras.

En este contexto de crisis política y de pobreza generalizada, el 1 de octubre de 1990, el denominado Frente Patriótico Rwandés (FPR) invadió el norte de Rwanda, desde Uganda. Los responsables del FPR ocupaban puestos importantes en el ejército regular ugandés. El jefe de la rebelión, general Fred Rwigema era jefe de estado-mayor adjunto del ejército ugandés y viceministro de defensa; Chris Bunyenyezi y Stephen Ndungutse comandaban brigadas de choque y Paul Kagame, actual presidente de Rwanda, era director adjunto de los servicios ugandeses de información militares. El ataque del FPR, compuesto mayoritariamente por tutsi, permitió al poder desviar de los gravísimos problemas internos la atención de los rwandeses para movilizarlos contra el enemigo común.

 

2. - De octubre de 1990 al derribo del avión presidencial

 

El periodo de 1990 a 1994 constituye una etapa importante para tratar de comprender la tragedia ruandesa. Se trata de un periodo de guerra, a veces abierta, otras larvada o de guerrillas, con momentos de tregua y de ruptura de la misma, de negociaciones más o menos “impuestas” por la comunidad internacional a los contendientes (negociaciones, que en agosto de 1993 culminaron en los Acuerdos de Arusha) Muchos de los factores que facilitaron el genocidio son perceptibles en estos cuatro años de guerra.

 

·        El multipartidismo mal preparado

 

Ya ha quedado señalado el descontento político interior y cómo, dentro de la comunidad hutu, había regiones, personalidades y ambiciones políticas que se sentían apartadas y discriminadas. Ello, unido a presiones exteriores, especialmente de Francia (discurso de Mitterand en La Baule, en junio de 1990) que condicionó la ayuda a la democratización de los regímenes africanos, hizo que en Rwanda se instaurara el multipartidismo. El MRND se transformó en partido y surgieron el Partido Liberal, el Movimiento Demócrata Republicano (de nostálgicos de la época de Kayibanda), El Partido Demócrata Cristiano, el Partido Social Demócrata. Muchos de los dirigentes de estos partidos eran disidentes del partido único o habían sido marginados de la política por Habyarimana. Las motivaciones de orden familiar, regional, étnico, pesaban mucho en la opción de los adherentes; no fueron los proyectos de sociedad los que sirvieron para aglutinar las distintas opciones, sino las ambiciones personales de los líderes para colocarse en primera línea cara a la previsible nueva situación política. Por otra parte, sobre todo a la hora de abordar las negociaciones de Arusha, todos los partidos políticos estaban muy pendientes de agradar a determinadas embajadas extranjeras, de recibir consejos y consignas y el aval de ellas, de tal modo que la política se pensaba más desde el exterior, desde algunas embajadas, que desde la realidad interna; cada vez resultaba más evidente que  la apuesta norteamericana y británica era decididamente favorable al FPR.

Las divisiones políticas de los hutu fue una carta jugada diestramente por el FPR. Pero, la gran baza, tanto del MRND, partido en el poder, como del FPR, rebelión tutsi, eran las armas. Unos pretendían responder a la evidente agresión de los otros con la legitimidad de las armas de un Estado soberano agredido desde el exterior. Para los otros – el FPR – su ejército no era de “agresión”, sino de “liberación de un país de las manos de un tirano”. Este contexto de enfrentamiento armado no parecía precisamente el más adecuado para ir sentando las bases de un sistema democrático. Bastante pronto los distintos partidos políticos, como señalaré más tarde, se alinearon en dos bloques, detrás de los dos bloques armados.

 

·        Los desplazados de la guerra

 

La ofensiva por el norte, frontera con Uganda, del FPR en octubre de 1990 provocó el desplazamiento de un millón de personas, que huían de los combates y de las matanzas. Testimonios contrastados han establecido que el FPR cometió violaciones masivas de los derechos humanos en estos meses. Sus objetivos primordiales fueron la eliminación de cuadros administrativos y políticos, pero también el vaciamiento de toda una región de sus pobladores, muchos de los cuales huyeron de “sus liberadores”. Y así, la prefectura de Byumba, granero del país, se convirtió en una zona de asistidos por la caridad, de fallecidos por hambre y malnutrición.

Los campos de desplazados, humillados y amontonados en condiciones muy precarias, serán un terreno especialmente propicio al reclutamiento de jóvenes “voluntarios”para perpetrar posteriormente faenas asesinas. Alimentaron durante casi tres años un gran odio hacia los tutsi en general y el FPR en particular. Por otra parte, las historias que contaban y que se extendían de boca en boca en los medios hutu de otras regiones no hacían sino aumentar la desconfianza de éstos hacia los tutsi.

Tras el asesinato perpetrado por militares tutsi, en octubre de 1993, del presidente hutu burundés Ndadaye, elegido democráticamente meses antes, unos 300.000 burundeses hutu se refugiaron en Rwanda. El odio étnico encontraba un alimento suplementario.

 

·        Masacres en  algunas regiones

 

El periodo comprendido entre 1990-1994 fue gestionado, salvo el primer gobierno de Nsanzimana, por la oposición a la que se asignó el puesto de primer ministro en los varios gobiernos “de amplia base”, compuestos por miembros de todos los partidos políticos legalizados, que se fueron sucediendo, no sin tensiones. Realmente no puede hablarse de una acción de gobierno, ya que cada bloque de ministros funcionaba según las directrices e intereses del partido al que pertenecían; eran cualquier cosa menos gobiernos de unidad nacional. Se pasó del Partido-Estado al Estado repartido. Como ha dejado escrito el ex-ministro de Defensa James K. Gasana, “este periodo se caracterizó por la desintegración de la administración pública ilustrada por la parálisis de los servicios del Estado, cuyo origen era la polarización excesiva de la administración”.

Los radicales del antiguo régimen sabotearon con frecuencia a estos gobiernos. Lo mismo puede decirse de las rupturas de la tregua por parte del FPR. Se produjeron masacres dirigidas contra los tutsi en Kibilira (1990) y en el Bugesera (1992) y contra los bagogwe (en 1991) Estas matanzas eran una especie de respuesta a los tutsi que habían invadido el país; eran también una advertencia, aviso macabro, una manera de disuadir a los tutsi del interior de colaborar con el FPR. Las matanzas de enero de 1993 en el norte fueron obra del CDR (Coalición por la Defensa de la República), partido próximo al MRND formado por hutu “puros”; buscaban entorpecer, sabotear las negociaciones y acuerdos entre el gobierno y el FPR en Arusha. En esta labor de boicot los extremistas de uno y otro bando se dieron la mano.

 

·        Dislocación de los partidos de oposición

 

En los inicios del multipartidismo, en 1991, los grandes partidos de la oposición interior, (MDR, PSD, PL) habían formado una plataforma de oposición y parecían llevar adelante la misma lucha que el FPR, militarmente, llevaba a cabo: derrocar el régimen de Habyarimana. Este acercamiento llegó hasta firmar un comunicado conjunto el 3 de junio de 1992 en Bruselas (no me resisto a señalar que resulta extraño que estos partidos en vez de formar una coalición nacional contra el invasor, crearan, más bien, una coalición solidaria con el invasor) Esta plataforma se fue resquebrajando y, conforme la guerra se prolongaba, cada partido se dividió también en su interior en dos tendencias opuestas e irreconciliables. La pugna interregional (Norte – Centro/Sur) por el poder se fue transformando en exclusiva pugna interétnica (hutu – tutsi) Los agrupamientos se realizaron en torno a  dos polos: MRND y FPR, que satelizaron al resto.  Fue uno de los resultados de la guerra. Unos y otros se acercaron a uno u otro bloque armado.

Hay que añadir a esta dislocación de los partidos políticos, y en parte como resultado de la misma, la dislocación de la sociedad. Los medios de comunicación, sobre todo las radios, atizaron las brasas y el incendio. Por un lado, la Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, ligada a los elementos radicales del MRND, y por parte del FPR, Radio Muhabura.

Cabe incluir también en este apartado los asesinatos de importantes líderes hutu. Sin duda, el asesinato el 20.10.1993 del presidente burundés, Melchior Ndadaye, un hutu elegido democráticamente, por el ejército tutsi (verdadero poder fáctico en Burundi) supuso una conmoción en la comunidad hutu ruandesa. El 8.05.1993, Emmanuel Gapyisi, presidente del MDR en Gikongoro y presidente también del Foro por la Paz y Democracia, fue asesinado. Félicien Gatabazi, Secretario ejecutivo del PSD lo fue el 21.03.1994 y, como represalia, al parecer, el presidente de la CDR, Martín Bucyana, fue liquidado dos días después. Estos asesinatos no se aclararon. Puede señalarse que Gapyisi y Gatabazi, miembros relevantes de la oposición a Habyarimana, estaban cada vez más distantes y críticos con la política del FPR, por lo que se sospecha que éste tuvo mucho que ver con su eliminación. Declaraciones de antiguos miembros del FPR, hoy en el exilio, convierten  esta sospecha en verdad verosímil, desbaratando, una vez más, las tesis publicadas y asumidas que acusaron al entorno de Habyarimana de ser el responsable de los asesinatos. Estas, y otras, acusaciones, además de generar confusión y división y de ocultar la realidad, sirvieron para extender y consolidar la opinión, sobre todo en el exterior,  de que el gran enemigo de la transición y el gran obstáculo para la paz era el presidente Habyarimana.

 

·        Entrenamiento de milicianos y civiles

 

A pesar del cese de la guerra decidido en el Acuerdo de Paz de Arusha firmado el 4 de agosto de 1993, el reclutamiento tanto por parte del FPR como por parte del gobierno no cesó. Hay que añadir a ello el entrenamiento en el manejo de las armas de civiles en el interior del país. Si bien el entrenamiento de las milicias (los tristemente famosos “interahamwe”, ejecutores principales del genocidio tutsi) del MRND se realizaba con conocimiento de todo el mundo, el de las milicias del FPR se llevaba a cabo con discreción. Según fuentes del propio FPR, al principio tenían 36 células clandestinas y conforme fue ganando terreno y consideración internacional este número se multiplicó y, según las mismas fuentes, en 1993 el FPR tenían sólo en Kigali 143 células; lo que los hutu considerarán “la quinta columna” mientras otros los definirán como “militantes de los derechos del hombre” (que, dicho sea de paso, proliferaron en estos años)

En su autobiografía, Valens Kajeguhakwa, antiguo dirigente y diputado del FPR, cuenta cómo introducían armas pieza a pieza y cómo a las noches entrenaban a civiles.

De cualquier modo, era de notoriedad pública que granujas y bandidos se hacían con armas ligeras; podían comprarse, por ejemplo,  granadas en el mercado público. Hubo debates intensos, que no concluyeron en decisiones firmes, sobre la necesidad u oportunidad de armar a la población en las zonas más sensibles a los ataques del FPR. Cuanto más armas había en los centros urbanos, más rumores se extendían y los residentes más obligados se sentían a buscar medios que garantizaran su seguridad. Esta proliferación de armas era el síntoma más amenazador de la desintegración de la sociedad ruandesa.

 

Es patente que todos los ingredientes para que Rwanda explotara estaban reunidos. Sólo faltaba un elemento desencadenante, como ya se había advertido  en un informe enviado  a las Naciones Unidas por sus representantes en Rwanda; todos los documentos disponibles permitían afirmar que todo el mundo era consciente del peligro.  Ese elemento fue el derribo en el momento del su aterrizaje en Kigali, el 6 de abril, del avión presidencial en el que regresaban de Arusha los presidentes rwandés y burundés, los dos hutu. Nadie, medianamente informado, puede pretender haberse visto sorprendido por las masacres que siguieron al derribo del avión y al asesinato de Habyarimana.

 

 

3. - El 6 de abril de 1994: La dinámica del asesinato

 

·        El desencadenante

 

El 6 de abril de 1994, hacia las 20,30h., el Falcon 50 presidencial, pilotado por tripulación francesa, es derribado cuando aterrizaba en Kigali de regreso de Arusha (Tanzania), donde se acababa de firmar un nuevo acuerdo, quizás, se pensaba, definitivo para garantizar un futuro democrático en el que cupieran todos los rwandeses. El presidente Habyarimana, su homólogo burundés Cyprien Ntaryamira, el jefe del estado-mayor del ejército rwandés, colaboradores de la presidencia y toda la tripulación perecieron. Esa misma noche se desencadenó el horror.

A la pregunta si la catástrofe ruandesa podía haberse impedido cabría responder que sin atentado contra Habyarimana no habría habido masacres; quienes habrían podido evitarlo nada hicieron y lo que es evidente es que se ha hecho todo lo posible para que nadie sepa quién lo hizo.

Inmediatamente, descartando cualquier otra hipótesis, se estableció como verdad incontrovertible entre los analistas que los responsables del acto terrorista eran los elementos duros y extremistas del régimen, descontentos por las concesiones que el presidente había hecho al FPR. Necesitados, por otra parte, de un pretexto para lanzar la carnicería ya planificada, el asesinato del Habyarimana, que todos los hutu indudablemente achacarían a los tutsi,  lo era inmejorable.

La conmoción que inspiraba el genocidio de los tutsi impedía evocar la simple posibilidad de que el FPR, organización fundamentalmente tutsi,  hubiera podido decidir cometer un atentado que desencadenó  y condujo a la muerte atroz a miles de personas pertenecientes a la misma familia étnica (algo previsible y hasta anunciado)  Sin embargo, la verdad parece que se va imponiendo. Las investigaciones del juez Bruguière, a requerimiento de la viuda del piloto francés del Falcon 50, apuntan sólidamente a que fue un comando del FPR, siguiendo órdenes de Paul Kagame, quien disparó los mísiles contra el avión presidencial. Las conclusiones de este juez, difundidas en marzo de 2004 por Le Monde, están basadas, entre otros, en testimonios de disidentes del FPR, por ejemplo en el extenso y pormenorizado de Abdul Ruzibiza, ligado familiarmente al primer dirigente supremo del FPR, Fred Rwigema, muerto en circunstancias no aclaradas los días posteriores a la invasión de octubre de 1990. Anteriores informes, como el del abogado australiano Michael Hourigan a quien la antigua fiscal del Tribunal Internacional, la canadiense  Louise Arbour, encargó investigar el atentado en 1997, concluían en el mismo sentido, pero fueron congelados, presumiblemente por presiones norteamericanas.

Mientras la fuerzas de la ONU (MINUAR), 2.500 soldados venidos a velar por la buena marcha del proceso de transición y por el desarme de las milicias de uno y otro bando, subían a los aviones y se marchaban  precipitadamente dejando vía libre a las milicias y a la guerra, llegaron otros aviones con decenas de cámaras de televisión a filmar y transmitir en directo la barbarie. Contrasta, y a mí me sigue indignando, la pasividad y la política de no-intervención de la llamada comunidad internacional con la avidez occidental con que se consumieron imágenes insoportables. 

En 1998, en Kigali,  el presidente americano Clinton reconoció que “no reaccionamos lo suficientemente deprisa al comienzo de las matanzas”. ¿Por qué no se reaccionó? ¿Por qué se permitió que bandas de desarrapados realizaran ante las cámaras de televisión su “trabajo” asesino?. ¿Porqué se rechazó el alto el fuego propuesto por los mandos de las Fuerzas Armadas Ruandesas? ¿Por qué el FPR se opuso tenazmente a cualquier intervención exterior y hasta amenazó con considerar enemigos a las tropas belgas que pudieran quedarse? Porque logró convencer a sus aliados anglosajones de que su victoria militar sería rápida y que los riesgos de su estrategia serían limitados. Se equivocó. Su estrategia sirvió ciertamente a los tutsi emigrados y, resulta terrible afirmarlo, condenó objetivamente a muerte a los tutsi del interior.

La administración americana estaba al corriente de la previsible enormidad de la tragedia. Puso, sin embargo, mucho empeño en que los cascos azules se retiraran e impidió que nuevas resoluciones del Consejo de Seguridad pudieran dar a estas fuerzas mayor capacidad de intervención. Apostó por una victoria militar del FPR. Evitó, hasta el 10 de junio, utilizar el término “genocidio” para calificar las matanzas, porque ello exigiría una intervención que no deseaba.

 

·        La naturaleza del conflicto

 

Quizás sea importante reafirmar que las raíces de la tragedia ruandesa no son étnicas sino políticas. Con esto no se pretende negar el arraigado sentido de pertenencia étnica que cada uno de los grupos humanos posee en Rwanda, ni de disimular o minusvalorar las tensiones, desconfianzas, conflictos pasados y presentes. Lo que parece indiscutible es la instrumentalización política, explotación y exacerbación del sentimiento de pertenencia para hacerse con el  poder y/o  conservarlo.

Edouard KABAGEMA, un ingeniero agrónomo hutu, miembro del opositor PSD, que albergó en su casa a varios tutsi y no huyó tras el triunfo del FPR (aunque sí tuvo que exiliarse posteriormente), tratando de dar con una explicación a la crueldad que le rodeaba, ha escrito: “Era sobre todo ese temor al retorno del orden antiguo, ese miedo de volverse a encontrar bajo un régimen de opresión, lo que explicaba aquel furor excesivo de un pueblo poseído por su desesperación”.

Por otra parte, parece evidente que al FPR, presentado en principio como punta de lanza de la liberación y democratización de un régimen monolítico en crisis, sólo le interesó en realidad la conquista del poder y pronto comprendió (en septiembre de 1993, un mes después de haber firmado los acuerdos de Arusha, sus candidatos perdieron clamorosamente las elecciones locales que se organizaron en la zona desmilitarizada al norte de Kigali) que sólo lo alcanzaría por medio de la guerra y la victoria por las armas. A ello dedicó todos sus esfuerzos. Para Kagame la victoria militar sobre el ejército rwandés era la prioridad absoluta. En este sentido, más de un observador ha destacado la pasividad y hasta indiferencia del ejército rebelde a la hora de defender a los tutsi del interior perseguidos y amenazados.

El explícito apoyo político de Estados Unidos e Inglaterra al FPR significaba a su vez la decisión de estos influyentes países en el ámbito internacional de impulsar la renovación de los liderazgos políticos de la zona, a semejanza de lo ocurrido y estimulado en años anteriores en Uganda, Etiopía y Eritrea. Ya en los años 90, la obsesión norteamericana por contener la expansión del islamismo a partir del Sudán era patente. Además, el vuelco político en Rwanda sería un paso o pieza indispensable para garantizarse una presencia e influencia en el Zaire, donde el fin del reino de Mobutu era inminente y deseable, y explotar sus escandalosas riquezas.  Por otra parte, en esta operación quirúrgica de relevo quedaba marginada y anulada  Francia, tradicional apoyo del régimen de Habyarimana. EE.UU. e Inglaterra siguen siendo los grandes valedores internacionales del régimen rwandés actual.

 

·        La delincuencia, la pobreza, la envidia

 

Los jóvenes desocupados, poco o nada escolarizados, más del 80%, deambulaban en las colinas o se habían acercado a la ciudad para engrosar el ejército de jóvenes para los que el único futuro pasa por la delincuencia como solución a su pobreza.  Poco tenían que perder o salvar. Resultará fácil embarcarlos en empresas asesinas.

Durante el genocidio, algunos hutu fueron señalados como tutsi y acusados como tales con el objetivo de hacerse con sus bienes o pertenencias. Se podía matar al vecino para ampliar la propiedad, para robarle el ganado, para ocupar su puesto, para acostarse con su concubina. La envidia podía empujar a eliminar a quien poseía el objeto codiciado.

Lo expresó con precisión Marc Vaiter: “Tú eres más rico que yo, te mato. Eres más instruido, te mato. Hemos tenido desavenencias, te mato. Se mata para saquear y luego se mata para hacerse con el botín. (...) En el origen de la violencia está en primer lugar la pobreza y la miseria moral. Quienes empuñan los machetes, dirigidos por la Radio de Las Mil Colinas, son los excluidos de las escuelas y de los bienes materiales, los abandonados a su suerte que encuentran en la violencia un estatus y una identidad. De un día para otro se les da el poder y la fuerza. Se apoderan de ellos con entusiasmo y descubren lo fácil que es usarlos”.

 

·        La ausencia de autoridad y la actitud de las autoridades

 

El caos en Kigali y días después en la totalidad del país, quedó favorecido por la ausencia de auténticos responsables, tras la muerte del presidente y del jefe de estado-mayor. El ejército estaba muy ligado a la persona del presidente asesinado; la Guardia Presidencial, que tuvo un protagonismo muy directo en las matanzas, era reclutada entre los más próximos del presidente. Matar a un opositor o a un tutsi era como vengarse del asesinato de un pariente.

El poder estaba en la calle; lo tomaron los interahamwe, que sin duda eran dirigidos por alguien. ¿Ese alguien era el gobierno que se formó en condiciones cuando menos extraordinarias, de enorme tensión, suspicacias e intereses, (hubo ministros que conocieron su designación por la radio)? Desde luego, poco hizo - ¿no pudo o no quiso? – para detener las masacres. Muchos llamamientos a la defensa de la patria por parte de miembros del gobierno más bien incentivaban y alimentaban la venganza popular indiscriminada. Evidentemente, desde el punto de vista legal, el gobierno interino en plaza era responsable del orden público. Sindikubabwo, presidente, y Kambanda, primer ministro, deberían haber dimitido – no lo hicieron – al no ser capaces de controlar la situación. ¿Habría podido controlarla este gobierno interino? ¿Quién detentaba en realidad el poder?

La mayoría de los responsables municipales y provinciales, salvo excepciones que pronto dejaron de serlo porque fueron relevados de sus funciones,  adoptaron una actitud de “dejar hacer”. ¿Lo hicieron para salvar la piel o para responder a órdenes que venían de arriba? Todo es posible. En cualquier caso, esta pasividad fue nefasta, pues fue interpretada como una autorización para robar, violar y matar. Hubo una excepción, quizás la única, en el municipio de Giti. No se mató a ningún tutsi; el coraje y la determinación del alcalde impidieron los desmanes y el exterminio. Sin embargo, Giti no se libró de la tragedia; llegó el FPR y asesinó a centenares de hutu.

La misma noche del asesinato de Habyarimana, la Radio Televisión de las Mil Colinas hizo un llamamiento a que se erigieran barreras en los barrios de Kigali, en carreteras y cruces de caminos para filtrar, descubrir a los “inkotanyi” (partidarios del FPR) y detener a los “infiltrados o cómplices con lo invasores”. Las barreras se convirtieron en un lugar para matar. Todos los hutu debían hacer turnos de vigilancia; quien se resistía o rehusaba era considerado como sospechoso colaborador con el enemigo. Los milicianos, muchas veces ebrios y drogados, fueron los dueños de las barreras; la autoridad incontestada que decidía sobre el derecho a la vida o a la muerte. Se dio el poder a los delincuentes. Haber sido visto en las barreras es una de las acusaciones más utilizadas aún hoy para ser condenado como colaborador con el genocidio.

 

·        La impunidad

 

La garantía de la impunidad fue otro factor que favoreció las atrocidades. Durante los años anteriores se habían perpetrado asesinatos de tutsi y de opositores sin que se castigara a los responsables, sobre todo si éstos presumiblemente eran próximos al poder establecido. Cometer determinados delitos no debía ser tan malo. Dicho de otro modo, todos los crímenes eran perdonables excepto participar en la conspiración tutsi del FPR.

 

·        El dilema de la seguridad

 

Las matanzas se cometieron en una situación en el que el dilema interiorizado era “lo mato o me mata”. El FPR era quien mataba a los hutu. La gente sabía que en las zonas que controlaba o iba controlando cometía fechorías inauditas.

Otro elemento que alimentaba la psicosis del miedo y el dilema de la seguridad era el hecho de que algunas familias tutsi del interior habían enviado a sus hijos a integrarse en las tropas del FPR. Por otra parte, algunos civiles tutsi, lo mismo que los interahamwe, se entrenaban en el manejo de las armas.

Todos estos elementos fueron explotados políticamente y permitieron diabolizar fácilmente “al que había que matar antes de ser su víctima”. Y por parte del FPR las cosas parecían obedecer a la misma lógica. Recupero al respecto las palabras citadas en alguno de los testimonios  que he leído en el que un joven soldado tutsi del FPR, venido de Uganda, afirmaba: “La población está contra nosotros. Si no disparamos contra ellos, pueden hacerlo ellos contra nosotros. Todos saben manejar las armas. Estos interahamwe sin uniforme son verdaderos militares. No sabemos distinguir quién tiene un arma de quien no la tiene. Una mujer joven nos puede disparar. Una mujer con un niño en la espalda nos puede matar. Todos están armados, todos nos odian”.

 

·        Hubo también héroes

 

No todo fue negro durante el genocidio. Los asesinos, sin duda numerosos, no representaban al conjunto de la población hutu. Rwanda conoció igualmente héroes hutu. He citado ya al alcalde de Giti.  Muchas familias, arrastrando peligros evidentes, escondieron a sus vecinos tutsi. Algunos hutu murieron por intentar salvarlos, como ese antiguo concejal de Murama que fue asesinado junto con su familia por haber encubierto a sus amigos tutsi. Los milicianos castigaban “ejemplarmente” a quienes osaban cobijar a los tutsi. El hutu en cuya casa se descubrían tutsi ocultos, y aterrorizados, podía escapar de la muerte siempre que con sus propias manos matara a los que había tratado de salvar. No puedo olvidar fácilmente la confidencia de mi amigo Canisius, chofer que me acompañaba en mis desplazamientos por los campos de refugiados en Zaïre: “Sigo vivo porque mi mujer, tutsi, no estaba en casa esos días; se había ido a visitar a sus padres a Kibungo, donde fue asesinada con dos de nuestros hijos. Los milicianos me visitaron varias veces en nuestra casa de Kigali. Buscaban a mi mujer. Si ella hubiera estado en casa, me habrían obligado a matarla; me habría negado  y  me habrían matado a mí también”.

Hubo incluso autoridades, pronto separadas, que trataron de proteger y salvar a los perseguidos. Hubo casos en que la misma persona que escondía en su casa a varios tutsi, logrando salvar sus vidas,  acudía diariamente a las terribles “barreras”, montadas en los cruces de caminos a fin de controlar y asesinar a los sospechosos, y así hacer ver a los matones que aplaudía las matanzas. Tremenda situación, pues asistía sin gestos de desaprobación ni oposición al asesinato de inocentes, por lo que de algún modo colaboraba con el exterminio de los tutsi, mientras protegía y salvaba la vida de otros tutsi, escondidos en su casa

El heroísmo de muchas de estas personas no ha sido reconocido; peor todavía, a pesar de haber salvado a algunos, han sido encarcelados, pues fueron vistos en “las barreras” y por ello han sido  acusados de complicidad. Sin embargo, sin su solidaridad ningún tutsi se habría podido salvar.

 

II. -  10 AÑOS DESPUÉS.  El post-genocidio - Las perspectivas de paz

 

A primeros del julio de 1994, el FPR controló ya todo el país. El 19 de julio puso en pie el nuevo gobierno, llamado de Unidad Nacional. Dos millones de hutu huyeron y se establecieron en campos de refugiados en los países fronterizos, Tanzania y, sobre todo, Zaire. En octubre-noviembre de 1996 los campos de refugiados fueron destruidos y desmantelados. Se produjo un retorno forzoso a Rwanda de miles de hutu, mientras otros muchos huyeron hacia el interior del Zaire.

 

Para tener una idea sobre la situación de Rwanda post-genocidio, voy a detenerme brevemente en algunas cuestiones.

 

1)     Derechos del hombre

 

La gestión del país por el FPR ha llevado a numerosos observadores a afirmar que Rwanda ha caído de Caribdis en Escila. Analistas o expertos que en el pasado aplaudieron al FPR y fueron incluso peones eficaces en el sistema de propaganda internacional montado por el FPR se han visto obligados a cambiar sus posiciones. Un sistema de exclusión ha sustituido a otro: gentes han sido asesinadas o encarceladas por simples denuncias, las desapariciones misteriosas han sido frecuentes, militares y tutsi venidos del exterior se han apropiado de bienes ajenos; muchos disidentes de entre las mismas filas del FPR han tenido que huir al extranjero; algunos han sido asesinados por comandos preparados al efecto. La disidencia sigue siendo perseguida implacablemente; el ejemplo último y más paradigmático ha sido el encarcelamiento, procesamiento y condena de Pasteur Bizimungu, presidente durante cinco años de la nueva Rwanda instaurada por el FPR. Otro colaborador con el gobierno,  el ex-primer ministro Faustin Twagiramungu, ha sido acusado de “divisionismo étnico”.

 

2)     Crímenes en el interior del país

 

Seth Sendashonga, ministro del Interior en el primer gobierno post-genocidio, exiliado y asesinado por el FPR en Kenya el 16 de mayo de 1996,  afirmaba tener la lista con los nombres de 18.000 personas, esencialmente hutu, que el ejército del FPR mató únicamente durante el verano de 1994. Bajo la presión de los EE.UU., el Secretario General de la ONU embargó el informe Gersony, que ponía de manifiesto la eliminación por parte del ejército del FPR de 30.000 personas hutu en tres municipios entre junio y septiembre de 1994. El ex-primer ministro de la época, Faustin Twagiramungu, avanzaba la cifra de 250.000 asesinados en el conjunto del país.

Entre el 20 y 22 de abril de 1995, el ejército atacó el campo de desplazados de Kibeho (prefectura de Gikongoro) Asesinó a 5.000 personas. Todo parece indicar que esta matanza estaba planificada y decidida por las autoridades militares. El comandante de los atacantes fue condenado a 18 meses de cárcel; sigue en el ejército.

Hay numerosos testimonios de supervivientes que afirman que, en muchos casos, las gentes eran invitadas y convocadas a reuniones o asambleas y una vez agrupadas, eran ejecutadas.

En las prefecturas del norte, Ruhengeri y Gisenyi (especialmente favorecidas, se recordará, por el régimen Habyarimana), los hutu fueron blanco  de matanzas sistemáticas e indiscriminadas. Las incursiones, reales o presuntas, de grupos armados hutu desde Zaïre, fueron el pretexto de esta depuración étnica. Tres miembros españoles de Médicos del Mundo fueron asesinados en Ruhengeri, lo mismo que un misionero canadiense, el P. Pinard, Padre Blanco, que trabajaba en la zona y que con un ímpetu encomiable había salvado a numerosos tutsi; las operaciones de limpieza de la zona no debían tener testigos. El asesino del P. Pinard, un maestro que le descerrajó dos tiros cuando se acercaba a comulgar, sigue en la calle, mientras los testigos directos del crimen, apaleados, pasaron varios meses en la cárcel; uno de ellos murió “desaparecido”.

 

3)     Masacres de refugiados hutu

 

Más de dos millones de hutu se refugiaron en Tanzania  y Zaïre, hoy República  Democrática del Congo, tras la victoria del FPR. El ACNUR los “instaló” en campos muy próximos de la frontera de estos países con Rwanda, algo no sólo poco recomendable sino expresamente prohibido por las leyes internacionales.

El ejército rwandés atacó y destruyó a finales de octubre de 1996 los campos de refugiados de Zaire. Unos 500.000, rodeados, “optaron” por regresar a su país. No todos llegaron. Muchos, sobre todo muchachos y hombres jóvenes “con estudios”, fueron asesinados en el camino; también esta vez en barreras formadas al efecto.

Otros muchos comenzaron una trágica huída, un calvario de 2.000 Km, para quienes no cayeron en ruta, hacia el interior profundo del Zaire. Fueron perseguidos implacablemente por el ejército rwandés y cazados como alimañas: hombres, mujeres, niños, ancianos..., más de 200.000 personas, en el Este, en Mbandaka, en Kisangani, en la selva, según un informe de la ONU sobre las masacres de hutu perpetradas en Zaire de octubre 1996 a mayo de 1997. La versión difundida en muchos medios, y contradicha por testimonios de ONG y expertos informadores de las Naciones Unidas, fue que los fugitivos hutu formaban parte de la resistencia del régimen de Mobutu contra la coalición de fuerzas, entre ellas el ejército rwandés del FPR, que pretendían y lograron el 17 de mayo derrocar al régimen corrupto y déspota de Mobutu. Se trató, en realidad de crímenes contra la humanidad cometidos contra personas sin defensa, niños, mujeres, ancianos y enfermos.  Estas masacres indiscriminadas se parecen demasiado a un auténtico genocidio. Fueron utilizados métodos diversos, como por ejemplo,  matanzas selectivas en barreras, empleo de anuncios de ayuda humanitaria como cebo para atraer a los refugiados y aniquilarlos. Habría que señalar también los esfuerzos desplegados para destruir pruebas de los crímenes, algo muy experimentado por el FPR desde los años 90 en Rwanda.

El Rwanda del post-genocidio de 1994, en el mes de abril, organiza actos sociales y políticos, especialmente espectaculares este año 2004 en conmemoración del décimo aniversario de la tragedia, en memoria de las víctimas. Se trata, sin duda, de un modo de hacer un duelo colectivo de solidaridad con los supervivientes y un llamamiento al compromiso de que la barbarie no pueda reproducirse en el futuro, un grito al “nunca más”.  Pero, esta memoria, este duelo, no alcanzan a todos los rwandeses. Es quizás la discriminación más dolorosa, la de los muertos; mientras se recuerda y reprueba el genocidio tutsi, culpabilizando globalmente a la comunidad hutu, se olvida  y desprecia el dolor y sufrimiento de ésta. Familias hutu afectadas por las matanzas, perpetradas tanto en el interior del país como en el exterior, no tienen derecho a recordar a los suyos. Esta memoria selectiva, que no significa sino la deliberada instrumentalización política del genocidio por parte del FPR, no contribuye, evidentemente,  a la reconstrucción del país y a la reconciliación. Antes al contrario, impide una necesaria reflexión autocrítica por parte de todos, oculta la verdad y cierra el paso, cada vez más difícil, al perdón pedido y dado.

 

4)     En el plano político

 

Las elecciones de agosto-septiembre de 2003 (presidenciales y legislativas) han supuesto una consolidación del poder hegemónico del FPR. No han podido, sin embargo, disimular su talante excluyente y autoritario, ni los ropajes civiles han logrado camuflar su carácter militar-policial. La oposición residual, puesto que la mayoría de opositores están en el exilio, la sociedad civil, la prensa independiente, han sido amordazadas. Quienes no se pliegan son eliminados, encarcelados o, con suerte, logran huir. Es el caso de muchos militares, altos funcionarios, miembros del gobierno, personas relevantes de la sociedad civil, magistrados, hombres de negocios, que fueron incluso miembros activos del FPR o colaboradores en los primeros momentos del nuevo régimen. Todo disidente, incluso dentro de la familia FPR, es implacablemente marginado o perseguido.

Los rwandeses  viven paralizados por el miedo; el miedo de verse acusados en cualquier momento de genocidas y llevados ante los tribunales o simplemente eliminados. El miedo es especialmente resentido por quienes regresaron de los campos de refugiados en noviembre-diciembre de 1996 porque, y es otra de “las verdades oficiales” ampliamente difundidas también por los medios de comunicación occidentales,  si huyeron del avance del FPR fue porque sus manos estaban manchadas de sangre, por lo que son perseguibles de oficio. Nada ni nadie se movía, decíamos antes, sin el aval del MRND a finales de los años 80; quien no se mueve en la órbita del FPR nada es hoy, porque quien discrepa o se mueve en otra dirección, si no quiere verse en la cárcel o asesinado, debe organizar con discreción y rapidez su huída al extranjero, aunque ni siquiera esto garantiza su seguridad personal.

Los casos de dos antiguos primeros ministros y del primer presidente de nuevo régimen son especialmente significativos. Faustin Twagiramungu, opositor desde la instauración del multipartidismo al régimen de Habyarimana, líder del MDR, designado como primer ministro ya en los acuerdos de Arusha de agosto de 1993, primer ministro desde el 19 de julio de 1994 hasta el 28 de agosto de 1995, se sintió obligado a exiliarse en Bélgica. Regresó a Rwanda para poderse presentar a las elecciones presidenciales de agosto de 2003; parecía ser el único candidato que podía poner en dificultades a Paul Kagame. Cayó sobre él la acusación de “divisionista”; sus colaboradores fueron, por decirlo eufemísticamente, “inquietados” y su campaña electoral entorpecida.

Pierre-Célestin Rwigema sustituyó a Faustin Twagiramungu; era miembro del mismo partido, el MDR. Permaneció en sus funciones hasta febrero de 2000. Cuando se inauguró el 8 de febrero de 1996 el Tribunal Penal Internacional para Rwanda (TPIR) en Arusha, pronunció un discurso encendido sobre la necesidad de ser severos con los genocidas. Tiempo después, al sentirse en peligro se exilió a los EE.UU. Rwanda dictó una orden de detención contra él acusándole de haber cometido en 1994 crímenes de genocidio.

Desde 1994 a 2001 Pasteur Bizimungu fue el Presidente de la República Ruandesa. Fiel servidor y miembro del FPR, a pesar de su activa participación como universitario en la represión de sus compañeros tutsi en 1973, está ahora en la cárcel. En mayo de este año 2004 se celebró el juicio. La fiscalía,  reclamó para él la cadena perpetua. Según la acusación, Bizimungu, al distanciarse del FPR y al tratar de fundar otro partido, el PRD-Ubuyanja (Partido Democrático por la Renovación), habría “abrazado la ideología genocida” (divisionismo étnico) además de atentar contra la seguridad del Estado, asistir a reuniones ilegales, haber cometido delitos de corrupción, usar documentos falsos y poseer armas ilegales. Con él fueron juzgadas 7 personas, entre ellas, el antiguo ministro de transportes Charles Ntakirumtika. La condena, dictada el 7 de junio, fue de 15 años de cárcel. Amnistía Internacional, en una declaración del 10 de junio, afirmaba que “es una nueva prueba de la voluntad gubernamental de utilizar el sistema judicial rwandés para eliminar toda oposición”; “el procedimiento y final del proceso desmienten las afirmaciones del gobierno que dice instaurar una sociedad abierta con un poder judicial independiente de los intereses gubernamentales”.

Otros discrepantes, como el ministro del Interior del primer Gobierno FPR, Seth Sendashonga fueron asesinados en Nairobi (Kenya), donde se refugiaron. Destino similar corrió probablemente  Lizinde.

Con ser significativos estos casos, no son más que una pequeña muestra de la realidad política de Rwanda. Lo que ha acaecido a estas personalidades es ejemplar en dos sentidos: como muestra de lo que sucede en todos los niveles de la administración y de los servicios del Estado y como castigo ejemplar que pretende disuadir a cuantos pudieran tener la veleidad de imitarles en la disidencia.

Amnistía Internacional, en la declaración citada anteriormente, denunciaba que “Además de la represión de cualquier oposición política, las organizaciones de la sociedad civil sufren presiones tales que se ven obligadas a disminuir sus actividades para evitar su cierre definitivo. Son acusadas de ir contra la unidad nacional y contra la reconciliación”.

 

5)     ¿Todos igualmente rwandeses?

 

El gobierno del FPR ha enfatizado siempre su carácter de unidad nacional y la defensa de la población ruandesa como un conjunto homogéneo que se ha desembarazado del demonio étnico. Este discurso oficial recuerda al mantenido por la monarquía en los años 50 cuando  negaba la existencia de tensiones o desigualdades  entre hutu y tutsi  y  amenazaba con “tratar de criminales a quienes siembran o alimentan tan bajas intenciones”. “El divisionismo étnico” es hoy la acusación automática que recae sobre quien se atreve a señalar con el dedo las discriminaciones que la población hutu sufre por ejemplo en el acceso a la función pública, a los servicios, a la universidad. La supresión de la mención étnica en los nuevos documentos de identidad ha sido, sin lugar a dudas, una decisión acertada. Sería ilusorio pensar que con ello se reducen o anulan las fracturas sociales; antes al contrario, cuando la realidad apunta más bien en sentido opuesto, dicha supresión no es más que un intento de enmascaramiento de una situación discriminatoria. En Burundi ya en los años 60 quedó eliminada  la mención étnica de los documentos de identidad; no parece que haya sido suficiente para atajar los conflictos étnicos.

Algunos analistas han observado que, desde la llegada al poder del FPR, la complejidad de identidades de la sociedad ruandesa ha aumentado y diferencian los rwandeses del interior (diversos a su vez: hutu – humillados y “genocidas” -, tutsi supervivientes – tildados de colaboracionistas con el régimen derrocado -, twa, hutu del norte y del sur), de la diáspora tutsi (distintos y hasta opuestos: “ugandeses” y otros –burundeses, congoleños-)  Participo de esta visión. El poder político-militar y económico está en manos de los tutsi venidos de Uganda. Parece, incluso, que resurge la rivalidad tradicional entre los clanes Ega y Nyiginya, pilares del poder tutsi-feudal tradicional. Como dice el profesor Albert-Enéas Gakusi, “la cuestión que se plantea aquí es saber si en una sociedad tan marcada por conflictos político-étnicos de una violencia extrema, la coexistencia en un mismo territorio de categorías de rwandeses provenientes de países y contextos diferentes, favorece un mejor entendimiento colectivo o, a la inversa, es fuente de más bloqueos. En una sociedad abierta, donde las libertades cívicas y políticas de sus miembros son respetadas, tal diferenciación puede considerarse como una baza que garantiza más complementariedad y tolerancia. En el caso contrario, existe el riesgo de que a los viejos antagonismos se añadan nuevos, generando así más bloqueos que sinergias”. Lo que se plantea en esta cita como riesgo es ya, a mi juicio,  una realidad. Es posible que el discurso oficial engañe a los que desean ser engañados, pero no modifica la desigualdad estructural que se ha implantado como sistema. Cualquier tentativa de apertura política es abortada; una elite reducida acapara poder y recursos económicos, fruto en gran parte de la rapiña y depredación de las riquezas del este de la República Democrática del Congo, mientras la mayoría de la población, sobre todo en medio rural, vive situaciones de profunda pobreza, sin otra perspectiva de futuro que la pobreza. “Habyarimana comía con tenedor, por lo que algo de comida se le caía y quedaba para nosotros; Kagame come con cuchara  y  no se le cae nada, todo es para él”, dicen hoy muchos rwandeses.

 

6)     La justicia

 

En las cárceles ruandesas ha habido hasta hace poco más de 120.000 detenidos. En dos ocasiones, una, pocos meses antes de las elecciones de 2003 y, otra, en los meses anteriores a la conmemoración del décimo aniversario del genocidio, el gobierno ha sacado de la cárcel a un número considerable de presos (¿40.000?), siempre que éstos hubieran confesado sus crímenes; este reconocimiento fue condición indispensable para poder ser excarcelados. Esta excarcelación ha sido presentada, contra toda evidencia, entre nosotros por el señor Carlin, en EL PAÍS, como ejemplo de la bondad y magnanimidad del presidente Kagame, sólo comparables con las de Jesucristo. Parece, en principio, bastante contradictorio que quien confiesa haber cometido crímenes salga a la calle y que quien proclama su inocencia siga encerrado a la espera de un juicio que está tardando en llegar años y años (en algunos casos, 10) Por eso, la autoinculpación ha debido de ser la opción “elegida” por muchos inocentes. Desde la cárcel de Butare, donde sobrevive penosísimamente desde hace 8 años,  me escribe Déogratias: “Creo haberte dicho ya que yo había confesado haber empuñado un fusil; pero, según ellos, semejante confesión no basta; sería completa si yo hubiera reconocido haber fusilado y matado. Cuando uno confiesa que ha matado, los fiscales, las instancias judiciales y todos los otros aquí se ponen contentos por ello. Jamás he entendido este fenómeno”.  Otra parte, convendría señalar que varios de esos excarcelados, sobre todo si se trataba de “intelectuales”, han sido detenidos de nuevo y llevados a prisiones especiales; en sus sumarios ya consta que han confesado sus crímenes de genocidio y en un futuro juicio, en el supuesto de que se celebre, difícilmente se librarán de severas condenas.

Como declaraba el  ministro de Justicia hasta enero de 1999, fecha en que dimitió y se exilió,  Faustin Nteziryayo, “la delación ha campado por sus respetos y muchas personas han sido arrojadas a la cárcel por otros que querían quitarles sus puestos en la administración o en la sociedad civil o por hacerse con sus propiedades o empujados por la venganza o por arreglos de cuentas. El poder político-militar se ha aprovechado para encarcelar a las personas que consideraba oponentes políticos”.

En varios momentos, el gobierno ha confeccionado, revisado y puesto al día, listas de los que consideraba criminales clasificados de primera categoría, planificadores del genocidio. El antiguo ministro de justicia citado arriba afirma al respecto que “es forzoso constatar que la confección de esta lista ha servido más a una agenda política para eliminar las personalidades del antiguo régimen consideradas como oponentes políticos o a otras personas con cierta influencia en el seno de la sociedad civil que a un avance en las diligencias judiciales que pudieran permitir identificar a los verdaderos responsables del drama rwandés”.

No puedo menos que destacar la fortaleza, el coraje y la fidelidad de miles de mujeres que semanalmente o quincenalmente, según los casos, recorren decenas de kilómetros para llevar sobre sus cabezas los cestos con comida para sus maridos, hijos o parientes encarcelados. Tienen ya un nombre: “nzamugwa nyuma”, que quiere decir “me caeré detrás de él”.

 

·        El TPIR

 

El Tribunal Penal Internacional para Rwanda (TPIR) fue creado en noviembre de 1994, con sede en Arusha (Tanzania),  por la resolución 955 del consejo de seguridad de la ONU, con el fin de juzgar a las personas presuntamente responsables de actos de genocidio u otras violaciones graves del derecho internacional humanitario cometidos en territorio rwandés entre el 1 de enero y 31 de diciembre de 1994. Comenzó a instalarse en 1995 y la primera audiencia tuvo lugar en 1997. Contrariamente a los tribunales rwandeses que pueden decidir la condena a muerte, la pena máxima aplicable por el TPIR es la de cadena perpetua. Varias personas ya han sido condenadas a esta pena, otras lo han sido a abundantes años de cárcel; también ha habido algunas absoluciones, protestadas enérgicamente por el gobierno rwandés y por asociaciones de supervivientes.

Se podrían detallar muchas deficiencias en el funcionamiento de este tribunal; deficiencias importantes pero menores frente al hecho de que hasta el presente sólo las personalidades del régimen de Habyarimana han sido perseguidas, detenidas y juzgadas. Los crímenes cometidos antes y después de 1994 no son perseguidos; los crímenes cometidos durante el año 1994 por el ejército del FPR tampoco.

Ya he señalado que cuando la primera fiscal de este Tribunal, Louise Arbour, tuvo conocimiento de que el informe, encargado por ella misma al abogado australiano Michael Hourrigan sobre el atentado contra Habyarimana, atribuía la responsabilidad del mismo a Paul Kagame, lo aparcó. Su sustituta, Carla del Ponte, se atrevió a sugerir que sería conveniente que el tribunal entendiera también de las responsabilidades criminales del FPR. Su mandato no ha sido renovado a causa de las presiones de Rwanda, perfectamente escuchadas y atendidas por EE.UU.; ha sido sustituida. La credibilidad del TPIR nada ha ganado; sigue siendo el tribunal de los vencedores.

Las tensiones entre el régimen de Kigali, que acusa al tribunal de lentitud y retrasos deliberados, y el TPIR han sido frecuentes. Han sido pronunciadas 19 condenas y 3 absoluciones. 59 personas detenidas en Arusha esperan juicio. En principio deberían ser juzgadas antes de 2008, año en que terminaría el mandato del Tribunal.

Según el reglamento del TPIR, los condenados pueden cumplir las penas en Rwanda o en otro país que se avenga a acogerlos. En el mes de abril Rwanda reiteró su deseo de hacerse cargo de los condenados y a finales de mayo ha habido negociaciones entre Kigali y el TPIR para transferirlos a Rwanda, lo que, según la Asociación de Abogados para la Defensa, equivaldría a ponerlos “bajo control de personas sospechosas de haber cometido los mismos crímenes que los condenados y convertirían a las Naciones Unidas en cómplices, al dar cobertura a los crímenes del régimen de Kagame”.

 

·        Colaboración de los países extranjeros

 

Algunos países en los que viven personas sospechosas de haber participado en el genocidio han iniciado procedimientos judiciales diversos. Bélgica condenó a cuatro personas, dos de ellas religiosas benedictinas, en un juicio con grandes repercusiones mediáticas, con pretensión, más que discutible,  de impartir “justicia ejemplar”. Suiza ha juzgado y condenado a una persona y ha transferido a otra a Arusha, lo mismo que Francia y EE.UU. Los mandatos de detención pedidos por el TPIR han sido ejecutados en Kenya, Mali, Camerún, Senegal, Angola, Zambia, Etiopía y República Democrática del Congo.

En Mali cumplen condena varios de los juzgados por el TPIR. Benin, Swazilandia, Francia, Italia y Suecia han firmado acuerdos expresando su disponibilidad para acoger a los posibles condenados.

 

·        En el interior del país – jurisdicciones “gacaca”

 

En el interior del país, la justicia clásica está atascada. Ya he hablado del número de encarcelados que esperan juicio desde hace, algunos, 10 años. El dinero, para contratar abogados y para corromper a los estamentos judiciales, juega un papel determinante para que los sumarios se instruyan, se cierren y las penas o sanciones sean graves o leves. No han sido infrecuentes los casos en que personas absueltas por los tribunales han sido encarceladas de nuevo o simplemente eliminadas, así como las represalias a  jueces excesivamente blandos a juicio del poder político o de las asociaciones de supervivientes tutsi.

Ante la inmensidad de la tarea para juzgar a los detenidos, la Asamblea Nacional de Transición votó, el 12 de octubre de 2000, una ley instituyendo los tribunales “gacaca”, denominados justicia participativa. Se previeron más de 10.000 de estos tribunales populares (en 4 niveles de competencia, según la gravedad o categoría de los delitos) y unas 200.000 “personas íntegras” encargadas de formar parte de ellos.  En kinyarwanda, la palabra gacaca significa césped o justicia sobre el césped, y se refiere al lugar donde tradicionalmente una comunidad local se reúne para encontrar una solución a los litigios que enfrentan a los miembros de una familia o varias familias, a los habitantes de una misma comunidad en la que existen estrechos lazos de unión. Su objetivo es restaurar la cohesión perdida y lograr un compromiso armonioso entre las partes. Trasladar este sistema, pen